No puedo detener que ya no importe
aquella luz, o aquella oscura noche
en la que sepultamos inocencias. Hoy
no queda de materia si es que hubo
ni restos que exhumar, tal vez esa memoria
encriptada en los versos
desobedientes.
La vida que se gasta no rebrota
en jardines a ello dedicados, por no regar
se pierden incluso los silencios.
Dejo
por tanto pasar, pasar el tiempo
por debajo de ríos verticales
que nunca, sabiamente,
desembocan
y hablan de ti con trinos incesantes
como rayos y vientos de otros pueblos
que bebiera el poeta,
piden justicia desgarrando las carnes
sin sangrar una gota.
Catarsis retenida a tiempo
de no volver
y diluirse
entre fantasmas que tal vez han sido
cuando otros no pueden percatarse.

Hace 25 años el Carnaval en Burgos no existía, ni los escolares hacían fiesta ni las calles se llenaban de disfraces. Esos días de febrero se pasaban a cubierto, con el uniforme de castellanos hirsutos de siempre ceñido hasta la gola. En 1985, como mucho, los cuatro visionarios del colectivo El Globo hacían una fiesta encima de la estación de autobuses que casi se disfrazaba de clandestinidad, y allí reían en privado provocando tanta envidia como desdén entre los burgaleses "biempensantes".
En febrero de 1985 la audacia de La Chistera Negra sacó por primera vez tras la dictadura el Carnaval a la calle. En sí mismo, este grupo era todo un disfraz de gente divertida e inquieta, que debutó con sus mejores galas en un entierro de la sardina improvisado y realista, porque se dio sepultura a un pez amojamado en la Plaza de los Castaños. Puedo asegurar que después de esto llegaron a tocar bien, muy bien, pero entonces la mayor motivación era la risa.
Ese mismo año nació el colectivo Factoría de Enormidades, al principio con mucha gente ilusionada, luego con dos o tres paganos que tardamos mucho más en perder la ilusión. Nos propusimos recuperar un Carnaval del que en Burgos teníamos muy pocas noticias, sobre todo por crear un poco de diversión en una ciudad cenicienta. El tema me gustó tanto que me impliqué hasta el fondo en la organización del primer entierro de la sardina que fuera verdaderamente popular.
Se me ocurrió que podría financiarse entre unos cuantos bares nocturnos, podrían ser etapas de un recorrido fantasmagórico y goliardo por la oscuridad medieval burgalesa de un martes de febrero. Logré convencer a los dueños de una docena de ellos, que colaboraban con tres mil pesetas (alguno me las debe todavía) para construir una sardina de cartón y madera (que hice y pinté yo mismo en el Babia) de tres metros de longitud y pagar la organización del entierro. Fue fácil convertir unas telas en capuchones, armarse de cirios y de vino de misa y convencer a unos cuantos incondicionales de la barra para liarla, así que fuimos de local en local, partiendo desde el Patadón hacia el Garaje, Qué Risas, Mi Bar, Gato Cósmico, Metropol, Sector 22, Partido Comunista, La Calle, Babia, Pécora y Trastos. Al final nos juntamos unas doscientas personas que lo pasamos bomba, finalizando el acto con una hoguera improvisada en la plaza de La Flora donde la Sardina, los disfraces y el primer Carnaval de Burgos se convirtieron en cenizas.
La actividad tuvo tanto éxito que al año siguiente la Factoría preparó mucho más en serio el Carnaval, extendiéndolo desde el viernes anterior hasta el martes y rodeándolo de actividades diversas: confección de máscaras, pintado de caras para niños y adultos y concursos de disfraces. El broche de oro seguía siendo la sardina, pero ya se construía con armazón metálico gracias al buen empeño de Teo con la soldadura y se incluía una traca que algunos valientes traían de Valencia tras recorrer la "Ruta del Bakalao".
Para nada de lo que hacíamos había permiso, sencillamente no lo pedíamos porque no esperábamos obtenerlo de un Ayuntamiento presidido por Peña para el cual todas estas actividades tenían poco que ver con la Cultura, tal como la entendía aquel decimonónico equipo de gobierno. Algunos bares de Las Bernardas entraron a colaborar intuyendo el negocio y en un par de años aquella procesión repleta de plañideras movilizaba a cincuenta personas vestidas con capuchones rojos, cientos de "viudas" y "viudos" y muchísimos curiosos que rebosaban la plaza donde se quemaba, con gran estrépito, una sardina cada vez más grande. La Policía, asombrada ante el despliegue humano, dejaba hacer y no estorbaba, lo que era un gran alivio para la organización.
Tengo en el recuerdo la imagen de Pirulo, el líder de Los del Páramo (un abrazo desde aquí), con un lujoso atuendo de contramaestre presidiendo el cortejo, La Chistera Negra alternando las marchas fúnebres y la samba y los voluntarios repartiendo pan de hostia y vino de misa. Mi disfraz era el de la Muerte, con guadaña y todo.
En 1990 a Cristino se le ocurrió oficializar el Carnaval a la vista del tirón popular que estaba cogiendo, así que ése fue el último año que organicé el entierro. Los hosteleros del Casco Viejo pusieron el dinero suficiente para devolver la quema de la Sardina a Las Llanas y allí se reunieron miles de personas, porque había hasta cartel anunciador profusamente distribuido. Algunos comprendieron que el ocio también puede ser un negocio, aunque a la Factoría las cuentas siempre le salían negativas.
Hoy la Sardina –o las sardinas, porque salen varias– y su entierro se han desvirtuado algo, pero siguen siendo un gran señuelo para arrastrar a la gente fuera de su casa en una madrugada de pleno invierno. En Burgos, a pesar del frío, se vive el Carnaval que antes no se vivía y esa fiesta se la ha ganado la gente, por eso mantengo la esperanza de que esta sociedad siga conquistando frontreras de calidad convivencial. Como cada año, estaré tras la máscara dando culto a la carne... ¿O mejor al pescado?

Si mira usted a la izquierda no podrá ver nada porque la nada no puede verse. Algunos recuerdan cuando ese lado alboreaba y parecía anunciar futuros soles, pero al final se quedó todo en luz de San Telmo, que provoca ilusión sin hacer ruido y no deja luego rastro.
Si mira a la derecha verá lo que no quisiera ver. Una poblada piara revolcándose en la abyección impone su inmundicia al resto del establo y consigue hacer creer que sus flatulencias son venerables. También verá alguna rata trepando por las paredes, sucias de tiempo malgastado.
Si mira al frente, verá una puerta que siempre está cerrada. Dicen que al otro lado está la vida y que puede haber gente con la que jugar al ajedrez, aunque por la mirilla lo que se contempla es un aula repleta de alumnos con camisas de fuerza, repitiendo y repitiendo la tabla de multiplicar.
Si cierra los párpados, verá lo que usted quiera. Puede escuchar la radio y pintar la realidad de colores imaginarios que van cambiando, viajar a universos distintos con sólo mover el dial del día a día. Aunque sería un caso raro porque nadie quiere moverse de su planeta, por amor a la estadística.
Si se arranca los ojos lo verá todo claro, mucho más si procura tener tapados los oídos. Desde la página en blanco accederá al saber sin condicionamientos, participará de los secretos de la existencia y querrá contarle al mundo la mejor forma de crear paisaje y hacerlo habitable.
No se le ocurra. En cuanto abra la boca será atacado y devorado por los cerdos.
Saber que estás sería suficiente
para hacer de las tardes melodias
y no fragores de inhóspitos silencios.
Por la noche ya estás, aunque no quieras:
del mundo que me deja conservo lo de dentro
y acierto a contemplar las pinceladas dulces
del lienzo que construyo, íntimamente,
enmarcado con próximas auroras.

Hay mañanas en que no importaría el anuncio de una revolución sangrienta a las puertas de casa, uno podría echar mano de ese rifle automático y su canana para salir al monte con la sensación de la presa en los colmilllos. Ver cómo ese lobo de ayer se convierte en corderillo y suplica inútilmente por su vida no tiene precio ni se paga con tarjeta. Acabar con ése y unos cuantos más sería una fiesta para el instinto, todo fuera por la selección natural...
Hay tardes en que no importaría descubrir al prójimo, tratar de ponerse el traje de su vida y salir a la calle a vivir por los otros. Uno podría acercarse a los nuevos sabores, gozar de colores no imaginados que moran en las mentes de los que están al otro lado, que son también nosotros. La orgía del conocimiento daría lustre al orgullo de especie, en un viaje continuo de perfección y equilibrio...
Hay noches en que no importaría saber quién es uno mismo, el depredador que olfatea yugulares enemigas o el contemplativo admirador de la especie. Suerte que a esa hora no tengo hambre y estoy tan cansado que duermo pronto a pierna suelta, de otro modo amanecería devorado por los razonamientos.

Que sí, que sí... ¡Cadena perpetua! Que se pudran en la cárcel para siempre, por malvados. Y que den gracias a que no hay pena de muerte, que la quitaron estos flojos en el parlo y miento. Ya les iba a dar yo encima, la sopa boba, con el dineral que cuesta tenerlos calentitos en la celda, que muchos cuando salen sólo piensan en volver porque dentro están mucho mejor. Lo que hace falta es más mano dura, con tanto inmigrante por las calles ya no se puede ni pasear, no sabes cuándo van a atacarte pero seguro que lo están pensando. Y la policía pasa por delante como si tal cosa, como si no los vieran con esas pintas de delincuentes que me llevan. Así estamos echando el país a la mierda, esto ya no es patria ni es nada. No hay valores, no hay decencia, se ha perdido toda educación y por la calle sólo pasan salvajes. ¿Para esto queríamos la democracia?
Y menos mal que al menos de vez en cuando a los del partido les llega la sensatez, a veces parece que la cosa no va con ellos, pero ahora por fin han soltado el toro del chiquero. Si es que se empieza por quitar de las escuelas los crucifijos y se acaba asesinando en serie. No sé cómo no se dan cuenta.
Las horas han pasado sin que sepas
que todo salió mal por la mañana,
me dejaron los duendes varias trampas
y esquivé sólo dos, sencillamente.
Cuando reduje algo la hemorragia
me entretuvo un sinfín de devaneos
con gente que sonríe y que no aprecio
para llegar a tanto, según creo.
Luego me vi atrapado en la maraña
de los deseos fatuos que otros miedos
trajeron hasta aquí, donde recibo
y caigo otra vez más con la frente a la lona,
en la cámara lenta de un regodeo infame
que presiona en los párpados,
ahíto ya de oídos destripados.
Después volveré a casa,
cuando me haya lavado por trozos el orgullo,
cosido nuevamente con muchas más miserias
pegajosas. Abriré nuestra puerta
y no verás que implore ni un momento.

Déjese ya de rogativas, señora Paca, que mire la que se ha montado. Usté todo el día de novena en novena para que llueva, a ver si el Andrés algún año se forra con las setas, pero allá arriba deben tener mucha burocracia porque le mandan siempre el pedido a lo bestia, sin avisar y con recargo. Nada más había acabado de sembrar aquella tierra grande que tenía en barbecho, por probar, porque la cosa está muy negra, y ahora el agua ha borrado hasta las lindes, que ya no sé cuándo se secará el barro ni de dónde voy a sacar los duros para resembrar. La cosa está jodida pero usté y el cura siguen dando gracias a Dios y el agradecido como que mira muino, se debe descojonar de la gracia que tiene el sainete. También se reirá de esos pobres negritos del terremoto, cincuenta mil muertos, óigame, por otro pedido mal hecho. Digo yo que si tan dios es Dios que le bastaba mirar para otro lado y dejar las cosas funcionar por sí mismas, porque lo que es este mundo es un desastre. Y no se lleve las manos a la cabeza porque me parece muy poco divertido estar todo el tiempo eterno viendo tantas desgracias que su organización provoca aquí abajo. El cura dice que se merece un aplauso porque es topoderoso, pero el cabrito no va a venir a ayudarme con el tractor ni se va a llenar de barro la sotana. El cura y Dios no se mojan, señora Paca, los demás todos estamos constipados.

He recorrido a tientas tus rincones
de oscura mermelada y he encontrado
las marcas más ocultas. Sé dónde nacen
los rios de tu oprobio y el lamento
lamido por ratones
que con dulces engaños te han roído.
He escapado mil veces y siempre era mentira
porque viajabas dentro, polizón
imposible de imaginar agazapado
en su incultura. Reviento otros zapatos
gastando el suelo frío de los nervios,
de goma deslizante.
Sufro tu hielo, la mente congelada
sumida entre los hombros que alzan chapiteles
para huír del abajo donde perece la esperanza.
¿Alguna vez te amé? ¿O fuiste necesaria?
Me queda tu prisión y el tiempo maltratado
en los números rojos de la vida,
jamás jamás jamás
podré perdonarte.

