
El pasillo de las bebidas estaba vacío, a esas horas el híper nunca tenía gente y todo era rápido. Esta vez sólo compraría seis botellas: dos de ron, una de ginebra, una de vodka y otra de orujo de hierbas. No podía imaginar con qué mezclarían el orujo, si es que lo hacían, porque tomarlo frío iba a ser difícil, y evocó su propia experiencia con aquella bebida cuando le provocó un día entero de vómitos y el dolor de cabeza más terrible que recordaba.
Le apeteció pensar que Aitana bebería otra cosa. Desde la primera vez que la vio, el pasado verano, notó una inclinación poderosa a observarla con atención. Ella tendría quince años y una mirada muy adulta que completaba con una seguridad un tanto desdeñosa hacia los tíos de su cuadrilla, a quienes parecía manejar por la fuerza de su inteligencia. Además, estaba muy buena y no lo ocultaba.
Había pensado en dejarse caer cualquier día por el Castillo, sabía el lugar donde Aitana y su grupo solían quedar para beber a toda prisa las botellas que él les compraba. Una vez tuvo que llevárselas hasta allí y les dijo que sería la última, que no quería correr riesgos. Prefería quedar con ella y su amiga en el barrio, entregarles las botellas forradas con papel para que no se vieran ni sonaran y charlar un minuto, tal vez quedando para la próxima semana si habían juntado el dinero para otro encargo. A ellas sólo les cobraba dos euros por botella, no como a los pringadillos de San Esteban, que pagaban tres. Aitana lo sabía, seguro, debía de imaginar que ese precio especial era por ella.
Por lo que había observado, no tenía novio. Pero a saber... En los botellones se llega a descontrolar mucho, un día ella preguntó que si le podía conseguir una china y estuvo a punto de hacerlo, pero quiso ser prudente y le dijo que no, que si algún día llevaba encima ya le daría unas caladas. Esperaba la oportunidad de encontrársela a solas en algún lugar propicio pero cada vez que imaginaba que besaba sus labios le traicionaban los nervios.
Pasó por la caja como todos los jueves a media tarde; otra vez la misma cajera desdeñosa. Menos mal que ya no le pedía el carné porque de tanto enseñárselo se sabía hasta el día de su cumpleaños. Además, desde que lucía esa pequeña perilla parecía tener más de los 19 que aseguraba el documento, había dejado de ser sospechoso y se notaba. Mientras sonaba la registradora se fijó en un llavero del expositor del que colgaba una brujita de cerámica montada en una escoba.
Al salir del centro comercial buscó en el móvil el número de Aitana para quedar. Trataría de forzar una hora poco habitual para que tuviera que ir sola, así podría regalarle la brujita sin la mirada de sus colegas. Lo mismo se atrevía a pedirle que saliera con él, había ensayado el momento varias veces pero no estaba tan seguro de poder dominar los nervios y no quería cagarla... El móvil empezó a sonar antes de llegar a su objetivo y le sorprendió. No, no era ella, le llamaba Luis de la cuadrilla de San Esteban: estos bebían fuerte, al menos diez botellas a tres euros cada una.
Tomaría el recado. Tendría que quedar para coger la pasta, ir a otro centro comercial y luego quedar de nuevo. No habría tiempo de ver a Aitana a solas, a esas horas ya estarían con ella las amigas y la brujita habría de esperar. Pero treinta euros eran treinta euros y por delante quedaba un largo fin de semana.
NOTA: dedico este relato a Fernando Portillo, en cuyos textos y acertados comentarios me inspiro no pocas veces.
Es que las verdaderas ocasiones no deben demorarse so pena de una llamada de móvil.
… Buey lerdo toma el agua turbia… Luz roja a:El consumo de bebidas alcohólicas en adolescentes… que buen tema… Besitos. Silvi.
Si tiene 19 años y se dedica ya al tráfico de "estupefacientes" es carne da e cañón. No pinta bien. Con un poco de suerte irá a la cárcel por abusar de menores. (¿Dónde están las alternativas?)
Bella historia de deseo si las cosas fueran así; pero en la realidad no son necesarios esos intermediarios. Los quinceañeros compran bebidas en los hiper con una inmunidad absoluta.

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