
Anoche me encontré con Rosa, una amiga de la infancia que ha dado en vidente y que por timidez no se forra con una consulta presencial o telefónica, pero que a los amigos suele confesarnos algunas de sus visiones. A mí me desconcierta un poco, pues no creo en estas cosas, pero en ocasiones me ha dejado con la boca abierta con ciertas predicciones precisas y ha sembrado marejadillas en mi tozuda negación de lo esotérico.
–Prefiero el erotismo al esoterismo, le suelo decir para que se ría un poco, pero Rosa apuró el tercer whisky malteado de la noche y me soltó que había tenido un contacto extrasensorial con el fantasma del teatro.
– ¿De la Ópera? Le pregunté.
– No, del Principal. Del Teatro Principal.
Como siempre, Rosa supo captar mi atención. Aproveché para pedir otra ronda, candidata a ser la última antes de ser iniciada, y mostré todo mi interés almohadillado para que se despachara a gusto. Lo que me contó, a grandes rasgos, fue lo que sigue.
A mediados del siglo XIX, uno de los maestros de obra que trabajaba en la construcción del Teatro Principal se enamoró locamente de una joven de Burgos. Consciente de la imposibilidad de conseguir el amor de la muchacha, una tarde de invierno de 1855 la raptó y, aprovechando las sombras de la noche, se la llevó a las obras del teatro. Entre aquellas fantasmales estructuras, el ruido del viento ahogó los gritos del horror y la agonía de la bella joven. Su asesino se aseguró después de que el cadáver quedara oculto, enterrado y sellado con la piedra sillar que se colocaría al día siguiente.
A la bella Mercedes, que así se llamaba la joven, la buscaron sin éxito durante días. Se dijo que la crecida del Arlanzón podría haberla sorprendido y se lamentó la tragedia algún tiempo, pero el suceso siguió su curso hacia el olvido. En 1858, días antes de la inauguración del Teatro, el maestro de obra fue encontrado muerto, ahorcado en la pensión donde moraba.
Desde entonces, el fantasma de Mercedes habita el Teatro Principal y allí suceden fenómenos de lo más sorprendentes. Por una cuestión de carácter –todos los fantasmas tienen su personalidad, según Rosa– no llega a manifestarse de forma terrible, pero sí atormenta un poco a quien la enfada. Eso explica muchos casos curiosos del pasado remoto y también los del pasado reciente: Sagredo le cayó mal desde el principio, así que se lo quitó pronto de encima; se enamoró de Luis Marcos pero sólo un año después se sintió traicionada, así que le dio puerta; con Isabel Abad llegó a entenderse, porque la divertía, pero a Eduardo Francés le caló desde el principio y lo sumó en la confusión, alejándolo en cuanto pudo de su lado.
Mercedes está un poco harta, se lo ha dicho a Rosa. Con Marisol González ha llegado al límite de su paciencia espiritual, así que ha hecho lo posible desde el otro lado del espejo para que se fuera. Ahora vaga por los recodos del edificio esperando a quien ha de llegar, muy atenta por si ha de dedicarse a enturbiar el destino de quienes no trabajan como debe hacerse por la Cultura.
El camino de regreso a casa me llevó por el Espolón. Cuando enfilaba hacia el Teatro Principal el viento ululaba y con bastante fuerza se oponía a mi avance. En mis oídos resonaba un estruendo con banda sonora de temporal, pero en el fondo de esa tétrica sinfonía creí percibir los gritos aterrados de una mujer.
Una historia muy divertida, pero después de tres whiskys seguidos yo te digo lo que quieras... :P ¡HICKS!
Ahora comienzo a explicarme ciertas cosas...

- lapalabradigital.es | Aviso Legal | Publicidad | Contactar -
correo: info[arroba]lapalabradigital.es