La fecha de hoy es un código binario. Puesto a imaginar, sueño que esos ceros y unos significan PAZ, pero los sueños sueños son. Machacona esperanza, no te alejes de esta vera donde todo lo deseado se desvanece. I will be with you again.
Desde hace un cuarto de siglo pongo esta canción el día de Año Nuevo. Como no hace falta contar la historia de U2 me dejo transportar al paraíso universitario zaragozano, donde bebí mi juventud a grandes tragos. Alrededor del reloj, se llamaba aquel programa, la tienda Discos Linacero. La pasión por ese grupo "de importación", que con el tercer disco vestía su "Boy" de guerra, era compartida. Entrañablemente compartida.
Os recuerdo, amigos, quiero pensar en todos vosotros y desearos los mejores códigos binarios allá donde estéis. Hoy es el día en que se siembran los deseos, ojalá traigan frutos que nos hagan mejores a todos, que hagan mejor este mundo.
( http://www.dailymotion.com/video/x8gpy2_u2-new-years-day_music )

Por muchos motivos, ajenos la mayoría al devenir de estas fechas, hoy me siento verdaderamente afortunado. Así que no escribiré mucho para no desmedirme en optimismo, que suele luego producirme urticaria. Sólo quiero entrar para felicitar a Mayte, Bipolar, por su primera obra editada en papel. Ayer tuvo lugar y hubo minutos para compartir esa emoción con unos cuantos, responsables también de lo bien que me siento.
Hay serpientes venenosas por todas partes, aunque también hay serpientes simpáticas y creativas. Es mucho más difícil encontrárselas por el camino, pero existen y es una suerte topar con ellas. En esta red de serpientes cibernautas quiero dejar como recomendación muy recomendable leer en esta Navidad o Navidez la primera obra de nuestra amiga Mayte.
Y me voy volando a disfrutar del estado de ánimo, nunca sabe uno cuánto ha de durar...

Amigos blogueros y comentaristas de esta bitácora:
Llevo un tiempo pensando en organizar un nuevo evento gastronómico-digital para mediados de enero. Estoy en condiciones de invitar a unas 30 personas a merendar pizza (60 variedades, pasta muy fina y deliciosas sorpresas) con su correspondiente caña o refresco. El evento se llamará BLOGS y PIZZA y tendrá lugar en PURA GULA, un nuevo establecimiento de restauración abierto en Alcampo (C.C. Camino de la Plata), que amablemente corre con el gasto.
Para participar debéis apuntaros en el correo electrónico director@lapalabradigital.es hasta cubrir las 30 plazas disponibles. Será a las 19:00 horas de un jueves de enero, seguramente el 14 ó el 21, y tendrá una duración de una hora, porque a las 20:00 horas montan el comedor para el buffet.
Me gustaría compartir este evento con los blogueros de La Palabra, con los que ya conozco en persona y con muchos que sólo conozco virtualmente, sobre todo aquéllos cuyo enlace figura en la columna de recomendados de este blog.
Se admite todo tipo de sugerencias para que podamos pasar un rato estupendo. Si alguien se anima a fabricar una creatividad para ilustrar este evento la incorporaré a esta entrada y a las que se publiquen con este tema. En el local hay Wi-fi, por si se quiere aprovechar.
Vosotros diréis. Recomiendo comer poco estas fechas para poder darse un atracón de pizza que, os lo aseguro, está buenísima.
Ah, por cierto: los que tenéis niños no podéis faltar y debéis inscribirlos, porque seguro que la van a gozar. Entre los peques asistentes rifaremos un par de camisetas de PURA GULA, una de niño y otra de niña. En www.puragula.es podéis ver de qué va este novedoso restaurante buffet de pasta y pizza.
Saludos y que aproveche.



Recuérdame otra vez que corra las cortinas
con tupido pudor sobre la vista
de tu rostro de ayer, el que perdura
y pone estrellas al cosmos de coitos neuronales
en tardes de saxo,
provoca chispas que ya no son materia
ni se transforman.
Recuérdame
si puedes recordarme.
( http://www.youtube.com/watch?v=Jin9jXVx9Oo&feature=related )

Hay que ver el barullo que se ha montado abajo, voy a poner la tele que lo estarán dando. Dice la del tercero que no sé cómo se entera de todo que un hombre ha asaltado la caja y se ha cogido una rehén, la pobre, que la tiene amenazada. Madre mía del Verbo, hay policías por todas partes y han cortado la calle, que venía yo con las bolsas y no me dejaban ni pasar. Entre los mirones y las ambulancias parecía un atentado, cuando he visto las luces azules chisporroteando frente al portal se me ha puesto el corazón a latir en la garganta y las rodillas me flojeaban, ya sabes que enseguida me angustio. La tele no da nada, están con los anuncios, pero seguro que ahora lo dicen en el telediario. Tiene razón Marquitos, que sólo salimos en las noticias para contar desgracias, así que quién va a venir del turismo, con el miedo que damos... Hay que ver, ese hombre, dice la del tercero que parecía mayor y por lo visto un poco ido, gritaba que le habían arruinado y que le iba a cortar la yugular a la pobre rehén. Y Dionisio que estaba abajo aunque hace un frío que corta decía que la culpa era de Zapatero, porque la crisis va cada vez peor y la gente ya se está volviendo loca, que los bancos también la tienen porque no sueltan un duro y así no se puede vivir. Pobre chica, qué miedo estará pasando... Y la tele sin decir nada... ¡Mira! Ahí está, es nuestra calle. Así vista en las noticias parece otra ciudad, madre mía, esto lo está viendo toda España, como cuando sale Nueva York... Anda, deja de enredar con ese ovillo y échate aquí a mi vera, que va a empezar a salir en las otras cadenas, a ver si vemos a alguien conocido entre la gente.

A veces pasan ventoleras por encima de tus planes y se llevan las previsiones como hojas de otoño. Quería haber hablado del rock gótico antes de la sesión de ayer en Bardeblás, pero la cosa se lió bastante por la complejidad de conseguir que una mesa de sonido un tanto mercenaria y un ordenador destinado a grabar de ella fueran compatibles. Al final me fui para el bar olvidando algunos discos que tenía preparados y sin haber podido sentarme a escribir una previa.
A pesar de las dificultades con el sonido y las limitaciones propias del entorno, he de decir que lo pasé en grande. Algunas veces me doy el gustazo de poner música para el personal, pero desde que dejé de trabajar en los bares allá por el 89 no es habitual, así que la preparación me lleva mucho tiempo pero me da la oportunidad de ordenar mi discografía, que reviso entera en busca de canciones oportunas. Como perdí algunos trenes con novedades he de ceñirme a mis conocimientos y al fondo de armario, que tienen su núcleo en los años ochenta y cubren un buen espectro de los sesenta, los setenta y los noventa.
Es por eso que me gusta preparar audiciones temáticas, condicionar un tanto el libre albedrío de poner lo que apetezca a un determinado señuelo unificador. Comencé haciendo una de "chicas del rock", muy oportuna en los ochos de marzo, pero la del rock gótico es muy jugosa, tal vez porque milité activamente entre los incondicionales de Bauhaus y Joy Division en los albores de los ochenta y quedé entusiasmado con sus secuelas.
El rock gótico, como el propio estilo artístico en arquitectura o pintura, despliega un gran abanico de matices dependiendo de los artistas y sus vinculaciones con tales o cuales ramificaciones del rock, del lugar donde se genera, etc. En contra de lo que se puede imaginar, no se centra exclusivamente en la sangre, el terror o la muerte, aunque esas ideas flotan siempre por aquí y por allá en construcciones sonoras que van en un plis plas de la sugerencia al cataclismo. Su sonido es capaz de llegar más adentro del alma porque busca frecuentemente la emoción con todo tipo de recursos de corte romántico, generando escenarios sonoros que pueden apelar a la épica, la aventura, el rito, la oración... Es, casi siempre, muy solemne.
Tuve cuidado de respetar lo académico, y sobre la medianoche sonaron los "clásicos" del estilo: Las citadas referencias dinosaurias y sus proles –Peter Murphy, Love & Rockets, New Order– y la consumación del género con lo más emblemático de Sisters of Mercy. De ahí a Echo & The Bunnymen y similares épicas, con trozos de The Cure, Siouxie, Simple Minds, The Cult o The Jesus & Mary Chain en sus tiempos mozos. Y es que los ochenta fueron una barbaridad, bien lo saben en Blogochentaburgos.
Con anterioridad había abierto boca con algunos "ancestros" del estilo como Bowie o The Stranglers, junto a rarezas de aquí y de allá. Asi que sobre la una de la madrugada fui dando pista a lo menos conocido y a lo más moderno, tratando de repasar las numerosas variantes que se acogen al paraguas del género. Christian Death, Jesus on Extasy, Bella Morte, Camouflage, Red Flag, London After Midnight, Cinema Strange, The 69 Eyes, The Cruxshadows... Al final, para ayudar a que el local fuera vaciándose (los últimos se fueron sobre las tres y media) hice un repaso por grandes temas que firmaron en sus días Nick Cave, Gene Loves Jezebel, Psychedellic Furs, Ministry, Tones on Tail, Mazzy Star, Sugarcubes, This Mortal Coil, Cocteau Twins...
Ya sé, ya sé, no he citado a ningún español. La verdad es que no hay mucho donde escoger, pero sí pinché Parálisis Permanente ("Quiero ser beata" y "Autosuficiencia") y el "No más lágrimas" de Héroes del Silencio. He de decir que en seis horas no da tiempo a todo lo que uno imagina que puede poner, pero mi satisfacción se sobrepuso sin paliativos a los problemas técnicos de la tarde, así que ya tengo ganas de preparar una nueva sesión temática, dudo si dedicarla al tecno o al rock californiano. Admito sugerencias.
Otra alegría más: el cartel lo hizo mi hija. Cuando me dijo Álex que le habían pedido copias y se las llevaban de la puerta tuve que echar mano del pañuelo para secar la baba.
Tengo en la mano abierta una navaja
y en su filo presiento algunas pieles
rasgadas por detrás de los papeles
que me manda tu afán, como mortaja.
Al duelo he de acudir, ya te lo hueles,
con los palos de toda la baraja
sin que sepas de quién será la caja
cargada de coronas y claveles.
Si has osado retar tendrás motivos
para gozar la herida del cilicio
por la vida que reste, como quede,
el que siga en el mundo de los vivos
irá de un equinoccio a otro solsticio
lamentando su error, pues se hizo adrede.

Siempre hubo dos tipos de seres humanos: desde que unos inventaron la rueda y otros el muro la diatriba entre los que desean unir y los que pretenden a toda costa separar no ha cesado. Aunque es palmario que las ruedas tienen muchísimas más ventajas para la Humanidad, la sofisticación y desarrollo de los muros se ha multiplicado a lo largo de la historia del hombre.
El muro es consecuencia del miedo al otro, que es casi siempre recíproco. Cuando se erige termina el diálogo y la visión directa de nuestra igualdad mortal, de la insignificancia como seres provisionales. En ambos lados crece el orgullo y se alimenta el rencor hacia la otra parte, hacia el otro yo.
Pocas veces los muros han servido para algo bello. En mayo del 68 algunos de entre tantos se hicieron famosos por exhibir con audacia y afán de nuevos vientos mensajes como "Haz el amor, no la guerra" o "Prohibido prohibir", todo un cambio que a día de hoy nos parece fatuo a cuatro impenitentes iconoclastas. Por lo general, los muros admiten poca broma y muchísimos ponen en riesgo la vida de quien osa acercarse.
Triste destino nacer para ser ladrillo, para conformar un eslabón más en la cadena de muros que construye nuestra sociedad balbuceante. Los muros, como firmaría mi admirado Roger Waters, crecen desde dentro y se alimentan de nuestros mejores sueños –ser a ser, uno por uno–, instalados en nuestra debilidad. La sociedad se amuralla con esa fuerza, consolida ladrillo a ladrillo la barrera que siempre tiene, extramuros, un lado para no mirar.
Es bueno festejar que los muros caigan. Pero mientras brindamos otros muros crecen ante nuestras narices, satisfechas con la fragancia que se percibe de este lado. Doblemente embriagados, no quedan fuerzas para mirar sin barreras al otro ni hay intención de dimitir como ladrillos.

Hoy tocaba ser Miguel, o Federico. La poesía que sepultó el franquismo se ha removido en la tierra que estercola y ha manado diversa, desconocida, extraña. A Lorca no lo quisieron vivo, no lo quisieron muerto; no lo quieren ni en huesos ni en la cuneta yerto. A Hernández lo enterraron en vida, la cebolla se ensangrentó en los pulmones y se apagó el rayo que no cesaba. Mala muerte para dos genios de la existencia, irreparable desgarro que nos califica todavía a los ojos del mundo.
Otro día seré Federico. Hoy tocaba ser Miguel, dedicar una nana a este mundo balbuciente y desorientado que necesita protección y cuidados; dejar la vida si es preciso para fabricar versos que liberen, que amen, que comprendan y perdonen. Versos libres, capaces de organizarse para construir un soneto: hombres y mujeres libres, capaces de todo.
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Imagen de Manuel Boix.

