Cuando entré en la habitación estaba medio sentado, recostado sobre la cama en ángulo obtuso y con los pies en el suelo. Con la mano izquierda sujetaba un bastón que me pareció bonito, tenía empuñadura dorada como de cabeza de animal. En los pocos minutos que tardó la enfermera en aparecer con el pijama que debía enfundarme, pude observar que bajo aquel letrero de la cabecera donde se había escrito con rotulador azul la palabra DANIEL había un personaje peculiar en lo físico, que acumulaba en la mirada la fuerza expresiva reunida para establecer una comunicación. A mis buenas tardes respondió señalando en su garganta un agujero del tamaño de un euro desde cuyas profundidades sólo se apreciaba, en ocasiones, un sonido como de espuma de gaseosa. Certificada su mudez, observé el rostro que mostraba sin pudor la proximidad de la piel a la calavera, la cual, en ausencia de dientes, impelía hacia afuera la barbilla y dibujaba un trazo parecido a los cómic de Gallardo y Mediavilla.
De las anchísimas mangas del pijama que portaba salían unas manos huesudas que empalmaban con largos y delgados brazos, configurando un cierto aire quijotesco al que se sumaba con decoro hacia la triste figura una especie de joroba delantera con remates de pvc. Más tarde, cuando por la noche las enfermeras le ayudaron a acostarse, comprobé que aquel abultamiento era un artilugio desmontable, unido a su abdomen como prótesis necesaria para acumular lo que, sin dolencias, se evacuaría de forma más natural aunque menos profiláctica.
Antes de recibir mi atuendo hospitalario ya me había revestido de su esencia: la contemplación de esta persona, que mataba el tiempo viendo la televisión, me dejaba dentro de otro sistema de valores y ritmos distintos de los habituales, un mundo que por lo general entregamos al olvido cuando no nos afecta.
Al entrar, la enfermera dejó caer un raído pijama sobre la cama que iba a ser depósito de mis huesos y se dirigió a quien sería mi compañero de cuarto, o yo el suyo: "Mira Daniel, ya tienes compañía", a lo que el interpelado respondió con un gesto cascarrabias que hizo sonreír a la de bata blanca.
Mientras sustituía mis ropas por las de la institución comenté algo del partido que echarían después y sus ojos se iluminaron. Me enseñó la portada del As que tenía en la mesilla y supe que su próxima alegría sería la de ver al Real Madrid jugando sobre el frío de Rusia. Le dije que yo era del Atleti y esbozó una sonrisa socarrona que me provocó a reír cuando la sumó al gesto de agarrar el bastón para atizarme. Creí ver a un abuelo jugando con el nieto y disfrutando de sus pequeños tropezones.
Mediado el partido, y sin mediar palabras, ambos habíamos aceptado nuestra mutua conveniencia: le ayudé en lo que me dejó, con la bandeja de la cena, acercando el agua que mantenía fresca en su ventana y a fijar nuevas posiciones de la cama eléctrica a la que estaba sentenciado. Por mi lado, sentí alivio de no estar obligado a fabricar conversaciones de conveniencia y tener tiempo para leer sin distracciones.
De repente, el televisor dejó de emitir el partido. Daniel cogió una tarjeta de encima de la mesilla y la señaló con el gesto inequívoco de estar diciendo "esto es un robo". No tardé ni tres minutos en coger la tarjeta, salir al pasillo de la planta y recargarla en la máquina con las monedas que tenía sueltas, lo que según las instrucciones daría para varias horas. Cuando se la ofrecí sus ojos volvieron a brillar antes de entregarse a la continuación del encuentro.
Por la noche dormí poco. Daniel estaba despierto. Lo supe aunque no hacía ruido, ni una protesta crepitaba en su vela paciente, sumido en una resignada y contemplativa calma.
Muy temprano, vinieron buscándome para llevarme al quirófano. Cuando abandonaba la habitación a bordo de la cama que pilotaba el celador alcancé a ver la mirada de Daniel y supe que decía "suerte".
Treinta horas después me regresaron en el mismo bólido, acompañado de muchos tubos y frascos goteantes enganchados a mis venas. Con el único ojo que me permitía ver, como entre cortinas, atisbé de nuevo la mirada de Daniel, sonriente, sin duda alegre por volverme a ver. Molesto por casi todo, la presencia del viejo en la habitación me iba devolviendo a una cierta normalidad.
