
Dejando a un lado los fantasmas de la coincidencia –ya estoy curado de espanto con los caprichos del azar, cuarenta años de animar al Atleti dan para mucho–, no me diga usted que no tiene guasa lo de Eladio Perlado, que hasta los fiscales se asustan de las penas y andan a las rebajas, porque ya me dirá si ocho años de prisión los merece quien no ha matado a nadie ni es delincuente. No soporto que la palabra de los policías valga más que la de otros ciudadanos sólo porque lo disponga el derecho romano, que cuando los romanos no había vídeos y no se podía ver cómo repartían palos, que nadie les juzga por eso. Mire usted en Barcelona, esos pobres estudiantes, a los que además de mil cardenales les caerá un paquete con alevosía. Pues igual, igual de mal.
Cuando por fin queda la cosa en capilla, que a ver qué sale y cómo sienta lo que salga, aparece la sentencia sobre el aparcamiento. Y no crea que no tiene su aquél saber que el Ayuntamiento ha perdido con estrépito, aunque en esta ciudad algunos estrépitos hagan muy poco ruido. El aparcamiento que querían hacer en Eladio Perlado era ilegal, lo han dicho los jueces muy clarito, que el Ayuntamiento había recurrido y se ha llevado la misma y ratificada respuesta después de gastarse los dineros en decir lo contrario en el juicio.
Si ya quedaba feo atosigar a los vecinos con gestos de rabia vengativa, saber que todo viene de un proyecto fuera de la ley es cosa que provoca el vómito. Mire usted, si hubiera en esta ciudad lo que debía haber a más de cuatro los hubieran corrido a sartenazos. Pero no, este Burgos saqueado y confundido es el reino de las tragaderas, fíjese en lo que tragan los que mandan y lo que tienen que tragar los que obedecen. Y no le cuento quiénes comen más mierda, ni dónde se fabrica tanta caca, ni cómo ponerse la pinza en la nariz para dejar de oler a podrido. ¿Para qué?

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