
Severino Ubierna suele jactarse de que nunca ha sido multado. En cuarenta años que lleva al volante jamás ha tenido que coger del parabrisas de su coche un papelito de denuncia, y las tres o cuatro veces que le ha parado la Guardia Civil en un control de carretera ha superado el trámite sin incidentes.
Severino juega al "subastao" y cuando gana se toma una copita más de anís, así que ese día no conduce. Con la segunda ingesta se le suelta más la lengua y no le importa confesar el miedo que tiene cuando se sienta a manejar, como dice el camarero, porque cada vez que acciona la llave le sube como un gusano por el intestino hasta el estómago.
Su estrategia es ir despacio, muy despacio. Siempre le ha ido bien desde que el profesor de la autoescuela, a la quinta o la sexta, le recomendara hacerlo para gastar más tiempo andando menos y aburrir al que examinaba. Como le dio resultado, aplica todos los días el mismo ritual y en los semáforos reza un avemaría antes de poner la primera marcha. Ya se ha acostumbrado a los pitos, voces y adelantamientos airados, sólo piensa en que así no le da tanto miedo.
Su primer coche fue un Renault 5 que le compró a un tío suyo y al que nunca encontró el punto, pues según Severino tenía el gatillo fino y sólo con acercar el pie daba unos acelerones que le tenían todo el día en un señor mío jesucristo. Además, le daba la sensación de que era muy pequeño y que cualquier otro vehículo que pudiera impactar con él podría chafarlo con Severino dentro.
Así que cuando pudo, en los años ochenta, se compró un Mercedes que guardaba en el garaje y al que sacaba brillo cada sábado para salir de paseo el domingo. Sabía que podía correr mucho, pero una vez que lo puso a 120 en la autopista casi le da un vahído por la sensación, así que se acostumbró a la trayectoria del pedal para poder ir mucho más despacio, aunque acabó gripándolo por no hacer caso al del taller y darle al tigre de su motor la carne de las revoluciones.
Con el Mercedes descubrió además que aparcar era mucho más difícil, siempre acababa magullando sus defensas y las del contrario. Así que se enteró de lo fácil que era colocar una bola en la trasera como si llevara remolque, siendo éste elíptico por inexistente. Gracias a la bola sus defensas traseras siempre estaban intactas, aunque la medida fuera muy perjudicial para los otros coches en que solía apoyar la bolita para aparcar "de oído".
Cuando el Mercedes hubo de darlo por muerto, hace algunos años, Severino dudaba sobre el coche que iba a comprar. Pensó que con su escasa confianza como conductor corría mucho peligro de chocar con otro vehículo, por negligencia suya o por casualidad, que el diablo siempre acecha. Se fijó en la publicidad y en el vecino del tercero, que se había comprado un 4x4 para ir por el monte.
Severino compró un Nissan Patrol que parece un tanque, y además le instaló la bola. Verle salir del garaje es como asistir al despliegue de la Acorazada Brunete, o casi, con Severino al frente del carro blindado dispuesto a matar antes que a morir. Pero, eso sí, muy despacito. No sea que le vayan a multar y no pueda presumir de ello en la partida, o que le vuelva a dar el vahído. Y que piten, si quieren.
Yo, como no soy Severino, opté por no conducir... con o sin bola...
Francamente, deberías mandar esta historia al Concurso de Relatos de Terror de la Ubu.
¿Severino o Severiano?. De haber "escocido" el segundo, la rima me habría venido a mano. ¿A su "bola" o a su "ritmo"?. ¡A tu ritmo, Severino!

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