
Salimos poco en los medios nacionales, cada vez menos, y frecuentemente por causas trágicas o asuntos que poco contribuyen a crear una imagen de ciudad hóspita y visitable, nada por tanto que nos venda bien ni para capitalidad europea de la Cultura (no sé si eso le interesa ya a alguien) ni para otra cosa que no huela a penitencia, frío, oscuridad o ignorancia.
Hoy el diario Público, que dirige un Escolar (es el apellido, aunque es muy joven ya estudió lo suyo) con genética burgalesa (de Torresandino, por más señas), publica la fotografía que se tomó a las puertas de la Capitanía General de Burgos el 1 de octubre de 1936 y en la que Franco y el resto de generales golpistas se muestran ufanos y muy poco marciales tras repartirse el pastel del Alzamiento.
No nos viene bien estar vinculados al genocidio franquista; tampoco nos reportó demasiados beneficios en el pasado. La ciudad arrastra esa cadena ideológica que la hace atractiva para los neonazis y repudiable para los demás, aunque nos pese. Y esa mala imagen debiéramos haberla lavado ya, si no se ha hecho es porque desde los tiempos de Franco en Burgos han cambiado muy pocas cosas y entre ellas no están los apellidos de quienes dirigen el cotarro.

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