Agazapado tras las pilas desordenadas de la trastienda, trataba de reunir la calma suficiente para pulsar los números en su teléfono móvil. Cogió aire y marcó los tres dígitos dudando de su capacidad para emitir algún sonido a través de la garganta saturada de angustia. Notó el fragor del pulso golpeando en el pecho, incapaz de sujetar los saltos de su corazón, cuando sonó la señal. Un solo pitido.
–Ciento doce. ¿Dígame?
–Óigame, están atracando la gasolinera de S..., al lado de Burgos, dirección Madrid. Son dos. Tienen a los empleados en el suelo. Van encapuchados y con pistolas. ¡Por favor, vengan rápido!
–¿Usted es un cliente?
–No. Trabajo aquí, pero a mí no me han visto. Mire, señorita, no puedo hablar porque me van a oír. Vengan rápido, por favor...
–Ahora mismo aviso, señor.
Colgó como pudo, el móvil parecía un objeto diferente al habitual entre el temblor de sus dedos. Los golpes del pecho estallaban ahora contra la yugular y producían un fuerte eco en las sienes.
Se cercioró de que no había sido descubierto: los ladrones hacían bastante ruido registrándolo todo, a esas horas era difícil que llegaran clientes y parecían saberlo. Notó malestar en las piernas, encarceladas por la posición que no quería cambiar por temor a provocar algún ruido. Miró tras de sí y vio la ventana abierta: podría llegar a ella de un salto y huir a la carrera, pero se encontraría en campo abierto. Seguramente no tardarían en marcharse; quizá fuera mejor que lo hicieran antes de llegar la policía, porque si esos encapuchados se ponían nerviosos podría haber una desgracia. Decidió esperar.
Le tembló la mano y no supo qué hacer. La vibración previa del aparato anunciaba una llamada entrante pero su cerebro no era capaz de coordinar con tanta rapidez para evitar que se oyera. Cuando sonó inusualmente atronadora la melodía de su móvil llegó, sin saber cómo, al salto desde el sobresalto. Uno de los ladrones irrumpió en la trastienda pero sólo pudo ver la sombra que desaparecía por la ventana. Cogió el teléfono que bramaba en el suelo y quiso silenciarlo, descolgando en el intento.
–Señor, le informo de que la policía ya va para allá.
Los encapuchados montaron a toda prisa en el vehículo que habían aparcado justo en la puerta. Al arrancar, el copiloto sacó la mano por la ventanilla apuntando su arma contra la figura que trataba de escalar la inmensa valla de la autopista. A lo lejos ya refulgían las luces azules de las sirenas y el disparo no sonó, quizá las gomas chirriando en la arrancada sepultaron su estruendo. Al otro lado de la valla metálica la sombra se había confundido con el suelo.
(Ficción inspirada en un hecho real).
No encuentro el modo de transportar oxígeno hasta mis alveolos neuronales, por lo que he de buscar algún espacio donde poder respirar más allá de los pulmones. Todo me empuja a poner distancia, así que faltaré unos días. Puede que, como me dijo Bipolar, un dia no regrese. No será esta vez. No será por falta de ganas.
Hasta pronto.
Ya da lo mismo.
Las hojas se secaron sobre la alfombra parda de los días
y en su crujir se masca el polvo prometido,
esa luz cegadora ahora no calienta ni sirve de guía
para encontrar, tentar otra esperanza.
Ya
da
lo
mis-
mo,
porque de ayer no llueve el cielo lleno y sus promesas
se nutren de certeza evaporada. Porque olvidé llorar
hacia dentro y dentro
está el desierto que formaron tus llamas,
donde las gotas llegan a perder la memoria
sin encontrar semillas que germinar quisiera.
Siquiera ya
da lo mismo
y no hay por qué sembrar una palabra
cuando cien mil murieron asfixiadas.

La Policía detuvo ayer a un sujeto que trataba de robar una bicicleta reventando su candado, para lo que iba pertrechado del pertinente instrumental guardado en una mochila. Antes de que pudiera pedalear con la ansiada montura los agentes le sorprendieron con las manos en la cadena recién partida, gracias al solícito aviso de una vecina que se ganó una felicitación cívica. El suceso ocurría en plena Plaza Mayor y en domingo, hay que ver lo tontos que son a veces los cacos.
Al leer el comunicado me he acordado de Montxo y de su blog (enbiciporburgos), que siempre recomiendo, suponiendo que el colectivo de propietarios legales de bicis estará satisfecho con la operación. Al menos por una vez se ha evitado el disgusto de palpar la ausencia de la propiedad rodante, otra de las amenazas contra las que luchan los sufridos y cívicos ciclistas.
También me ha parecido una buena noticia para los planes de movilidad municipales: bastante es soportar el deplorable estado de conservación e idoneidad del carril bici en muchos tramos de la ciudad, como para introducir más elementos que desanimen a los potenciales ciudadanos no contaminantes del mañana. Un tanto para el urbanismo civilizado, aún quedan muchos por marcar.
Pero, además, el escrito me ha traído a la memoria la película "Ladrón de bicicletas", de Vittorio de Sica. Cuando la vi tenía doce años y recuerdo el golpe como ningún otro que me hayan dado en el estómago. Desde hacía dos era huérfano de padre, por lo que la relación entre los protagonistas, hombre y niño ante las circunstancias de una posguerra que tan bien narraba el neorrealismo italiano, se introdujo desde la primera escena en mi ánimo desprotegido. La angustia creciente hasta el desenlace dejó en mi cabeza, tras aquel dolor abdominal, muchísimas preguntas.
Algunas de aquellas preguntas se respondieron solas al dejar de ser niño. Sin embargo, otras, capaces de volver a reproducir la angustia que acompaña a la vida real, permanecen airadamente sin respuesta. ¿Cómo es posible que alguien necesite aún robar una bicicleta? En la piel del ladrón, intuyo, hay contestaciones marcadas a fuego que señalan culpas en todas las direcciones.

Ojalá estuvieras aquí, nadando en la misma pecera. Ojalá regresaras del dolor hasta ese cielo azul que huele a paraíso. Quizá lo intuías en aquella sala de música de la Universidad Laboral de Logroño, sabías de algún modo que esta canción iba a marcar la senda capaz de bordear el infierno. Los mismos miedos, las mismas jaulas donde los héroes se convierten en fantasmas encierran el tiempo que no pasa y que se eleva, vertical e inocuo, más allá de los fríos raíles de acero.
Ojalá tras la máscara se oculte una sonrisa preñada de dientes blancos: hubiera querido conservar aquellos pálpitos lisérgicos que tanto me explicaban, pero siempre había un día siguiente al gran único día que dejamos pasar. Y así fueron atravesando muchos días sin árboles, por las cenizas de lo ya vivido, e intenté aprender a respirar en ese aire abrasador de las ausencias. Pink Floyd pasó por San Sebastián y algo faltaba en medio de la plenitud. Alguien no estaba.
Así que hoy recuerdo como recuerda el mar el marinero perdido en un bosque. La efeméride cita a Richard Wright, hace un año que murió y las disputas con el genio de Roger Waters se fueron allá donde brillan los diamantes, a la cara oculta de la luna que nos eclipsa. Ojalá haya encontrado bellos los sonidos del viento cósmico.
Waters nos emocionó en Granada con el agua en cascada empapando desiertos internos, convirtiendo las almas en lagos navegables. Y, sin embargo, algo faltaba para completar el círculo, para hacer de la luz un haz de colores después y antes del fundido en negro: el prisma giraba en soledad perdido entre miles de clases de animales distintos, juntos en aquella cueva, cada uno con su piedra.
Ojalá no fuera todo así, ojalá nunca faltara nada. Ojalá disfrutes si te dejas llevar por la canción hasta el final, cuando las teclas de Wright convierten la ausencia en viento que viaja al infinito.
Ojalá. Siempre.
Para puristas: ( http://www.youtube.com/watch?v=q1moiym6-Nk&feature=related )
Para románticos: ( http://www.youtube.com/watch?v=xPm4GH3UUC8&feature=related )

Acuñamos el término en el tercer curso de la carrera, por la necesidad de definir a un colectivo de compañeras de estudios (había también un compañero, pero la apabullante superioridad en número de las chicas instaba al femenino), cuya actitud producía en nuestro grupo de estudiantes díscolos aunque eficaces un rechazo frontal. En estadios educativos precedentes las hubiéramos llamado "empollonas" pero, ya en ese nivel y dotadas de un cierto rango asociativo, adquirían cualidades que superaban la semántica del término. Así que se quedaron con "gallináceas".
Estos seres paseaban sus plumas con muchísima frecuencia por los departamentos, conocían vida y milagros de los profesores y lloraban si la nota que obtenían no superaba el ocho. Solían tener rizos, llevar gafas y pasear un ancho trasero por los pasillos de la biblioteca, pero era muy raro encontrárselos en el bar. Sin embargo, poseían por lo general una riqueza que guardaban celosamente como el mayor de los tesoros, los apuntes de todas las clases tomados con bolígrafo azul sin perder ni una tos del orador docente.
Los que no íbamos a todas horas (todo el primer trimestre el que esto escribe lo pasaba trabajando) estábamos dispuestos a pagar por esos apuntes. La fotocopiadora era un invento reciente y gente como yo colaboró lo suyo para su rápida implantación y desarrollo, pero las gallináceas subían la nariz al techo cuando les preguntabas si por favor, si por dinero, si por Snoopy..., estarían dispuestas a consentir la reproducción. Como poco te recriminaban la impudicia, incluyendo también la virginidad de sus apuntes en el concepto monjil del sexto mandamiento al que todas, sin excepción, parecían abonadas.
Había otra característica peculiar en el comportamiento gallináceo, que era el cacareo. Entre clase y clase hablaban muy alto y no escondían la fuerza que les otorgaba la protección de los de su misma especie, casi siempre conspirando en su beneficio para cambiar fechas de exámenes o para influir sobre los profesores. Muchos de los enseñantes aceptaban de buen grado el peloteo y se dejaban picotear los zapatos para saborear la adulación.
El peor episodio que viví con uno de estos seres sucedió en quinto de carrera: una gallinácea protestó por escrito ante la catedrática mi nota en el primer parcial de Literatura del siglo XVIII, indignada porque ella había obtenido 9,6 en el examen y yo 9,8 sin haber ido a clase en todo el trimestre. Desde entonces aborrezco el caldo de gallina.
Esta mañana he escuchado en la radio a Soraya Sáenz de Santamaría, que ya por nombre, cuna y aspecto tenía muchos boletos para figurar en la especie de las gallináceas, o eso me ha parecido siempre. Me encantaría ver los apuntes que la convirtieron en número uno de su promoción, tanto como saber de sus víctimas, que a buen seguro las hay en su progresión hacia el cielo de las gallinas.
La política tiene tan mala fama porque gente como ésta hipoteca la verdad en favor de su medre, esconde sus pecados tras las faltas ajenas y añade perspectiva para falsear la dimensión de la culpa. Lo malo es que la estrategia funciona de miedo, así que hemos de prepararnos para el imperio de las gallináceas. Los estudiantes "díscolos" lo vamos a tener crudo para conseguir los apuntes.

El próximo domingo se cumplirán 40 años, toda una dictadura temporal, desde que los cuatro componentes de The Beatles se reunieron por última vez en un estudio. Yo supe de ellos justo en ese momento, cuando se separaban, porque la noticia de su ruptura y la conmoción subsiguiente atravesaron como por mantequilla caliente la estrechez informativa del franquismo.
La fascinación que me producía este grupo en aquellos tiempos no se ha roto jamás, pues, al contrario que con otras músicas, siempre me apetece escuchar un tema de The Beatles cuando suena en cualquier parte. Fanático como fui desde cuatro años más tarde de sus satánicas majestades, he de decir a día de hoy que la dimensión mítica de las piedras rodantes tiene en mi cabeza un tamaño menor, sobre todo porque cualquier canción de los Rolling fabricada más allá de 1978 no la considero imprescindible en mi discografía básica.
Desde los años sesenta, todas las generaciones deben algo a este grupo de Liverpool que desde la caverna llegó al firmamento con diamantes, toda una evolución humano-divina que cambió la música y las dimensiones emocionales del ser moderno. Aquellos cuatro chicos de Liverpool con flequillo (ahora parece que vuelve esa moda) lograron influir en las masas con mayor eficacia que todos los filósofos del siglo. Y todo con sencillos acordes de corte ye-yé, letras facilonas y coros canoros que descubrían para la historia el fenómeno "pop".
Todos ellos en solitario han tenido mis respetos, pero no la emoción que me produjeron en grupo. Ni siquiera la desaparición de Lennon y la avalancha mediática que siguió al suceso impactaron en mi ánimo más que la primera escucha de "Hey, Jude", "Let it be" o "Back in the URSS".
Hoy se anuncia la salida al mercado (maldito mercado) de los catorce álbumes editados por The Beatles. Al parecer la muerte de Michael Jackson, que era el poseedor de los derechos de la banda, no ha influido en el objetivo de remasterizar aquellas grabaciones, depurarlas y convertirlas en estéreo, un trabajo de ingeniería supervisado por Paul y Ringo que también es del agrado de los herederos de John y George. Además, el plato se rodea de curiosidades, algunas inéditas aún (hay que ver lo largo que es el camino de la fama) y se presenta en conjunto o por separado. Apuesto a que en las próximas alegrías navideñas los Beatles van a estar rodeados de un montón de papel de colores.
Hoy he atravesado el paso de cebra de la calle de abajo y me he visto en Abbey Road, rodeado de flores y sintiendo que lo único que necesito es amor. Como todo el mundo.

En el recorrido hasta la oficina he sentido que el suelo me atraía con fuerza inusitada y me obligaba a un sobreesfuerzo parecido al de arrastrar las botas llenas de barro; cualquiera que haya jugado al fútbol sobre un lodazal sabe de qué hablo. He llegado agotado a la puerta y se me ha caído el manojo de llaves, porque los dedos sucumbían al peso descomunal de esos metales que parecen haber alterado en mi ausencia su número atómico. He abierto la puerta de rodillas y me he arrastrado hasta la pantalla; sin fuerza para más, me he desmayado con los primeros destellos de inicio.
Seis horas después, el peso de mi cuerpo sigue en Júpiter, a pesar de que la báscula me haya dicho lo de siempre, kilo arriba o abajo. Veo la montaña de periódicos por leer, el correo sin abrir, los asuntos pendientes... Creo que el sillón se va a desintegrar, así que me quedo en el suelo antes de desmayarme otra vez.
En sueños floto en el espacio. Soy tan ligero que he de tener cuidado con los movimientos, pues un simple estornudo puede alejarme años luz más allá del lugar que ocupo. Escucho el rumor de las Perséidas y juego a pedir mil deseos fugaces que empañen dos o tres deseos imposibles. Así estoy muy a gusto, en el silencio que no comprendo y por el que no pregunto. Así no peso.
Algo ha debido ir mal, de pronto ha cruzado ante mis ojos el Apolo XIII con los intermintentes encendidos y he despertado por exceso de anacronismo. He trepado al sillón y apretado las teclas con la sensación de haber escalado una montaña: el viento sopla bastante frío y si miras abajo da mucho vértigo, pero ya no hay remedio: cueste lo que cueste hay que moverse o la gravedad acabará por engullirme.

