
Hace 25 años el Carnaval en Burgos no existía, ni los escolares hacían fiesta ni las calles se llenaban de disfraces. Esos días de febrero se pasaban a cubierto, con el uniforme de castellanos hirsutos de siempre ceñido hasta la gola. En 1985, como mucho, los cuatro visionarios del colectivo El Globo hacían una fiesta encima de la estación de autobuses que casi se disfrazaba de clandestinidad, y allí reían en privado provocando tanta envidia como desdén entre los burgaleses "biempensantes".
En febrero de 1985 la audacia de La Chistera Negra sacó por primera vez tras la dictadura el Carnaval a la calle. En sí mismo, este grupo era todo un disfraz de gente divertida e inquieta, que debutó con sus mejores galas en un entierro de la sardina improvisado y realista, porque se dio sepultura a un pez amojamado en la Plaza de los Castaños. Puedo asegurar que después de esto llegaron a tocar bien, muy bien, pero entonces la mayor motivación era la risa.
Ese mismo año nació el colectivo Factoría de Enormidades, al principio con mucha gente ilusionada, luego con dos o tres paganos que tardamos mucho más en perder la ilusión. Nos propusimos recuperar un Carnaval del que en Burgos teníamos muy pocas noticias, sobre todo por crear un poco de diversión en una ciudad cenicienta. El tema me gustó tanto que me impliqué hasta el fondo en la organización del primer entierro de la sardina que fuera verdaderamente popular.
Se me ocurrió que podría financiarse entre unos cuantos bares nocturnos, podrían ser etapas de un recorrido fantasmagórico y goliardo por la oscuridad medieval burgalesa de un martes de febrero. Logré convencer a los dueños de una docena de ellos, que colaboraban con tres mil pesetas (alguno me las debe todavía) para construir una sardina de cartón y madera (que hice y pinté yo mismo en el Babia) de tres metros de longitud y pagar la organización del entierro. Fue fácil convertir unas telas en capuchones, armarse de cirios y de vino de misa y convencer a unos cuantos incondicionales de la barra para liarla, así que fuimos de local en local, partiendo desde el Patadón hacia el Garaje, Qué Risas, Mi Bar, Gato Cósmico, Metropol, Sector 22, Partido Comunista, La Calle, Babia, Pécora y Trastos. Al final nos juntamos unas doscientas personas que lo pasamos bomba, finalizando el acto con una hoguera improvisada en la plaza de La Flora donde la Sardina, los disfraces y el primer Carnaval de Burgos se convirtieron en cenizas.
La actividad tuvo tanto éxito que al año siguiente la Factoría preparó mucho más en serio el Carnaval, extendiéndolo desde el viernes anterior hasta el martes y rodeándolo de actividades diversas: confección de máscaras, pintado de caras para niños y adultos y concursos de disfraces. El broche de oro seguía siendo la sardina, pero ya se construía con armazón metálico gracias al buen empeño de Teo con la soldadura y se incluía una traca que algunos valientes traían de Valencia tras recorrer la "Ruta del Bakalao".
Para nada de lo que hacíamos había permiso, sencillamente no lo pedíamos porque no esperábamos obtenerlo de un Ayuntamiento presidido por Peña para el cual todas estas actividades tenían poco que ver con la Cultura, tal como la entendía aquel decimonónico equipo de gobierno. Algunos bares de Las Bernardas entraron a colaborar intuyendo el negocio y en un par de años aquella procesión repleta de plañideras movilizaba a cincuenta personas vestidas con capuchones rojos, cientos de "viudas" y "viudos" y muchísimos curiosos que rebosaban la plaza donde se quemaba, con gran estrépito, una sardina cada vez más grande. La Policía, asombrada ante el despliegue humano, dejaba hacer y no estorbaba, lo que era un gran alivio para la organización.
Tengo en el recuerdo la imagen de Pirulo, el líder de Los del Páramo (un abrazo desde aquí), con un lujoso atuendo de contramaestre presidiendo el cortejo, La Chistera Negra alternando las marchas fúnebres y la samba y los voluntarios repartiendo pan de hostia y vino de misa. Mi disfraz era el de la Muerte, con guadaña y todo.
En 1990 a Cristino se le ocurrió oficializar el Carnaval a la vista del tirón popular que estaba cogiendo, así que ése fue el último año que organicé el entierro. Los hosteleros del Casco Viejo pusieron el dinero suficiente para devolver la quema de la Sardina a Las Llanas y allí se reunieron miles de personas, porque había hasta cartel anunciador profusamente distribuido. Algunos comprendieron que el ocio también puede ser un negocio, aunque a la Factoría las cuentas siempre le salían negativas.
Hoy la Sardina –o las sardinas, porque salen varias– y su entierro se han desvirtuado algo, pero siguen siendo un gran señuelo para arrastrar a la gente fuera de su casa en una madrugada de pleno invierno. En Burgos, a pesar del frío, se vive el Carnaval que antes no se vivía y esa fiesta se la ha ganado la gente, por eso mantengo la esperanza de que esta sociedad siga conquistando frontreras de calidad convivencial. Como cada año, estaré tras la máscara dando culto a la carne... ¿O mejor al pescado?

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