
En una baldosa se puede bailar un chotis o perder votos, a tenor del mosqueo que un buen número de burgaleses tiene por ese defecto de nuestro piso urbano –no el hipotecado, sino el otro– que provoca todo tipo de tropezones y salpicaduras en el momento menos esperado. ¿A quién no le ha pasado?
Escuchaba ayer el Libro de Reclamaciones en la cadena Ser y me sorprendió el número de llamadas que apuntaban deterioros en las baldosas de toda la ciudad, de manera que en el paseo de la tarde me fijé más en el suelo que en el ambiente ciudadano y comprobé que el asunto es grave. Es verdad que hay muchísimas baldosas rotas, es una epidemia por toda la ciudad.
Las causas de que se rompan estos trocitos de suelo son muy variadas, las más frecuentes tienen origen en la circulación de vehículos por zonas embaldosadas y en los efectos del hielo cuando lo hay. Eso habría que meditarlo, porque sustituir baldosas al ritmo que la ciudad necesita ha de tener un presupuesto mareante. Digo yo, señores ingenieros, arquitectos, técnicos municipales y demás expertos del ramo, ¿no hay otras soluciones que a la larga resulten más baratas y menos molestas? Estoy seguro de que otras ciudades tienen este tema mejor solucionado.
La observación de la baldosa me aportó una reflexión añadida: en contra de lo que yo pensaba, las preocupaciones más acuciantes de los ciudadanos no son qué hace o deshace el Ayuntamiento con su dinero, ni si de verdad se lucha por hacer una ciudad mejor en asuntos de muchísima enjundia y presupuesto. No señor, la gran preocupación del pueblo votante es la baldosa. Y apostaría un euro ovalado a que el partido que presente el mejor plan para solucionar el tema gana las elecciones.

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