De entre aquella duermevela recuerdo un detalle, cuando mi hermana hojeaba un periódico, llegando a la página de las esquelas Daniel esgrimió su bastón y apuntó hacia ellas, señalando al tiempo con el pulgar de la otra mano hacia su pecho. Daniel le decía "yo voy a estar ahí, tenía que estar ahí", entre bromas y veras. Mi hermana le reprendía cariñosamente con un "ánimo, Daniel, no diga eso que está usted aún muy vivo".
Por la tarde hice un nuevo viajecito, esta vez para conseguir una placa de rayos X, instantánea que por aquello de los ritmos antedichos se demoró más de una hora. Al regresar me informaron de que se me cambiaba de habitación, necesitaban la nuestra libre para nuevos ingresos. "¿Y Daniel?", pregunté. "Se lo han llevado a San Juan de Dios. Te ha dejado la tarjeta de la tele".
Sentí rabia. La decepción se apoderaba de mi escasa consciencia e invadía mi ánimo un malhumor que trataba de buscar argumentos en todo lo que me parecía que funcionaba mal. De repente, encontraba en lo que me rodeaba suficientes fallos como para la protesta más airada. No fue hasta la noche, algo más conforme, cuando supe por mi hermana que a Daniel no venía a verle nadie, pero no logré averiguar la clase, gravedad o pronóstico de su dolencia ni por qué le habían llevado a San Juan de Dios.
Cuando abandoné el hospital, con la felicidad del liberado, regalé la tarjeta de la tele que me dejó Daniel al compañero que quedó en la habitación, yo no la había usado. Horas después, ya en casa, traté de recordar el nombre del beneficiario final pero no fui capaz, curiosamente recordaba los rostros de sus familiares, que casi nunca le dejaban solo.
He pensado que, cuando pueda salir de casa, me voy a a acercar a San Juan de Dios. La necesidad de preguntar por él y de visitarle no se me aparta de la cabeza. Quisiera poder transmitirle esa "suerte" con la que me despidió aquella mañana y que verdaderamente le sirviera para algo. Y quiero recargar su tarjeta de la tele hasta colmarla.
Gracias por presentarnos a Daniel. Has convertido una historia triste en un bello homenaje. Llévale mi saludo. Y dile que el Madrid volverá a darnos alegrías (a Daniel y a mí, no a tí, indio incorregible).
Tenemos amigos de colegio, de mili, de universidad, de barrio, pero no hay amigo al que más nos aferremos que al amigo de hospital, porque allí no somos nadie, no valemos nada, somos kilos de carne que nos llevan, nos traen y nos alivian con sonrisas forzadas, y nos agarramos con todas nuestras fuerzas a la mirada de nuestro amigo de hospital, aunque acabemos de conocerlo. Ve a San Juan de Dios, es lo menos.
Hazlo. Si no, siempre te lo echarás en cara.
Por supuesto que iré, en cuanto tenga oportunidad. Es una necesidad y si no la satisfago me sentiría muy mal. Contaré aquí mismo la visita en cuanto tenga lugar. Gracias por los comentarios.
Cuando te despojan de tu ropa y tus accesorios, pasas a ser uno más en el barracón del holocausto.. te sientes como una cosa inanimada, ridículo e insignificante, y en esos momentos sólo te comprende uno que está como tú... ¿Qué tal estás? un besico
Hola Pablo Miguel Simón: He seguido tu post-operatorio por las noticias que han colado por aquí tus amigos. Me alegro que estés recuperado, y con ganas de escribir de nuevo. La verdad, viéndote en las fotos, estabas hecho un cromo. ¡Lo que vas a presumir enseñando luego las cicatrices!, aunque sin los hematomas, la cosa no será tan impresionante. No te preocupes por el físico. De momento, como estamos en invierno, puedes resolverlo con un sombrero (tipo Pruitt Taylor Vince, en la película de Giuseppe Tornatore que podría parecerse a tí después de hacer una dieta), pero ya sabes que estando en Burgos, siempre podrás recurrir a la boina. Bueno, solo decirte que me gusta lo que escribes. Saludos. P.D.: Y no dejes de preguntar por Daniel. Y cuando puedas hazle una visita. (A San Juan de Dios, suelen ir cuando necesitan estar con cuidados, pero se considera que ya no están para permanecer en el Hospital).
Muchas gracias por tus palabras, Gelu. Daré noticias de Daniel en cuanto pueda y seguiré tus consejos con lo del gorro y la boina. Cualquier cosa que me cubra la calva me favorece, así que estoy por la labor. Un abrazo.

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