Pues ya está. Por fin es nuestro este Mundial táctico y estratégico, dos virtudes que suelen aparecer cuando se terminan los buenos jugadores. Un Mundial de banderas métricas y decimales, de legiones de vuvuzelas desaforadas que han desterrado del graderío a las canciones que daban fuerza o de periodistas a los que es imposible quitarles de la cabeza que la pelota, ese hijo de padre postizo que ha resultado ser el jabulani, tiene forma de televisor. El Mundial de los tontos: el del pulpo augur y el de los chamanes peruanos y cefalópodos. El de La Roja, un tatuaje en el apellido que le ha dado por hacerse a La Gualda.

Lo curioso de todas estas horas estrepitosas es que los flamencólicos del fútbol hemos tenido que aprender a ser campeones a lo indio, igual que decía Tévez que estaba aprendiendo el inglés de Manchester. Hemos retornado durante unos días a nuestra juventud futbolera para gritar los goles de Villa e Iniesta junto a las bocinas de aire comprimido, que los gritan, por cierto, como la máquina del tabaco. Hemos vuelto a nuestros años nuevos para comprobar que la juventud sigue siendo como dice Chico Ocaña, igual que los soles, que salen y se ponen. Y ahora que somos campeones y comemos perdices, sólo nos falta pedirle a la madre de todos los claxons lo que aquel sibarita jugador de baloncesto le pidió a un pianista de un club neoyorkino: que nos toquen algo de Picasso.
(Párrafos entresacados de un artículo publicado en DB, firmado por Zurdo)