
Agazapado tras las pilas desordenadas de la trastienda, trataba de reunir la calma suficiente para pulsar los números en su teléfono móvil. Cogió aire y marcó los tres dígitos dudando de su capacidad para emitir algún sonido a través de la garganta saturada de angustia. Notó el fragor del pulso golpeando en el pecho, incapaz de sujetar los saltos de su corazón, cuando sonó la señal. Un solo pitido.
–Ciento doce. ¿Dígame?
–Óigame, están atracando la gasolinera de S..., al lado de Burgos, dirección Madrid. Son dos. Tienen a los empleados en el suelo. Van encapuchados y con pistolas. ¡Por favor, vengan rápido!
–¿Usted es un cliente?
–No. Trabajo aquí, pero a mí no me han visto. Mire, señorita, no puedo hablar porque me van a oír. Vengan rápido, por favor...
–Ahora mismo aviso, señor.
Colgó como pudo, el móvil parecía un objeto diferente al habitual entre el temblor de sus dedos. Los golpes del pecho estallaban ahora contra la yugular y producían un fuerte eco en las sienes.
Se cercioró de que no había sido descubierto: los ladrones hacían bastante ruido registrándolo todo, a esas horas era difícil que llegaran clientes y parecían saberlo. Notó malestar en las piernas, encarceladas por la posición que no quería cambiar por temor a provocar algún ruido. Miró tras de sí y vio la ventana abierta: podría llegar a ella de un salto y huir a la carrera, pero se encontraría en campo abierto. Seguramente no tardarían en marcharse; quizá fuera mejor que lo hicieran antes de llegar la policía, porque si esos encapuchados se ponían nerviosos podría haber una desgracia. Decidió esperar.
Le tembló la mano y no supo qué hacer. La vibración previa del aparato anunciaba una llamada entrante pero su cerebro no era capaz de coordinar con tanta rapidez para evitar que se oyera. Cuando sonó inusualmente atronadora la melodía de su móvil llegó, sin saber cómo, al salto desde el sobresalto. Uno de los ladrones irrumpió en la trastienda pero sólo pudo ver la sombra que desaparecía por la ventana. Cogió el teléfono que bramaba en el suelo y quiso silenciarlo, descolgando en el intento.
–Señor, le informo de que la policía ya va para allá.
Los encapuchados montaron a toda prisa en el vehículo que habían aparcado justo en la puerta. Al arrancar, el copiloto sacó la mano por la ventanilla apuntando su arma contra la figura que trataba de escalar la inmensa valla de la autopista. A lo lejos ya refulgían las luces azules de las sirenas y el disparo no sonó, quizá las gomas chirriando en la arrancada sepultaron su estruendo. Al otro lado de la valla metálica la sombra se había confundido con el suelo.
(Ficción inspirada en un hecho real).
Hecho real inspirado en otro de la misma condición: ya nadie levanta las manos aunque te le estén atracando.
Aqui pasa...preguntan que color de ojos tienes,si al perro le diste la vacuna contra la rabia...y los ladrones en el otro piso de la casa,apuntando a la cabeza de los tuyos...cuando llega la policia quedamos en medio...escudos humanos.No solo roban; violan y matan ...Nada de ficción,es real. Besitos Silvi.
Cuando mi madre murió de un ictus cerebral y llamé al 112 para que enviaran una ambulancia, tuve que oir tantas tonterías y despropósitos mientras la pobre mujer agonizaba que al final me cabreé de veras y me puse a gritarle groserías a la tipa que estaba al otro lado del hilo. No sé si lo hacen a propósito para que liberes adrenalina o es que es que sus jodidos protocolos son así de idiotas.

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