Si no he contado mal, ésta es la entrada 191 desde que el pasado mes de octubre se inauguró este blog en el espacio de La Palabra Digital. No sé si es poco o mucho, pero da para reflexionar sobre ello tratando de buscar las más provechosas consecuencias. Las primeras son personales, creo que lo mejor de todo esto es haber podido conocer más de cerca a gente muy interesante de la Burgosfera y haber sentido el calor de los incondicionales, siempre tan al lado del corazón.
Desde el principio no quise tomarme esta aventura como un trabajo para que la experiencia no derivara en trabajosa. Tenía ganas de probar este medio de comunicación en el que tantas cosas nuevas existen y que nos llevará quién sabe dónde, por el camino del diálogo y el contraste de ideas, por las autopistas del pensamiento y del arte, cabalgando sobre la tecnología. Estoy muy satisfecho del recorrido, lo reconozco.
Al repasar he visto que, si bien he tocado numerosos temas, he hablado sobre todo de mí directa o indirectamente y eso ya no sé si es tan bueno, porque ponerse a la intemperie del juicio ajeno puede tener su peligro. Sin embargo, no me arrepiento de ello como tampoco de las entradas críticas, a veces en tono un poco duro, donde he tratado de defender valores como la transparencia, la justicia y la igualdad. La ciudad da para mucho, así que ha sido sujeto muchas veces y con ella los sujetos que la manejan, de quienes he predicado cuanto podía aunque a veces no todo cuanto sabía: en algunas ocasiones a la intemperie hay que salir con abrigo.
Hay entradas que me han hecho disfrutar mucho cuando las escribía. También al releerlas me dejan satisfecho, por eso abro este paréntesis con muchísimas ganas de retomar esta bitácora después de unas vacaciones que obligatoriamente serán cortas. Echaré de menos mis blogs favoritos porque no creo que pueda usar internet allí donde voy, pero me consolará la naturaleza si consuelo preciso. Mis mejores deseos para todas y todos y besos para quien sabe que son suyos. Hasta la vuelta.

El pasillo de las bebidas estaba vacío, a esas horas el híper nunca tenía gente y todo era rápido. Esta vez sólo compraría seis botellas: dos de ron, una de ginebra, una de vodka y otra de orujo de hierbas. No podía imaginar con qué mezclarían el orujo, si es que lo hacían, porque tomarlo frío iba a ser difícil, y evocó su propia experiencia con aquella bebida cuando le provocó un día entero de vómitos y el dolor de cabeza más terrible que recordaba.
Le apeteció pensar que Aitana bebería otra cosa. Desde la primera vez que la vio, el pasado verano, notó una inclinación poderosa a observarla con atención. Ella tendría quince años y una mirada muy adulta que completaba con una seguridad un tanto desdeñosa hacia los tíos de su cuadrilla, a quienes parecía manejar por la fuerza de su inteligencia. Además, estaba muy buena y no lo ocultaba.
Había pensado en dejarse caer cualquier día por el Castillo, sabía el lugar donde Aitana y su grupo solían quedar para beber a toda prisa las botellas que él les compraba. Una vez tuvo que llevárselas hasta allí y les dijo que sería la última, que no quería correr riesgos. Prefería quedar con ella y su amiga en el barrio, entregarles las botellas forradas con papel para que no se vieran ni sonaran y charlar un minuto, tal vez quedando para la próxima semana si habían juntado el dinero para otro encargo. A ellas sólo les cobraba dos euros por botella, no como a los pringadillos de San Esteban, que pagaban tres. Aitana lo sabía, seguro, debía de imaginar que ese precio especial era por ella.
Por lo que había observado, no tenía novio. Pero a saber... En los botellones se llega a descontrolar mucho, un día ella preguntó que si le podía conseguir una china y estuvo a punto de hacerlo, pero quiso ser prudente y le dijo que no, que si algún día llevaba encima ya le daría unas caladas. Esperaba la oportunidad de encontrársela a solas en algún lugar propicio pero cada vez que imaginaba que besaba sus labios le traicionaban los nervios.
Pasó por la caja como todos los jueves a media tarde; otra vez la misma cajera desdeñosa. Menos mal que ya no le pedía el carné porque de tanto enseñárselo se sabía hasta el día de su cumpleaños. Además, desde que lucía esa pequeña perilla parecía tener más de los 19 que aseguraba el documento, había dejado de ser sospechoso y se notaba. Mientras sonaba la registradora se fijó en un llavero del expositor del que colgaba una brujita de cerámica montada en una escoba.
Al salir del centro comercial buscó en el móvil el número de Aitana para quedar. Trataría de forzar una hora poco habitual para que tuviera que ir sola, así podría regalarle la brujita sin la mirada de sus colegas. Lo mismo se atrevía a pedirle que saliera con él, había ensayado el momento varias veces pero no estaba tan seguro de poder dominar los nervios y no quería cagarla... El móvil empezó a sonar antes de llegar a su objetivo y le sorprendió. No, no era ella, le llamaba Luis de la cuadrilla de San Esteban: estos bebían fuerte, al menos diez botellas a tres euros cada una.
Tomaría el recado. Tendría que quedar para coger la pasta, ir a otro centro comercial y luego quedar de nuevo. No habría tiempo de ver a Aitana a solas, a esas horas ya estarían con ella las amigas y la brujita habría de esperar. Pero treinta euros eran treinta euros y por delante quedaba un largo fin de semana.

Aunque conocía la noticia desde hace una semana, no he querido tomar ventaja a otros medios en su publicacion. Por dos razones: la primera, disfrutar un tiempo íntimamente y con la gente más cercana de lo que supone demostrar que yo tenía razón, pues, después de cuatro años de soportar toda la inquina fabricada contra mí y de contemplar con el alma rasgada el sufrimiento de los seres queridos, necesitaba un confortador periodo de catarsis; la segunda, por la –¿morbosa?– expectación ante las reacciones del resto de medios.
Que se demuestre en el juzgado la ilegalidad de la adjudicación de la revista municipal Plaza Mayor sólo confirma lo que ya sabía, porque de no estar tan seguro a ver quién me manda meterme en tan perniciosos berenjenales, pero supone solamente una etapa del proceso. Queda ahora demostrar que la plica presentada al concurso por la empresa que dirijo era superlativamente mejor que la distinguida como ganadora, lo que exigirá nuevos pleitos y cuantiosos gastos que, en mi caso, y en parte del contrario porque actúa con el dinero de todos, salen de mi bolsillo.
No sé si el Ayuntamiento ha comunicado –como es su obligación– la sentencia a los medios porque desde hace semanas no nos envía información, un nuevo síntoma de que la transparencia informativa está asquerosamente ultrajada por la grasa del Gabinete de Prensa municipal, a cuyo frente figura el firmante de aquel informe que dio pie a la adjudicación ilegal –impasible el ademán– José Domarco. Sin vergüenza se puede cortar el grifo de las comunicaciones a La Palabra, que estos chicos rebuscan en la letra pequeña como sabuesos hambrientos y encuentran desnudeces poco decorosas.
Sepan los lectores que desde la presentación de esta demanda hace 44 meses si no me han pegado un tiro en la cabeza es porque no estamos en 1936, pues de otra forma ya estaría abonando alguna cuneta. Lo digo porque excepto liquidarme han hecho de todo y han procurado por todos los medios buscarme la ruina, haciéndome vivir en la paradoja de soportar las más abyectas técnicas fascistas y mafiosas en la supuesta realidad de un sistema democrático. Todo ello ante la pasiva contemplación, silenciosa y muchas veces culpable, de la práctica totalidad de los medios de comunicación locales, de la mayoría de los políticos burgaleses, de numerosos profesionales del gremio, de unos cuantos ex amigos, de un par de ex socios, de decenas de indecentes funcionarios públicos y de muchos ciudadanos de a pie. A todos ellos, gracias por nada.
Y sepan otra cosa: no estoy contento. En esta ciudad se producen grandísimas barbaridades por la búsqueda indecorosa y muchas veces delictiva del medre político, pero siempre con absoluta impunidad. La mentira en que nada y se emborracha la sociedad burgalesa se cuece en la ausencia de control de lo que es nuestro, una irresponsabilidad que define bien nuestro modo de ser. Dejamos que nos pisoteen los poderosos y, si alguien levanta la voz para quejarse, lo apedreamos. Así nos va de mal mientras a ellos les va tan bien.


La llegada del verano ha abierto muchas incógnitas. Me refiero al aspecto profesional, pues esta época no es por lo general muy boyante en la actividad editorial y publicitaria. Si sumamos esa bajada de tensión estacional a la crisis galopante, la lipotimia de los próximos dos meses puede dejar entre pálido y lívido el panorama, necesitado ya de transfusiones para ir tirando.
Nuestros lectores de La Palabra Digital, que rondan en los últimos meses la cira de mil al día –algo de lo que nos sentimos orgullosos–, pueden haber notado una cierta ralentización en el ritmo de aparición de noticias, fenómeno que desde primeros de mes se debe fundamentalmente a la ausencia de las mismas: así son los veranos informativos, el tiempo en que los becarios aprenden a redactar asuntos para sacar de la nevera cuando no hay otro menú.
Nosotros somos tan pobres que ni becarios podemos permitirnos, pero también sabemos que en julio y agosto esos mil lectores diarios se desenganchan de la normalidad de sus hábitos, dejando la cifra de la audiencia en estado letárgico. Malas fechas para invertir en el medio, sin duda.
De esta manera, quienes hacemos La Palabra Digital hemos pensado en irnos de vacaciones hasta septiembre. Llevamos casi un año dando cobertura diaria en nuestra página digital con mucha exigencia, por culpa de la escasez de recursos, así que nos merecemos un descanso que cada vez se hace más necesario. Se impone, además, una reflexión pausada sobre lo acontecido en los últimos meses para enfocar con ilusión y garantías el inicio de una nueva temporada.
Todavía no se notará el fenómeno, pero a partir de la distribución del próximo número en papel, el día 23, la renovación de las informaciones será mucho más esporádica. Igualmente los espacios de opinión, aunque en menor medida, se verán afectados en ese sentido dependiendo de sus firmantes. El territorio Blog reverdecerá también al final de agosto con nuevas firmas y propuestas, porque hay que renovarse para no morir.
En mi caso, habrá quince días durante los cuales será difícil que pueda mover la página, pues adonde voy de vacaciones no pienso llevar artilugios que me conecten a otra cosa que no sea la familia, el mar y la naturaleza. Ni una tecla, nada que facilite la tentación. Queda una semana para eso y ya no puedo quitármelo de la cabeza.
Seguro que echaré de menos esos paseos por las bitácoras habituales: en su lugar dejaré mis comentarios sobre las crestas de las olas o bajo las rutilantes estrellas del sur hasta mediados de agosto. Después me pondré al día, este mundo del 2.0 es un vicio que ya no sé cómo dejar.

Abriendo la ventana he visto un pájaro
o casi un ser plumado, que ha libado
con gracia el precipicio de mi oído
y sorbido un recuerdo.
Más allá del cristal parece nada
todo lo que pasó, pero en la niebla
siguen las cartas ordenando formas
que son sombras
y se alargan
como huellas
en sucesión de dunas y distancias.
Hay algo allí, detrás, no alcanzo a ver
si los ojos cerrados
pueden mirarme.
Confieso que he bebido
hasta casi abrazar aquel aroma.
Ayer el Tour de Francia
atravesó Colliure en cremallera
y en mi oreja libaron cien mil pájaros,
breves dulces de amor y chocolate
para la soledad del alma,
galería de trinos en un verso
interminable.

