
Me joden los tramposos, no los soporto. Me he tragado mil decepciones por culpa del espabilado de turno que saca tajada burlando las reglas y llevando el ascua a su sardina, privando de lumbre a quienes tienen más escrúpulos y moderan su egoísmo por principios o por la más elemental vergüenza.
En la trampa radica uno de los peores males de la sociedad, la ausencia de confianza entre las personas que la componen. Un tramposo da pie a que otro lo sea más y se blinde ante la reclamación de la necesaria justicia, por eso este pecado tiene muchísimo veneno disfrazado de picaresca, ese sustrato que envilece el tejido social y que en nuestro país despierta con frecuencia una incomprensible simpatía.
Yo también me reí mucho con el Lazarillo y otras obras del género, en las que frecuentemente no se olvida la reprimenda o la recomendación moral. Pero una cosa es la literatura y otra el juego político o el fútbol, donde las trampas me parecen siempre deleznables. Como me lo parecen desde hace seis años las tácticas del Partido Popular en la ciudad de Burgos.
Una vez más, la campaña electoral del PP es tramposa por saltarse las reglas que otros sí respetan, sabedores de que los árbitros actúan con desidia y escasa diligencia, y de que las sanciones brillan por su ausencia. En Burgos –no hablo de la campaña nacional, otra vez con la máxima de repetir cien mil veces las mentiras al estilo Goebbels, lo que sigue dando magníficos resultados– ha sido denunciado ante la Junta Electoral, vete a saber quiénes son esos señores, por razones distintas que evidencian la falta del preceptivo "fair play".
Aprovecho para repetir que ni yo ni La Palabra somos del PSOE: aunque coincidamos en este punto divergimos en muchos otros, pero las denuncias que han realizado los socialistas tienen todo el fundamento de quien apela a la legalidad. Lástima que cada vez que la oposición se destapa contra algo el efecto se asemeje al de la gaseosa disipada, entre otras cosas porque los garantes de las reglas del juego adolecen de flojera ejecutiva y las tarjetas rojas las sacan cuando la campaña ha terminado.
Entre las denuncias que ha recibido la campaña del PP está la del uso ilegal de espacios publicitarios, que entre apelación y recurso se quedará en nada porque no se conocen las penalizaciones que habrían de imponerse y cuando se sepan ya estaremos en otra campaña por lo menos. La Junta Electoral provincial es un árbitro casero y sospechoso de estar comprado.
Pero tiene aún más delito el Tribunal de Cuentas: si se exigieran las facturas por la publicidad que se ha hecho en la ciudad (el PSOE tarda en hacer el oportuno inventario) se pondría cerco a este abuso continuado que se paga con fondos oscuros: el despliegue realizado salta la banca sobre los límites impuestos por la ley, a no ser que el milagro de los panes y los peces se haya transformado en banderolas y merchandising.
¿Para cuándo una auditoría sobre estos fastos y las empresas que los encargan? Temo que para nunca, no sea que la gente se entere de quién paga en realidad los cartelones azules y cada cual quiera llevarse uno a su casa.

- lapalabradigital.es | Aviso Legal | Publicidad | Contactar -
correo: info[arroba]lapalabradigital.es