
Hace dos meses, concretamente el 14 de octubre, hablaba de lo abocado que estaba el sistema capitalista hacia un final abrupto. Hoy en Estados Unidos el estado ha puesto el precio del dinero para los bancos al interés más bajo de la historia, el 0,25 por ciento, y no descartan regalárselo de aquí a nada.
La próxima barrera para mantener la estabilidad de una banca insaciable ha de ser que el estado pague por que los banqueros cojan el dinero para fundirlo entre hipotecas basura y fondos de invención (no es una errata) y así conseguir mayor desigualdad e injusticia social en el mundo.
A la vez que sucedía esto y se brindaba en la bolsa algunos sindicalistas han dicho en Europa que no les parece bien la jornada laboral de 65 horas. Lo han dicho despacito, sin rasgarse el abrigo para partirse el pecho, convencidos de que podrán negociar mejores condiciones. A lo mejor lo dejan en 60, que total son doce horas diarias currando y dos días completitos libres.
Al final del cuento las perdices siempre son para los mismos, hay quien quiere "refundar" el capitalismo y a muchos les parece una buena idea. La naturaleza nos ha proporcionado cerebros de bajo octanaje que no son propensos a pensar por sí mismos: la mayoría prefiere dejarse instalar las ideas y pagar la cuota.
El ridículo capitalista que estamos viviendo debiera provocar una buena reflexión globalizada sobre cómo queremos que se gestionen los recursos mundiales. Las vergüenzas de un sistema basado en la explotación del hombre y el prestigio de la usura ponen en riesgo la supervivencia de los más débiles, mientras quienes han estado manejando el cajón y han sacado beneficios a manos llenas esperan que el sacrificio del pobre rescate el sistema.
No encontrarán los dirigentes del mundo momento mejor para poner coto a la dictadura monetaria y agarrar el cajón con el fin de gestionar su reparto de forma meditada y solidaria, aunque no creo que estén por esa labor. Todo lo más, alguna cataplasma financiera que maquille los mercados y arroje la basura sobre el estercolero del Tercer mundo, exagerando la desproporción de la riqueza y provocando muertos y más muertos en donde reina la miseria.
El fracaso del sistema capitalista siempre es predecible: cualquiera que haya jugado al Monopoly durante horas seguidas comprueba que al final gana la banca, o el jugador que se convierte en banca, mientras los demás se quedan sin un mal billetito de papel con que sobrevivir jugando. El capitalismo es un juego de aniquilación del contrario y tarde o temprano tiene un fin similar, a no ser que los jugadores expulsados convenzan u obliguen al acaparador a realizar un reparto equitativo para partir de cero. Seguir jugando requiere de una revolución, violenta o no, pero capaz de regresar al plano de la justicia social.

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