Hugo Rafael Chávez, nacido en Sabaneta y de profesión Presidente de Venezuela, tuvo una corazonada por nada en particular. La mente se le llenó, de repente, de una inspiración ardiente: que Simón Bolívar, el gran Libertador, no había muerto de tubercolosis como cuchichean los libros de historia. Que fue asesinado por los seculares enemigos del animal de leche verde, un señor mote que alguien le puso a la América de abajo. Tan fuerte resultó su convencimiento que no tardó un suspiro en desenterrar los restos de Don Simón y mandarlos analizar. (Las casas de apuestas venezolanas, por si acaso, no dan un bolívar a que don Hugo pueda estar obnubilado.)

“Hola mis amigos. ¡Qué momentos tan impresionantes hemos vivido esta noche! ¡Hemos visto los restos del gran Bolívar! Confieso que hemos llorado. Les digo: tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada. Dios mío. Cristo mío.” (Hugo Chávez)