
La última campaña de la Dirección General de Tráfico sobre el uso del móvil al volante lo dejaba claro: una llamada para solucionar esa discusión de pareja, o para hablar de fútbol, o para que una madre se desahogue con la hija, puede acabar en tragedia, algo que tristemente se cumple cada día. Creo que no hay conductor capaz de negarse a reconocer la peligrosidad que conlleva sujetar el móvil en la oreja izquierda mientras se trata de solventar todos los problemas de manejo con la mano derecha.
A mediodía, en el último semáforo de la avenida del Arlanzón, allí donde limpiar el parabrisas puede ser perjudicial para la salud, he parado detrás de un vehículo que, al ponerse el disco verde, tardaba en arrancar. Cuando lo ha hecho hemos salido bastante pegados y un frenazo suyo ha provocado otro mío repentino, otro de la conductora que me seguía y otro más, éste a destiempo, del conductor a quien ella precedía, lo que ha supuesto un –afortunadamente leve– siniestro por alcance.
No era cuestión de quedarse a mirar, por lo que he tratado de salir de la situación adelantando al coche del primer frenazo. Al superarle observo que su conductor está hablando por teléfono, sumido en una conversación que le impide darse cuenta de lo que ha ocurrido a su alrededor. El coche se le ha calado justo en medio de la plaza del Rey y trata de ponerlo nuevamente en movimiento, con una sola mano y una sonrisa en los labios. Me ha cabreado esa sonrisa, fruto inequívoco de su ensoñadora conversación.
A veces el tráfico saca lo peor de ti mismo, estos comportamientos de verdad que me enfadan y provocan todo tipo de reproches (vamos a ser finos) que el destinatario –por supuesto– no puede oír, pero a mí como que me descargan de tensión. Me he alejado pensando en el anuncio de la radio y me ha dejado de gustar, porque asusta por exceso y por eso quien comete la falta no se siente aludido: este señor seguramente piensa que por ciudad es difícil matarse a causa de una distracción.
Además de que está equivocado (sí es posible matarse en una de éstas), muestra un evidente desprecio por los demás, pues estos sucesos acarrean casi siempre consecuencias desagradables para terceros que sólo tienen culpa de pasar por allí. Como los que se han quedado haciendo papeles en la esquina, cuyo golpe no ha sido ni mucho menos mortal pero, me atrevería a asegurar, se han acordado de los muertos de alguien.
Cada vez estoy más satisfecho de mi decisión de no tener carnet de conducir.
El móvil al volante reduce tanto la atención que los sinvergüenzas que lo utilizan ni se dan cuenta de lo impresentables que son. Ayer mismo, un conductor empezó a aparcar subiéndose en la acera sin dejar pasar a los peatones y embistiendo al coche que estaba aparcado detrás. Cuando pasé a su altura, me fijé que estaba venga a charlotear y reírse, ajeno a tanto despropósito.
Tal vez resulte cruel, pero, en este asunto, veo una manera óptima de "frenar" la superpoblación de IDIOTAS que nos invaden.Siempre y cuando no se lleven por delante a nadie más, por supuesto.
Ni tanto ni tan calvo, querido Pedro. Si reflexionases largo y tendido acerca de todas las cosas de que te priva (o las limitaciones a que te somete) tu decisión, te sentirías poco menos que minusválido. Claro que se puede vivir sin carnet de conducir. También se puede vivir sin piernas. Pero no es lo mismo.
No es el móvil la única fuente de distracción al volante, ni a veces la más peligrosa. La lista sería larguísima. Antes de que se inventara el móvil la gente la liaba por ir sintonizando la radio, o buscando una cassette en la guantera, o encendiendo un cigarrillo, o pegando a los críos, o riñendo con la parienta...A un subnormal le da igual una que otra para joder la marrana. He ahí el quid de la cuestión.
Pues la que me contaron... y siguiendo con la lista de temeridades que apunta F.Portillo... jejejejejejeje no se puede escribir en un medio público. Pero es para nota de los agentes (lo que tienen que sufrir)

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