
Gracias a los micrófonos con complejo de inferioridad –por eso no se nota que están– nos enteramos muchas veces de la verdad más cruda, que contrasta con el elaborado guiso preparado y servido por los políticos a los rebaños de comensales votantes. Esos maravillosos platos rellenos de promesas y luminosos adornos demagógicos son deglutidos las más de las veces sin pestañear, lo que no es extraño puesto que los corderitos de a pie se lo comen todo todo, incluso después de conocer la pestilencia de algún ingrediente.
Le pasó –y no es la primera vez– a la estiradísima Esperanza Aguirre, cuya cólera se adivina no pocas veces detrás de su afilada sonrisa monjil. Experta en encalar la fachada que todo el mundo ha de ver, en la trastienda acumula todo tipo de miasmas que pueden hacer bello el retrato de Dorian Gray. La táctica es altamente productiva entre los rebaños madrileños y todo el mundo sabe que su aspiración es pastorear los de todo el país. Los cielos nos libren.
Como en las películas del oeste, las calles del poblado rebosan una vida ficticia que la cámara evita estropear. Si se cambiara el ángulo veríamos que detrás de las fachadas del "Saloon" o de la oficina del "Sheriff" sólo hay unos postes que apuntalan la ilusión de un edificio. Industria, industria, diría Don Quijote.
La política que consuminos y padecemos es eso mismo, pura fachada. Lo que el público ve es una gran mentira diseñada por guionistas sin escrúpulos expertos en engañar a la gente. No lo tienen difícil, pues la muchedumbre va a ese cine dispuesta a aceptar que el indio salga con reloj o que a un extra lo maten siete veces, por eso a veces se relajan tanto que se evidencia indecorosamente el decorado.
Al aparato de comunicación del Partido Popular de Burgos ese ejercicio de composición y "atrezzo" se le da de perlas: si mucha gente de bien quisiera fijarse en el montaje el cine de estos titiriteros estaría vacío, pero en la realidad se forran a vender palomitas, contruyen sus fachadas con dinero de todos y luego cobran la entrada carísima. Por lo general para mi desgracia, he visto muchos de esos postes que sujetan sus fachadas, incluso tengo algunas grabaciones y documentos que los desvelan, como los tienen otros que nunca van a ver sus películas.
No hay que darle muchas vueltas: si los mayores índices de audiencia en la televisión se los llevan los programas más mentirosos y deleznables, gracias a los anzuelos que prenden en lo más bajo de la almas incultas, en política pasa exactamente lo mismo. Lo malo es que la tele la desenchufas y te pones a leer, pero no hay manera de desenchufar el Ayuntamiento para que dejen de dar tanto por culo con la fachada.

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