Lo prometido es deuda y hay que cumplirlo, así que tengo el honor de presentar el "I AJOBOOK" que se celebrará, si todo sale bien, el próximo sábado 11 de julio entre los pinos de Duruelo de la Sierra, el pueblo que ve nacer el río Duero y que me vio nacer a mí en la primera casa de la calle de Arriba. El motivo y el pretexto es otorgar fama mundial (andando los años, jeje) al menú más sobresaliente de la comarca de Pinares y pasar una jornada memorable.
El ajo carretero es uno de los platos típicos de la zona, un guiso de carne de balante que antaño era la dieta de los fornidos hacheros, encargados de talar los pinos más grandes en los lugares más inaccesibles del monte. Salían en cuadrillas a trabajar una zona durante semanas y, por turno, cada día uno se quedaba toda la mañana haciendo el guiso.
Al monte llevaban algunas ovejas vivas que iban sacrificando para preparar la gran olla con esa carne, la cual por su dureza debía estar al fuego horas y horas. Hoy se usa cordero en vez de oveja, lo que permite hacer el guiso en dos horas y además resulta bastante más ligero, aunque quien pruebe la sopa por primera vez será incapaz de imaginar cómo podría ser más potente.
Cada semana, un zagal o zagala subía al lugar donde acampaba la cuadrilla y les proveía de las hortalizas necesarias para el ajo carretero: ajos, cebolla, pimiento verde, pimiento rojo, tomate y guindilla. El encargado de cocinar troceaba la carne y añadía las cabezas de ajo, cebollas, tomates y pimientos enteros, incorporando agua hasta el nivel óptimo.
Dicen los entendidos que es en el cálculo del agua donde uno se la juega. Si se pone de más la carne quedará menos sabrosa y, si es de menos, puede encallarse: verse forzado a añadir agua se considera un fracaso, pero aún así sigue estando muy bueno.
El puchero se pone al fuego y cuando rompe a hervir se desespuma (nunca con cuchara de metal), añadiendo entonces sal y pimentón. Sólo queda esperar que hierva lentamente el tiempo necesario y estará listo. El aroma que desprende desde que rompe a hervir va haciendo mella en los comensales, que no pueden evitar el robo de alguna tajada "a ver cómo va".
La forma de comerlo es muy original, pues primero se sirve la carne y después la sopa. Hoy en día lo servimos en platos, pero entonces los madereros sólo tenían un puchero, una cazuela y cucharas. En la cazuela se cortaban sopas de una hogaza y encima de ellas se ponía la carne, que comían con los dedos. Acabada la carne, sobre las sopas impregnadas se vertía el caldo y cada cual arrimaba su cuchara hasta el fin de existencias.
Se trata de un plato contundente, pero que nadie se asuste: actualmente no se prepara con la fuerza de antaño, aunque suele dejar solventadas las ganas de comer hasta el día siguiente y aporta una energía que deja en vergüenza el Red Bull. Lo ideal para disfrutar de la salvaje naturaleza del pinar, incluyendo la siesta a la sombra si se tercia.
Para este evento, algunos blogueros más cercanos van a recibir una invitación personal que da derecho a disfrutar de todo con sólo acercarse hasta allí. Pero está abierto a todo el mundo que sienta curiosidad o ganas de pasar un día magnífico. Es necesario, sin embargo, saber con cierta certeza cuántos seremos desde el día 8 de julio pàra poder encargar la carne.
La comida la prepararán grandes amigos míos, pertenecientes a la peña del Disloke, que es también la mía: uno de ellos, Santiago, es además el alguacil del pueblo y anda solucionando el tema de la ley de incendios y su regulación local, en el peor de los casos habrá que hacerlo a gas en vez de con leña. Algo menos de encanto, pero más seguridad en el proceso. Haremos la comida en el parque de "Las Peñitas", que pega al pueblo.
Santiago ha calculado que la comida, el vino, el postre y el café pueden salir por menos de quince euros por persona (menores de diez años no cotizan), así que los que quieran apuntarse y no hayan recibido invitación ya pueden hacerse su presupuesto. Lo único no incluido es el viaje, son cien kilómetros desde Burgos y menos de cincuenta desde Soria, pero la carretera es buena.
Quienes se animen no se van a arrepentir. Aunque dudo que durante esas horas puedan conectarse a internet, disfrutar de este plato y de la compañía de buena gente en medio del oxígeno más puro, emborracharse de paisajes (haremos una excursioncilla muy asequible) y reírse un rato de todo lo que no sea disfrutar convertirá el 11-J en una efeméride para años venideros.
Asi que ya sabéis... ¡Buen provecho!

Desde que me destinaron a este puesto todo ha cambiado. Acostumbrado al cuidado de los pueblos no me daba cuenta del pesado trabajo que me procuraba ir de una a otra aldea para cumplir con el oficio, las más de las veces para nada mejor que un largo rato de aburrimiento. Allí en el campo era mucho más respetado, me sentía más alto, pero cuando me ofrecieron la oportunidad de venir a la ciudad no lo dudé un instante: ya intuía que me acechaba ese destino.
Compartir responsabilidades con otros compañeros no es tan agradable como suponía. Hay gente con la que jamás hablo, porque desde el principio me miraron de reojo y nunca ha dejado de molestarme que les moleste mi presencia, así que cuando me toca recibir visitas ocupo mi puesto sin saludar siquiera, cierro la puerta y los olvido. Me tienen por un tipo raro y solitario, pero eso no me importa.
Me asusta que sospechen por mi insistencia en cubrir el servicio los jueves por la tarde. Hace meses que no falto a la cita y si me preguntan no encontraré razones suficientes para justificar la transgresión del turno rotatorio, aunque pueda demostrar que a la semana trabajo casi el doble de horas que los demás y que siempre estoy dispuesto para sustituir a un compañero, a cambio de nada. Pero con tanto observador suelto cualquier dia alguien enciende una mecha y me explota en la cara.
Los jueves por la tarde llega ella. El primer día que la vi quedé enredado en su cabellera negra y tupida, luego el azabache de aquellos ojos grandes disparó su saeta y me atravesó el alma. Con la cara iluminada deslumbra la gracia con que la naturaleza ha dibujado las formas de su rostro y mirarla es conocer el amor. En la penumbra resalta la carne de sus labios ligeramente humedecida, adoptando las formas más sutiles cuando susurra, componiendo estrofas envolventes que riman hacia adentro y provocan el ansia de besarla.
Al principio le costaba ser sincera, pero todo lo que me contaba tenía fácil remedio y eso me permitió alcanzar con ella mayor confianza. Superadas algunas dolencias menores pude convencerla de que ella misma se procuraba mal con tanta exigencia, que sería más feliz si dejaba de observarse y de complacerse en el dolor. Semana a semana pude notar en sus visitas el final del invierno, la observaba llegar caminando y escuchaba sus tacones al acercarse sustituyendo aquel ritmo por el de mi corazón martilleado.
Poco a poco me enteré de su vida, de su matrimonio con un tipo que le doblaba la edad y de que se sentía desgraciada. Un día me contó detalles de la repulsión que le producía acostarse con ese hombre y de los malos ratos pasados en un lecho donde sólo era parte mecánica. Afortunadamente su marido espaciaba cada vez más los encuentros y ahora, de cuando en cuando, se sentía feliz. Una vez logré que me dedicara una sonrisa.
Yo dejo que hable, que susurre, y me pierdo en el columpio de sus labios. Esos dientes blanquísimos, sutilmente avanzados, resbalan discretos y enseñan y esconden la suavidad de su lengua mientras me cuenta intimidades que a veces no ocultan la concupiscencia. La primera vez que tuve una erección quise controlarme, pero enseguida me abandoné a lo que para mí ya era un impulso irreprimible. Paso seis días soñando que llegue el jueves por la tarde y anhelo que nadie sospeche.
Los conozco. Sé que con una sola intuición habría llegado el recadito al obispado y no tardando mucho recibiría la orden de traslado. Es cuestión de tiempo que aten cabos, lo más seguro es que acabe exiliado en algún pueblo donde mi penitencia sea no tener cerca nunca más sus labios, condenado a verla solamente en sueños por el secreto, inconfesable pecado de absolver con mano temblorosa su turbadora inocencia. Esa belleza irrechazable achica cada jueves la distancia que me separa del infierno.

A caballo entre dos ciudades distintas, cambiaba hasta de nombre cuando me desplazaba de Burgos a Zaragoza, y viceversa, para estudiar en la Universidad de allí y poner música y copas en los bares de aquí. Dos realidades muy diferentes no exentas ambas de su malicia entonces, cuando mantener la beca y seguir el ritmo de la "movida" eran necesidades parejas, bendita sea la juventud y su inconsciencia.
Allí, en el Interferencias –un bar fugado del atraso musical generalizado que aquejaba en los primeros ochenta a la capital maña (lo más avanzado en los bares de éxito era The River de Bruce Springsteen)– tenían el último single de The Jam, que hacía furor en Inglaterra. Lo encabezaba un tema que cautiva desde el principio con su ritmo sólido, esa gran entrada de bajo a la que se suman el teclado y la persusión estallando en redoble, no podía evitar que la pierna se moviera sola.
"Town Called Malice˝ es una de las canciones que adornan mi vida. El seguimiento de los Jam venía de antes, más por los chascarrillos de sus líos con los Clash, repletos de mal gusto al mejor estilo punk, o por los follones con Sid Vicious de Sex Pistols, a quien Paul Weller –voz cantante y alma mater de The Jam– partió literalmente la cara de un botellazo en una noche de ésas. Cosas del No Future.
Pero The Jam, dentro del punk, era algo aparte: sus ritmos reestudiaban la simpleza de los Pistols y además no comulgaban con la estética salvajemente agresiva del pelo en pincho, sino que preferían las chaquetillas y la finura casi eterna de los "mod". A mí eso me encantaba, había encontrado la evolución natural para mis adorados The Who o los idolatrados The Kinks, aunque mis amigos me decían que esos, y otros tan salvajemente atractivos como desconocidos que se llamaban U.K. Subs, eran un tanto aburridos.
Nada de eso: "Town Called Malice" era el tema definitivo, la culminación del proceso que subía The Jam a la categoría de grupo legendario. Y yo tan contento en la soledad de ese conocimiento, horas y horas en el Interferencias sin acordarme para nada de que aún no había fotocopiado los apuntes, de mermelada en mermelada.
En la otra vida, la de Burgos, The Jam no existía o no se pinchaba nada por los tres bares con música de la época. Así que la noche que Francho puso "Town Called Malice" en su sesión nocturna de la discoteca La Oka –un placer que procuraba no perderme– dí un bote y salí a la pista emocionado, vaciándome en los brincos de una danza solitaria (porque me quedé solo) hasta que el tema terminó.
Aquella fue la primera vez que hablé con Francho, que ya entonces estaba en Radio Castilla, un pozo de sabiduría musical aliado con la inquietud de tiendas como Zeppelin o Discos Clash. Creo que le mareé un poco, porque cada vez que iba le pedía la misma y con esa canción se solía vaciar la pista. Pero él me la ponía cuando ya no había tanto jaleo o cuando había tantísimo que era imposible el vacío. Gracias, Francho, gracias también a Miguel "Ambulancias" (no sé por qué le llamábamos así, pero siempre era en plan cariñoso, le recuerdo como un gran tipo) y a Iván, hoy en Bar Iguana, que también me sufrieron en esos lances.
Por ese tiempo tuve una premonición, porque la canción acabó instalándose en mi cabeza endulzando la idea de intentar sobrevivir en Burgos, una ciudad entonces como ahora cargada de malicia. Cada vez que la escucho encuentro la potencia que autoafirma y que impela a gritar para liberarse de esa niebla maliciosa repartida entre estos muros. Recomiendo ponerla como mandan los cánones, a volumen brutal, y que el cuerpo haga el resto. Es pura medicina.
( http://www.youtube.com/watch?v=r3fDXsPE0Sc )

A tapar la calle,
que no pase nadie,
que pase un poema
con una diadema.
Tener en Burgos mi calle
era todo un detalle,
porque yo era poetisa,
toma esa, Basilisa,
que a los niños encantaba
con rimas que me encontraba.
Me llamaba Gloria Fuertes,
amiga de buenas suertes
y de sonrisas hermosas
que huelen como las rosas.
Como me morí me dieron
una calle que extendieron
desde Francisco Salinas
con sus notas danzarinas
hasta calle de León,
que me asustaba un montón
por eso de los rugidos.
Los niños, entretenidos,
recitan hoy mi canción.
Mi calle ya no es mi calle.
Ya no estoy en ese valle,
porque con gran diligencia
la han llamado Independencia
sin preguntarme siquiera.
Se acabó la primavera
que mi nombre recordaba
y se les cae la baba
por historias de una guerra,
hay que ver, ¡menuda perra!
Que será muy importante
y tendrá que estar delante,
pero yo hablaba de vida
eso sí es buena bebida,
y las guerras son tan feas
(ojalá nunca lo veas)
que en una ciudad bonita
queda peor que mi cita.
A tapar la calle,
que no pase nadie,
que pase un concejal
con cara de animal.
G.F.

