
La palabra "proletario" muestra un desasosegante recorrido a través de la evolución lingüística. En latín nombraba a los pobres de solemnidad que sólo podían pagar al Imperio entregando su descendencia y ese significado, limítrofe con el concepto de esclavitud, se encadena al concepto para los restos.
Los movimientos sociales del XIX y el XX trataron de hacer de la palabra símbolo, enarbolándola al frente de las revoluciones que acabaron instaurando totalitarios regímenes de socialismo adulterado. Mal favor para el vocablo, asimilado para siempre al paño gris y el cupón de racionamiento.
Actualmente apenas se usa la palabreja, porque "obrero" suena mejor y "trabajador" casi no parece un eufemismo, aunque –desde mi punto de vista– sólo existen los explotadores y los explotados, entre éstos muchos empresarios con o sin trabajadores en nómina que no son sino proletarios de la pequeña empresa. Otra cosa es que cada cual sea consciente del papel que juega, por lo general el explotador siempre sabe que lo es, mientras el explotado generalmente ni lo imagina.
Los sindicatos, hoy por hoy, son máquinas de gestión que parecen estar al servicio del explotado, pero en realidad suelen formar parte del sistema que esclaviza, corroborando sus engranajes y olvidando que el fin de todo principio debe ser el reparto de la riqueza. Lejos de eso, los sindicatos mayoritarios CC OO y UGT cuasi monopolizan el tejido laboral y ejercen sobre los gobiernos un poder comparable al que Real Madrid y Barcelona tienen sobre los árbitros. La comparación no es al azar, pues el mismo tiempo llevan los comités sindicales y el que dirige Sánchez Arminio sin remodelar un ápice los mecanismos que generan sus equivocadas decisiones. Mañana las mismas competencias podría asumirlas el Estado, o una sociedad privada, y el resultado cambiaría muy poco.
En la capital asistimos en estos momentos a una muestra más de sindicalismo interesado: la permuta prevista del edificio de Sindicatos en la calle de San Pablo, con la que la constructora Aragón Izquierdo, CC OO y UGT quieren hacer un buen negocio que podrían tener muy concretado. Los globos sonda aparecidos en prensa parecen perseguir un plan que pueda convertir el edificio en uso residencial, previa recalificación urgente, mientras la constructora compensaría a los dos sindicatos mayoritarios con unos locales modernos y gratuitos.
No han reparado, y ya es difícil, en que los inquilinos de ese edificio no son sólo dos, pues la CGT tiene los mismos derechos de ocupación y los implicados en ese plan no han contado con ellos para las reuniones que ya han mantenido entre sí y con el Ayuntamiento. Huele a lo que se cocina, un movimiento especulativo con ganancias de por medio. Todo sea por la dignidad del proletariado.
De entre los sindicatos existentes en España, hoy por hoy la CGT es la única organización que defiende con fuerza y sin servidumbre política, religiosa o económica un modelo de sociedad que estamos muy lejos de alcanzar, aunque a algunos nos pese. Si en esta liga de los trabajadores tuviera el vestuario que tuvo entonces la CNT, en la sociedad española previa a la Guerra Civil, la CGT podría conseguir que otros gallos cantaran y que algunos con feos espolones no dominaran el gallinero. Pero al sistema no le interesa que medren los razonamientos libertarios, igualitarios o autogestionarios, que si sale esa bicha la pupa puede ser tremenda para el capital.
En los últimos veinte años la CGT se ha ido ganando en Burgos un respeto que nace de la entrega de su gente, más preocupada por las personas que por alimentar los mecanismos que las esclavizan. Estoy seguro de que si se ningunea al sindicato rojo y negro con el tema del edificio lo que pretendan hacer no será sin ruido, aunque mucho me temo que habiendo pasta de por medio los verdaderos proletarios pintamos poco y se nos oye nada. Por si no bastara, en las fotos nos sacan siempre fatal.

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