Tengo una hermana muy viajera. Se ha recorrido medio mundo con no poco coraje, casi siempre en solitario y permaneciendo mucho tiempo fuera: un año en Irlanda, otro en Inglaterra y seis o siete en Australia son sus mejores marcas en el campeonato de poner tierra de por medio, pero la nómina de lugares y países visitados podrían competir en una gran liga. Ahora se ha ido un mes a Marruecos y cuando regrese ya estará pensando en el próximo avión que tomar con un billete de ida. El tiempo que no viaja lo dedica a la enfermería, por lo general en Cuidados Intensivos, aunque ha vivido la profesión en muchos ámbitos, desde la docencia a las Urgencias o la Cardiología, ejerciendo en español y en inglés, en Burgos, Cambridge o Perth.
Además de ser mi hermana, lo que ya impica una valoración subjetiva y parcial en su favor, encuentro admirable su espíritu vocacional y pienso que –esta vez de forma objetiva– merece más satisfacción desde el punto de vista profesional, lo que no creo que pueda obtener en esta tierra por motivos diversos, uno de ellos ese inconformismo natural que nos hermana más. Otra cualidad que me maravilla es la capacidad de observación sobre recursos terapéuticos y –sobre todo– preventivos para gozar de una buena salud: varias veces al día, aunque esté a miles de kilómetros, se me aparece su imagen con esa recomendación natural para que la cabeza duela menos o para que el sol no te cause averías, sabidurías que ha ido conociendo y comprobando por esos mundos que ha pateado.
Concretamente, hay algo que hago cada mañana desde hace años y que relaciono con la escasa incidencia de catarros, infecciones y debilidades diversas que puedan aquejarme, naturalmente recomendado por ella. Me parece tan bueno que hoy voy a contarlo a los lectores, no sin antes explicar que en la fotografía aparece ella con una niña aborigen australiana, captada hace tres años en una de sus estancias como enfermera de "áreas remotas" en el país oceánico, lo que implicaba ser la máxima autoridad médica en doscientos kilómetros a la redonda en enclaves mineros rodeados del desierto australiano. Varias veces le he dicho que alguna vez ha de escribir un libro con sus experiencias, que yo se lo edito.
Pero voy con esa receta: en una cazuela se calienta la misma cantidad de vinagre de manzana y de miel (Atención: esto es un error, lo correcto es poner el doble de miel que de vinagre. Gracias, Ofe, tú sí que sabes, y disculpas si alguien lo ha probado de la otra manera, jeje). El objeto de calentarlo es permitir que la miel se mezcle mejor con el vinagre de manzana, con templarlo un poco es suficiente. Una vez obtenida una mezcla uniforme se deja enfriar y puede guardarse en un tarro en el frigorífico. Cada mañana, dos o tres cucharadas soperas de ese jarabe disueltas en un gran vaso de agua procuran una saludable manera de empezar la jornada, con efectos muy evidentes a los pocos días en la piel y en el ánimo. Como todo tiene una explicación –si no se la encuentra mi hermana desconfía como yo de los remedios mágicos– ha de apuntarse que el vinagre de manzana tomado en ayunas es un potente antioxidante que deja herrumbrosos los compuestos farmacéuticos dedicados a este fin; por su parte, la miel proporciona al preparado un sabor muy agradable y aporta la mejor de las energías naturales, que el organismo absorbe con avidez y, sin duda, aprovecha.
Esta mañana, al preparar mi gran vaso iniciático del día, he pensado que las distancias no impiden poder sentir que alguien está contigo, casi al lado, diciéndote con muchos argumentos lo buenísimo que es esto que lo hace tanta gente en Australia y bla bla bla. Así que gracias, Ana, por estar tan cerca de los tuyos incluso desde el otro lado del mundo.

Desde que cerraste la ventana ha habido pocas flores en el balcón, se nota que no querías regarlas. Paso casi a diario por allí y veo la persiana echada, sin rastro de vida dentro, como si un agujero negro se hubiera tragado todo el pasado. Y, sin embargo, todos los aromas de aquella exultante primavera vuelven a mi memoria con nitidez prístina, por momentos me transportan sin tocar el suelo hasta el borde de un labio o me sumergen en la profundidad perlada del iris jadeante.
Recuerdo de otros viajes mágicas coincidencias en sueños a distancia, palpables experiencias vestidas con las notas de melodías bellas. De la imposible realidad llegó lo no real a ser posible, cuando galaxias y universos jugaron a ser abarcables: la velocidad de aquella luz en tu sonrisa convertía en relativo el espacio, el tiempo en vertical agrandó la vida entre círculos polares. Nació, tal vez, el miedo a llenar habitaciones con los pesados bártulos del alma, ¿dónde poner aquella culpa, de rincón a rincón desordenada?
He tratado de modificar la órbita para encontrar otros ángulos, tal vez consiga al pasar cerca atisbos sin escarcha en terceras ventanas. Quizá perciba alguna voz... Sigo pensando en lo mismo desde la cara oculta cuando empuño los mandos bloqueados y finjo que conduzco el aparato, tratando de olvidar la inercia que me empuja a volver a cruzar ante el balcón de piedra, un mundo aparte donde hoy sólo florecen los silencios.

La carretera era una línea recta que se perdía en el horizonte, donde suponíamos que estaba la frontera con Portugal. A las tres de la tarde el sol se estrellaba en el asfalto produciendo espejismos que, a falta de tráfico, cautivaban nuestra atención en el primer día de vacaciones. Además de no tener prisa era conveniente correr poco, pues el coche cargaba con todo lo necesario para dos semanas de camping y no era cuestión de forzar la mecánica ni la seguridad.
Ella se puso a buscar otro CD en la guantera, un poco de Radiohead era la apetencia común para el próximo rato, y entonces vislumbé en la lejana nebulosa del fondo un vehículo parado a la izquierda de la carretera. Antes de otras señas, la posición del morro en perpendicular a la vía anunciaba la presencia de la Guardia Civil, sospecha que pasó a ser certeza según nos acercábamos.
La distancia nos dio para recordar que de Burgos al límite oeste de la región era la primera vez que veíamos a los responsables de la seguridad en el tráfico, cosa rara en días de salidas vacacionales. La voz de Tom Yorke entonaba "Creep" cuando quedaban casi quinientos metros hasta llegar al coche blanco y verde y no sé por qué pensé en las películas del oeste americano: el color del paisaje, el calor, la marcha polvorienta y hasta los indios al acecho. Quedaba por ver si la cinta era de John Ford o de Sam Peckinpah.
Todavía estábamos lejos cuando uno de los guardias, visiblemente orondo, se plantó justo en medio de la carretera y levantó la mano derecha. Reduje la velocidad para llegar hasta su altura con toda parsimonia, el instinto me dice en estos casos que es mejor no correr y que se note, pero estaba seguro de no haber cometido infracción alguna. Ella bajó la música antes de que se lo pidiera, en el aspecto del agente no había pistas que permitieran suponer otros gustos que el pasodoble o la rumba, y en ocasiones cualquier detalle cuenta.
Cuando nos detuvimos en el ensanche del cruce el guardia que nos había indicado parar se acercó pesadamente, haciendo oscilar la barriga que usaba de ariete para romper la tensión del aire. El otro guardia permanecía dentro del vehículo, orientado en sintonía con el cartel anunciador de Sejas de Aliste si se torcía a la derecha. La ventanilla se deslizó hacia abajo antes de que los nudillos del uniformado golpearan en ella. Yo dije buenas tardes pero él no dijo nada.
Me sorprendió que de repente introdujera su cabeza en el coche, de manera que pude percibir el olor de su aliento mezclado con el del abundante sudor que lo bañaba. Tras unos segundos dijo:
–Enséñeme el cenicero.
Yo estaba preparado para abrir la guantera en busca de los papeles y lo del cenicero me desconcertó, no supe encontrarlo a la primera. Ella fue más rápida, abrió la tapa y dejó al descubierto los caramelos que contenía. El guardia pareció decepcionarse.
–¿No fuman ustedes?
–No, señor.
Ya no percibía su sudor cuando escuché que podíamos seguir. El guardia se había retirado unos metros y la ventanilla se izaba al tiempo que ponía el coche en marcha. Seguía sin aparecer un solo vehículo en aquella recta interminable, que todavía llegaba a otro horizonte, cuando nos incorporamos de nuevo al asfalto. Observé por el retrovisor cómo el agente volvía a meterse en el coche para esperar al próximo viajero disfrutando del aire acondicionado. Supuse que la próxima vez le tocaría salir al otro.
No hicimos caso del disco de Radiohead. Hasta mucho más allá de la frontera hablamos del suceso, deduciendo que aquella pareja de las fuerzas del orden sólo buscaba un poco de chocolate que fumar. De otro modo, hubieran comprobado nuestra identidad, o la legalidad del vehículo, o el tremendo equipaje que portábamos. Podríamos haber sido terroristas o atracadores y a ellos les había dado igual, en aquel desierto que, como los indios el suyo, conocían hasta el aburrimiento.

Una docena de razones objetivas y subjetivas por las que el asunto de la noche blanca de Burgos me parece lamentable:
1– Porque no es una idea original sino copiada, demostrando que en esta ciudad no hay mucha imaginación o no se busca.
2– Porque se hace sólo de cara a la galería y el paisanaje, sin ninguna repercusión exterior, y eso no vale un pimiento para el 2016.
3– Porque coincide con la inauguración del Festival Internacional de las Artes en Salamanca, que tiene repercusión mundial y en el que la Junta de Castilla y León gasta millones de euros que también son nuestros ( http://www.festivalcyl.com ).
4– Porque si de verdad fuera una iniciativa para todos los ciudadanos no se habría vetado a La Palabra como medio de comunicación en la difusión de la actividad.
5– Porque si buscas "la noche blanca" en internet sale primero la de Málaga y su progamación le da mil vueltas a la nuestra, así como su página web.
6– Porque el Ayuntamiento de Burgos sigue sin retirar el apoyo a la ciudad de Málaga para que sea capital europea de la Cultura, lo que sin duda hará mucha gracia al jurado calificador.
7– Porque para realizar esta actividad se han cargado otras como el mercado medieval y ha perdido protagonismo ciudadano la romería y jira campestre de la Virgen Blanca.
8– Porque el enorme presupuesto no justifica el escaso atractivo de la programacion, demostrando que en el IMC se gestionan pésimamente los recursos y dando la razón a lo que afirman en privado los técnicos honrados de ese organismo.
9– Porque las adjudicaciones realizadas han sido parciales como de costumbre, favoreciendo a los amiguetes de siempre para que saquen tajada.
10– Porque en la organización y coordinación del evento se ha despreciado la participación ciudadana, esa cosa que para el PP sólo consiste en votarles.
11– Porque el nombre de la actividad me suena a racista y discriminatorio, teniendo en cuenta a quienes vibran con ella debiera llamarse mejor "la noche lila".
12– Porque yo soy más bien rojiblanco y no me cae nada bien Florentino Pérez, y no sólo por el fútbol.
Por eso y muchas cosas más, esta noche me iré pronto a la cama, a llorar por la Cultura pisoteada entre los Homo Antecessor.

Hoy han apresado al que parece ser uno de los autores materiales del asesinato de Víctor Jara, que fue brutalmente torturado y muerto pocos días después del golpe militar encabezado por Augusto Pinochet en 1973, cuando se acabó con la legitimidad democrática en Chile gracias al apoyo ya desclasificado (aunque no hacía falta, por evidente) de los Estados Unidos.
Victor Jara era un hombre del pueblo, incansable trabajador cultural con pasión y dedicación desmedidas por y al teatro, que un buen día decidió poner música a sus poemas, atrapar sones de aquí y de allá y brindar las canciones resultantes a la colectividad. Comunista convencido y militante, tuvo la mala suerte de ser capturado en la Universidad chilena y conducido al horror de un estadio donde encerraron como alimañas a más de 5.000 personas.
En los primeros días de aquel golpe militar indecente (hay pocos decentes, pero la Revolución de los Claveles portuguesa fue poco después y ni comparación, ahí no parecía estar la CIA de por medio) la confusión y el pánico albergaron todo tipo de desmanes cometidos por los colectivos armados encargados de "poner orden". En aquel estadio, que hoy se llama como el cantautor, Víctor Jara fue uno más de los centenares de detenidos que fueron torturados.
Dicen que por ser conocido se cebaron más con él, que le arrancaron la lengua en plan simbólico, para que se le fueran "las ganas de cantar subversiones", y que le destrozaron las manos a culatazos hasta dejarlas como inservibles muñones "para callar también a la guitarra". Después le atravesaron con 44 balas, una por cada año que había cumplido y cuatro tiros de gracia.
Treinta y seis años después uno de sus asesinos puede pagar por su crimen, pero ya da lo mismo, ninguna justicia puede devolver al hombre, como no se puede regresar a Lorca o a Antonio José, que nos pilla tan cerca. Satisface mucho más saber que aquella muerte horrible permitió que la voz de Víctor Jara poblara el mundo y que llegara, como a mí me llegó en la adolescencia, directa a conquistar millones de conciencias.
"Te recuerdo Amanda" es su mejor canción, entre otras cosas porque es menos explícita desde el punto de vista político y se ceba más con el sentimiento individual en un par de fotos fijas. Pero en la formación de un espíritu de igualdad, dignidad y hermanamiento entre los seres humanos han sido muy importantes otras muchas, símbolo incluso de toda una generación.
Entre esas canciones figura, sin duda, "Manifiesto", que es a la vez premonitoria y esperanzadora. Se comprueba que Víctor Jara no cantaba por cantar, el peligro estaba ahí y por haberlo denunciado lo mataron. La enseñanza que nos deja es que no sólo es una obligación avisar de los peligros, sino que entre todos hemos de acabar con ellos, para que nuestro futuro como seres libres con derechos inalienables no se vea tan amenazado. Y cuidado, si no tomamos buena nota de las enseñanzas de la Historia, estamos abocados a contemplar cómo se repite: las casitas del barrio alto siguen insultando al pueblo con sus rejas y su antejardín, no lo olvidemos.
( http://www.youtube.com/watch?v=en8yqVxuT-U )


Mi historia de amor con Chrissie Hynde comenzó en 1980. Había escuchado su voz en un programa de Radio Zaragoza que era una delicatessen para nuestro inquieto paladar devorador de música británica: Rock alrededor del reloj se llamaba el espacio. Allí supe que esta chica cantaba en un grupo llamado The Pretenders y que era capaz de poner mucha carne al "Stop Your Sobbing" de mis idolatrados The Kinks. Me gustaba mucho, esa manera de cantar me subyugaba. Hoy he vuelto a escuchar su voz en la radio al pasar, cantaba un tema para mí desconocido, y me ha parecido tan fresca y atractiva como la primera vez.
El amor visual llegó una mañana de aquel año, en un bar. Era la primera vez que veía un videoclip en la tele y tenía una resaca del quince, la chica que había trasnochado conmigo acabó mosqueada (perdona, María) porque la ignoré hasta el olvido mientas en la pantalla aparecía el vídeo que dejo enlazado abajo. Quedé prendado de la protagonista del clip, y de la gracia con que movía el personaje de la camarera, en la visualización de un tema absolutamente hermoso como "Brass in Pocket". Insisto en que era el primer videoclip que veían mis ojos.
Recuerdo que después de Pretenders pusieron –creo que el programa lo hacía Carlos Tena– "Atomic" de Blondie y entonces la chica que me acompañaba ya no pudo más y se marchó. Definitivamente. Pero yo tenía muchas ganas de volver a ver a Chrissie, que no era precisamente una sex symbol pero en su rostro desplegaba el eterno femenino inexplicable que me atrapaba sin remedio. A su lado Blondie era un producto de lata, de consumo mucho más fácil, con menos riesgos.
El primer LP de Pretenders me llegó vía importación, como tantos de entonces, a precio de fichaje de la Premier League. Adoraba la chupa roja de la Hynde y su pose desafiante, pero eso fue lo menos cuando me enganché a sus canciones. La obsesión por aquella mujer iba in crescendo.
Conseguí el segundo álbum y me enteré de la muerte de su pareja, el bajista del grupo, sucedida en 1983 menos de un año después que la del guitarrista. La guadaña del rock había cercenado la mitad del grupo, pero Chrissie consiguió hacer de la marca The Pretenders un éxito de masas. Entonces me dediqué a observarla a ella más que a sus canciones. Cuando por fin la vi en directo comprobé que los que la amábamos éramos legión. No recuerdo si lloré.
Chrissie Hynde es para mí prototipo de mujer valiente, inteligente, artista, autosuficiente y segura, una imagen que se ha labrado andando por el filo que separa el cielo del infierno en el rock and roll. Luchó por tener una banda propia después de haber sido rechazada en varios grupos y acabó dando trabajo a quienes la habían despreciado. Viajó por los suburbios que pateaban los Sex Pistols (romance con Syd Vicious incluido), trabajó de dependienta para Malcolm McLaren y se enrolló con Ray Davis, su ídolo en la adolescencia, antes de casarse com Jim Kerr, el vocalista de Simple Minds. Para la posteridad concibió y parió una hija de cada uno. Good save the Rock.
A estas alturas la veo ya más como empresaria, caminando hacia los sesenta y conservando mucho de su atractivo físico (que se lo pregunten a Debbie Harry), haciendo industria con la maquinaria de The Pretenders y deslenguándose cada vez que le apetece defender alguna de las causas en que anda comprometida, que son unas cuantas. Vegetariana por convicción, ése es uno de los aspectos que pueden hacer difícil que ella me aprecie. Aunque, si es por su amor, comeré sólo espinacas mientras me canta al oído dulcemente.
( http://www.dailymotion.com/relevance/search/%22Brass+in+Pocket%22/video/x1l2ip_pretenders-brass-in-pocket_music )

Me ha conmovido siempre Antonio Vega: sus letras, su música y su persona han acompañado mucho de mi existir por esos mundos, desde la chica de ayer que tanto amé a las décimas de segundo que dura la juventud y el placer entre los dientes. Casi era un milagro de la supervivencia, tantos años arrastrando su debilidad, digno en el alma y abandonado en el cuerpo.
Hoy todo el mundo le brindará su homenaje. No dejo de recordar a esas personas que vivieron conmigo intensos momentos con canciones de Antonio Vega, siempre con la etiqueta de las emociones saboreadas hasta lo más profundo. Tampoco se me olvida la vez que estreché su mano en la sala Galileo de Madrid, aquella mano que se dejaba estrechar.
Para ti, que sientes como yo cuando algo bello se pierde, que guardas silencio pero sueñas con las mismas palabras que soñaba él, que sueño yo; para ti, por si te sirve de algo, he rescatado un poema que escribí no hace mucho y que podría haberse extinguido como tantas memorias. Un desgarro que quiere ser tímido (no se entendería de otra forma) homenaje a Antonio Vega.
Hoy podréis encontrame en ese sitio, el de mi recreo.
DESGARRO
Qué silencio enredado de repente
entre las dos esquinas en trance de oponerse.
El sol se va, sin duda se ha cansado
de no ver tras las nubes más sendas del paisaje,
se arrugaron las alas detrás de tantos días
con sus tardes marcadas de invisibles ocasos.
Será, ¿ves?, por la noche. Cuando suceda el grito
a la anchura perfecta de la calma
y entre al desgarro el verbo
habrá acabado todo. Sin lamentos, ni una
lágrima
tendrá tiempo, al brotar, de entrar en casa.
Después... Ya, ¿qué más da
si es viento o si se calma el ruido
que azote las esquinas
dobladas por fantasmas?
Vagones con su carga
hacia la nada,
nuevamente
silencio.
Pausa.
Por tus calles me voy y es la locura
tu piedra acariciar en el paseo,
pero en la plaza doy: en ella veo
cicatrices y marcas de atadura.
Un silencio preñado de amargura
reina entre tan incierto devaneo,
tras habitar los cuartos de Morfeo
hoy la ciudad su decepción apura.
Quiso una vez pasar la primavera
por el cauce sonante de la brisa:
muy pronto le robaron la cartera,
se marchitó el paisaje a toda prisa
y quedó sólo piedra, verdadera,
replicando los ecos de tu risa.
Quiero dedicar la entrada de hoy a Raúl Urbina, por varias razones: felicitarle por su onomástica y por el placer que nos brinda en la lectura de su blog, que tanto admiro; comunicarle mi pesar por no poder acudir a su charla de hoy en en centro de Caja de Burgos en la avenida de Cantabria (20:15 horas, recomendable para quienes no vayan a la concentración y quieran comprobar que la filosofía puede ser apasionante); y porque he de reconocer que en la inspiración del soneto tiene cierta responsabilidad. Va por ti, Raúl, que cumplas muchos más haciéndonos disfrutar con lo que cuentas.
( http://www.urbinavolant.com/verbavolant )

Cuando todo parecía perdido llegó su primo Juan con dinero fresco, billetes buenos para que los chavales comieran comida del mercado. Se acabó rebuscar en la basura, así no se puede aguantar sin recurrir cada noche al vino barato, para que al sopor no le importe el frío que no tapan los cartones. Eso mata mucho.
Abelardo pensaba en ello cada vez que tenía que salir con Juan. Él sólo llamaba y decía que esa noche había "excursión" y que a tal hora donde siempre. Al principio le daba como repelús escuchar su voz al otro lado del teléfono y cuando se acercaba la hora decenas de hormigas le recorrían por dentro, todo era un picor. Pero se fue acostumbrando a no mezclar el trabajo con el resto de las cosas del día, al fin y al cabo se trataba de sobrevivir. Qué culpa tenía de los problemas de los demás, si no lo hiciera él alguien lo haría y el resultado seguiría siendo el mismo.
Llevaba más de un cuarto de hora en cuclillas, junto a la furgoneta negra, aprovechando el ángulo que los fluorescentes del garaje no llegaban a iluminar. No veía a Juan: seguro que estaba debajo de algún coche, cercano a la plaza 25. Se sentó en el suelo y estiró las piernas para que no se durmieran, llegado el momento necesitaba toda su agilidad, por si las moscas. Entonces se oyó el portón.
El coche era blanco, sin duda. Bajó la rampa y la luz de los faros casi le deja al descubierto, pero rodó por debajo de la furgoneta con un gesto automático. Cuando las luces giraron pudo observar que el recién llegado maniobraba para situarse en la plaza 25. Cojonudo, viene solo, va a ser muy fácil.
Cuando el tipo salió le vio la cara. Notó su expresión de pánico retratada en un rostro afeminado, al que sólo las gafas restaban aspecto infantil. Disfrutó del asombro que le producía su atuendo negro, el pasamontañas y la barra en la mano derecha. Abelardo sonrió, le había hecho gracia el susto del sujeto. Su sonrisa sería la última visión para él, porque Juan ya le había cegado dando la vuelta a su propio jersey y le empujaba contra la columna.
El golpe de la cabeza sonó como una campanada, así que Abelardo sólo le dio una vez con la barra en el rostro, donde suponía que andaba la nariz. El gemido profundo del pringado confirmaba que seguía vivo, de modo que fue empleándose sin demasiada prisa estrellando la barra en los muslos, las rodillas, las costillas y el codo, disfrutando con el crujir de los huesos que sonaban como las patatas fritas. El último golpe completaba dos docenas y se lo aplicó en los testículos. Era un deseo expreso del cliente.
Juan había terminado de registrar el coche y sacarle la pasta al desdichado, que movía los dedos como si fuesen una escoba despeinada. También le quitó el reloj. Excepto del dinero, se desharían de todo lo demás, debía dar la sensación de que era un robo para que la poli no hilara con sencillez el ajuste de cuentas, pero conservar cualquier objeto por valioso que fuese podría buscarles la ruina.
Caminaron juntos un buen rato, hasta donde habían dejado el coche. Juan condujo en silencio y, casi al llegar, sacó un sobre marrón de la guantera. Abelardo lo cogió y lo guardó rápido en el bolsillo de la camisa.
–Mil y mil, compadre. Vidilla para un mes. Y los doscientos que llevaba el mierda ese nos los gastamos en cerveza mañana, que es sábado.
Abelardo bajó del coche silbando. En la casa se oía a Manuela riñendo a los niños.

Severino Ubierna suele jactarse de que nunca ha sido multado. En cuarenta años que lleva al volante jamás ha tenido que coger del parabrisas de su coche un papelito de denuncia, y las tres o cuatro veces que le ha parado la Guardia Civil en un control de carretera ha superado el trámite sin incidentes.
Severino juega al "subastao" y cuando gana se toma una copita más de anís, así que ese día no conduce. Con la segunda ingesta se le suelta más la lengua y no le importa confesar el miedo que tiene cuando se sienta a manejar, como dice el camarero, porque cada vez que acciona la llave le sube como un gusano por el intestino hasta el estómago.
Su estrategia es ir despacio, muy despacio. Siempre le ha ido bien desde que el profesor de la autoescuela, a la quinta o la sexta, le recomendara hacerlo para gastar más tiempo andando menos y aburrir al que examinaba. Como le dio resultado, aplica todos los días el mismo ritual y en los semáforos reza un avemaría antes de poner la primera marcha. Ya se ha acostumbrado a los pitos, voces y adelantamientos airados, sólo piensa en que así no le da tanto miedo.
Su primer coche fue un Renault 5 que le compró a un tío suyo y al que nunca encontró el punto, pues según Severino tenía el gatillo fino y sólo con acercar el pie daba unos acelerones que le tenían todo el día en un señor mío jesucristo. Además, le daba la sensación de que era muy pequeño y que cualquier otro vehículo que pudiera impactar con él podría chafarlo con Severino dentro.
Así que cuando pudo, en los años ochenta, se compró un Mercedes que guardaba en el garaje y al que sacaba brillo cada sábado para salir de paseo el domingo. Sabía que podía correr mucho, pero una vez que lo puso a 120 en la autopista casi le da un vahído por la sensación, así que se acostumbró a la trayectoria del pedal para poder ir mucho más despacio, aunque acabó gripándolo por no hacer caso al del taller y darle al tigre de su motor la carne de las revoluciones.
Con el Mercedes descubrió además que aparcar era mucho más difícil, siempre acababa magullando sus defensas y las del contrario. Así que se enteró de lo fácil que era colocar una bola en la trasera como si llevara remolque, siendo éste elíptico por inexistente. Gracias a la bola sus defensas traseras siempre estaban intactas, aunque la medida fuera muy perjudicial para los otros coches en que solía apoyar la bolita para aparcar "de oído".
Cuando el Mercedes hubo de darlo por muerto, hace algunos años, Severino dudaba sobre el coche que iba a comprar. Pensó que con su escasa confianza como conductor corría mucho peligro de chocar con otro vehículo, por negligencia suya o por casualidad, que el diablo siempre acecha. Se fijó en la publicidad y en el vecino del tercero, que se había comprado un 4x4 para ir por el monte.
Severino compró un Nissan Patrol que parece un tanque, y además le instaló la bola. Verle salir del garaje es como asistir al despliegue de la Acorazada Brunete, o casi, con Severino al frente del carro blindado dispuesto a matar antes que a morir. Pero, eso sí, muy despacito. No sea que le vayan a multar y no pueda presumir de ello en la partida, o que le vuelva a dar el vahído. Y que piten, si quieren.

Y entonces te da una fiebre que golpea justo donde duelen los recuerdos, en el centro mismo del cogote, y no da igual que pase lo que pasa pero todo sucede como en una película de las del cine mudo, donde cada cual se imagina lo que diría la niña que protege Charlot porque los letreros que interrumpen las escenas son crípticos y escasos y están mal traducidos. Te duele más y más la cabeza si escuchas la radio y descubres que Astérix recela de Obama pero lo único que te importa es sudar para que se vaya el calor y el temblor del cuerpo, todavía peor si sale algún juez o el fiscal de turno pretende remedar a Cicerón siendo el mismísimo Catilina y ni los analgésicos calman el dolor de seis ciudadanos envilecidos por obra y gracia de una prepotencia ilegal. Si por ventura el sueño te conquista, la película se vuelve ruidosa y de colores, como las que te gustaban de tramas enredadas con maletines llenos de dinero que compran concejales y policías; te parece escuchar a Morricone pero es un turco hablando en inglés de treinta cadáveres trillados cuando llega el muñeco diabólico a sonreír con las fauces sangrientas, que parece la primera de Tiburón cuando sale monstruoso de repente, y despiertas enarbolando el cuchillo de morir matando que se vuelve mantequilla en el charco de tus manos. Si no fuera por el infierno en la garganta un grito afilado y consistente explicaría al mundo que todavía sigues vivo, sepultado a distancia de la superficie y concentrado en respirar el aire que no estorba: primaveras con Pedro y José Antonio, café con Raúl, mariposas con Mayte, arpegios con Fernando, lunas con María y Susana y hologramas de tiempo en pantallas anfibias, ucranianas o macacas, en el barrio que mana o en la república independiente de aquí al lado. Pero no sale voz, no te extrañe que el límite ya estuviera cerca.
Así que te alegras de agarrar el pulso y dirigirlo hacia el Sur, para que pueda latir acompasado al ritmo de las olas besando la arena de Alborán. Continente y contenido se van al astillero donde calafatear tanto agujero de esta mar, con escollos para barcos pequeños pero honrados. Allí la fiebre será sólo un rumor que alguien oyó de algo en un lugar ignoto, respirar tendrá por fin anchura por donde manen palabras, que estallen en acentos, de fresca clorofila y aroma de romero con puntas de azahares.
Disculpas pediré por el receso, el lapsus, el paréntesis... Sólo son unos días para olvidar lo necesario y regresar con todos los recuerdos ordenados, listos para una nueva hazaña. Una pequeña fiebre no va a poder más que unos cuantos demonios organizados.

Estabas sentada en la barandilla de piedra, justo enfrente de La Tarjeta Roja y con la catedral a tu espalda. La fotografía del momento está en la primera página de mi álbum neuronal, la pierna derecha tocando casi el suelo y la izquierda recogida, para que tus brazos pudieran abrazarla y la barbilla apoyarse sobre la rótula. Los caracoles del pelo dejaban ver el rostro de una adolescente en estado de gracia para despertar el amor, allí sola, como esperando un tren que se retrasa en Baton Rouge.
Nos dimos dos besos cuando nos presentaron y me entretuvo un olor a hierba fresca entre las cosquillas que hacía tu pelo, el tiempo justo para convertirme en Hamlet. Supe desde el primer instante que estaba destinado a amarte, o por lo menos a intentarlo, y me lo confirmaron tus ojos pequeños y elocuentes como un ámbar oscuro que encierra sorpresas sólo para mirar. Después fue tu sonrisa, que todavía sigo encontrando nueva cada día, la voz que mece y encuna y, por fin, el tacto de tus manos.
Oh, vaya, te muerdes las uñas, y encogías los dedos hasta el rubor del rostro. Mientras los demás decidían si la botella comunitaria iba a ser de moscatel o de rancio anuncié que iba a poner una canción en la gramola de La Tarjeta y quisiste acompañarme. Llegamos frente al cristal que protegía el mecanismo y puse los dos duros en la máquina: una canción; tres daban por cinco duros, pero acabábamos de escotar para el fondo y todavía tenía que comprar tabaco. Ésta, dijiste, y volví a mirar la uña más ancha que larga de tu índice. Lo retiraste muy rápido.
Esto es el destino, te dije, es la que iba a poner porque es mi canción favorita. Y seleccioné C33, intérprete Janis Joplin, canción "Me and Bobby McGee". Antes de que comenzara a sonar llegó mi alarde de entendido y te comenté que la canción no era de Janis, sino de Kris Kristofferson, y luego nos pusimos a charlar sobre Pearl y Cheap Thrills. Para entonces ya estabas dentro de mi corazón. Me quedé sin tabaco, porque acabé poniendo "Down on me".
Nuestra historia ha tenido una banda sonora muy nutrida, pero aquella coincidencia ante la máquina de La Tarjeta Roja es siempre un punto de retorno mental a la esencia de haber sido, de seguir siendo, personas. El amor comenzó en verso, con tus versos que provocaban los míos, entregados al éxtasis romántico enredado en tu pelo:
"Mártir de nudos
en tempestad constante,
negación imprecisa de lo recto.
La selva enfurecida
que engulle esta pasión
me inspira miedo y vuelo
en eterno disfraz
de excitación profunda".
Siguieron los días de humo y de estrellas y los versos se alargaron hasta ser prosa, las palabras hicieron de la vida a veces un cuento, otras una novela y las más un ensayo; teatro ha habido poco porque no cabría en escena más acción ni hacía falta público. Ni falta que hacía.
Eres la mejor obra que he leído y la que nunca podré dejar de releer. Hoy, que es tu cumpleaños, quiero dejar otro beso, como un verso, entre tus páginas. Felicidades.
( http://www.youtube.com/watch?v=AEBTamMrYbw&feature=related )

Cuando suena el teléfono la luz de la tarde se arroja sobre el escritorio, fabricando haces que eluden los objetos situados entre el ventanal y la mesa noble, de nogal oscuro. La mujer, cuyo rostro disimula bien lo poco que le falta para cumplir los cuarenta, deja de pulsar el ratón y descuelga el auricular. Al acercarlo a la oreja lo nota caliente, efecto del rayo de sol polvoriento que alcanza a dar justo en esa esquina de la mesa donde se sitúa el aparato.
Reconoce la voz enseguida, nota la molestia en el bajo vientre y sabe que otra vez su ánimo golpea en lo físico, como cuando se la jugaba saltando en la vía del tren. Esas pastillas animan pero de vez en cuando el interior se cae como atraído por la gravedad de Júpiter.
–Estoy muy ocupada, Antonio.
Nota a su interlocutor apresurado, nervioso como un niño argumentando una mentira. Le deja hablar un rato para que se vacíe mientras relee las últimas líneas de la pantalla. Casi un minuto después se decide a hablar.
–Joder, Antonio, es que hacéis todo mal. Esas cartas debían haberse certificado para tener constancia de la fecha, porque, si no, ¿quién me demuestra que no las escribiste ayer mismo?
Vuelve a escuchar y resopla mientras en el auricular se atropella la verborrea. De pronto da un respingo y endereza la columna contra el sillón, a la vez que lo gira hasta dar la espalda al teclado. Sus ojos miran ahora por el ventanal sin fijarse en nada.
–Oye, Antonio, que esto es un pueblo. Y que aunque tu proveedor, ése al que no le quieres pagar los seis mil euros, sea de fuera, puede mirar que tu segundo apellido y el mío son los mismos. No me jodas, es difícil de agarrar...
Se toma sólo un segundo y, antes de esperar réplica, continúa.
–Así, visto en frío, está la cosa bastante clara: vosotros habéis aprovechado algo que no habéis pagado y no demostráis que no lo hubierais pedido; y si fuera la primera vez..., pero nos conocemos, Antonio. Aunque no nos llevemos, nos conocemos.
Entonces se calla. Durante varios minutos sólo emite sonidos inconexos y palabras cortas o acortadas.
–Pe..., ...bueno..., ...pero e..., ...mpfff..., ...joder, Antonio.
Haciendo un esfuerzo por mantenerse tranquila trata de no subir la voz y hablar despacio, ahora sí concentrada por completo en la conversación. Quiere pensar muy bien lo que dice.
–Me parece muy guarro por tu parte, no tienes ninguna prueba de eso. Que me digas que te lo ha contado el propio Centeno no me lo creo, porque no echaría piedras en su tejado. Y yo soy la juez, óyeme bien, no me gusta nada eso de jueza. Y como juez te digo que por ahí no me vayas porque arrieros somos...
Deja pasar unos segundos para crear el efecto necesario, está cansada de la conversación y el abdomen le duele con mayor intensidad.
–Mira Antonio, te pido por favor que no me busques más. Con lo de Centeno tengo la conciencia muy tranquila pero tú sabes que puede liarse todo y si a algún "periolisto" le da por meter las narices me buscan un problema. A él también, por eso no me cuadra que te lo contara. No me busques, Antonio, no me busques.
Espera la pregunta, la terrible pregunta que revienta como una mina en la cabeza. Antes de que llegue, ha encogido el estómago para prepararlo. Después de oírla, respira tres veces despacio y sentencia con rapidez.
–Veré lo que puedo hacer. Adiós, Antonio.
Al dejar el teléfono su rostro se interpone en el rayo de luz y se deslumbra. Le llora el ojo izquierdo y tiene ganas de estornudar, pero no acierta a hacerlo. Se acerca al teclado haciendo rodar la silla, mientras con la mano izquierda lleva un pañuelo de papel a la nariz y con la derecha consigue que el puntero se dirija a una carpeta del escritorio, abra su contenido y ejecute el archivo. Para cuando llega a las líneas que le interesan ya ha arrojado el moquero a la papelera, luego abre con destreza varios documentos, copia y pega algunas frases y cambia el verbo ESTIMAR por NO ESTIMAR en la sentencia.
Mientras suena la impresora mira la tarde en el jardín y a los niños que juegan a ser de la Arandina. Cuando el ruido de la máquina cesa va a por los folios y los coloca en una carpeta verde, en cuyo frente se ve el dibujo de una mujer vestida de romana, cegada por un pañuelo y sujetando una balanza.

Tal día como hoy, hace tres años, se distribuía en la capital burgalesa el número 2 de La Palabra de Burgos. A decir verdad, desde el puesto de director de aquel nuevo medio, sentía entonces que el periódico era la respuesta a un estado de necesidad informativa en la sociedad burgalesa, la cual recibía la información decantada en un único punto de vista por los tres medios impresos existentes y que, además, era una información absolutamente partidaria con el poder establecido.
Como esperábamos, ese intento de pluralizar los puntos de vista no fue bien recibido por los poderes dominantes, sobre todo por el poder político, que desde el primer momento vio en La Palabra una amenaza contra sus intereses de comunicación unívoca y autocomplaciente. En estos tres años, ese poder ha seguido intentando asfixiar este proyecto, estrangulando la lógica aspiración de cualquier medio de difusión masiva a contar con las inserciones oficiales, inserciones que tan alegremente lucen los medios "de la cuerda". Por si fuera poco, han procurado nuestro mal con múltiples zancadillas, a veces burdas y otras muy sutiles.
Cumplidos 1.100 días de esfuerzo continuado sólo podemos mostrar con orgullo las heridas de la batalla, algunas puñaladas traicioneras y secuelas de la ponzoña con que nos obsequia quien se declara nuestro enemigo. Eso, lejos de matarnos, aporta muchas razones para seguir combatiendo, porque arroja toneladas de argumentos para continuar buscando lo que es justo y hace olvidar el dolor de los golpes. Hay, sin embargo, cosas peores.
A estas alturas, tengo la sensación de que si este proyecto hubiera nacido en otra ciudad de similar población a la nuestra, su suerte sería distinta. Comprobar que después de estos tres años la gente de la calle apoya nuestra labor y nos anima no es suficiente alimento para sobrevivir si detrás no existe el imperio de las tragaperras o de las grúas. Mucho menos para crecer y cumplir con el sueño periodístico de poder dar un buen servicio a la ciudadanía, sin tanta cortapisa, sin tanta urgencia por ser audaces en la precariedad.
Resulta que no, que La Palabra es de Burgos. Y resulta que si en esta ciudad se te ocurre airear las vergüenzas del poder se las apañan para que los anunciantes te den la espalda por miedo a las represalias, por presiones directas y amenazas veladas o por afinidad ideológica inquebrantable, lo que a la postre acaba siendo lo mismo. ¿Será posible que en esta ciudad todo el comercio sea de derechas? ¿Todas las constructoras e inmobiliarias, incluida Habitarte Caja de Burgos? ¿Todos los concesionarios (en especial los franceses,Renault, Citroen y Peugeot, –qué cosas tiene Sarkozy–)? ¿La Caja del Círculo? ¿Urende? ¿Hipercor? ¿Brico-Leal? ¿Muebles Evelio? ¿Carrefour? Desde las guarderías a los salones de belleza, de los coches usados a las tiendas de electrónica, prácticamente todos los anunciantes de la ciudad prefieren el color al precio del impacto.
Entre las cosas que más me cabrean está contemplar diariamente carísimas inserciones publicitarias en medios impresos de pago, inserciones que se suponen "de interés general" y que precisan de máxima difusión, como lo son las promociones de la Junta de Castilla y León o las actividades de la "obra social" de las cajas de ahorro. Puedo asegurar que con la publicidad que insertan en un mes en Diario de Burgos la Junta y las cajas se puede pagar la impresión de La Palabra durante un año, a ritmo semanal, garantizando de forma incontestable que tendrá mayor impacto publicitario.
La crisis nos sorprendió en un difícil momento y su persistencia no augura un buen futuro. A fecha de hoy, tres años después, he de reconocer que aquella ilusión por crear el medio necesario, el canal informativo, tiene un sabor agridulce. La parte dulce pertenece sólo a la historia de la ciudad, donde hemos marcado huella. La parte agria está en el día a día de una sociedad marchita, envejecida física y mentalmente y prisionera de un poder que maniata e hipoteca. Si alguien tiene ideas para que un medio de comunicación, que todavía encuentro muy necesario para hacer un mejor futuro en esta ciudad, pueda sobrevivir, acepto sugerencias.

Hay gente que dedica la vida a saber mucho de una cosa, lo que sin duda convierte en apasionante la existencia; otras personas optan por saber un poco de todo y mucho de nada, estableciendo esa medianía etiquetada de cultura general entre la que me gustaría verme incluido, por picar alto. Los más, sin embargo, optan por la ignorancia, que aunque no ha demostrado su absoluta improductividad –hay montones de ignorantes con éxito– tiene la perniciosa facultad de esclavizar al ser humano.
Estas reflexiones fueron ayer materia de una conversación con mi hija, en el día que los centros comerciales dan en llamar "del padre". Seguramente no era la mejor fecha ni el momento propicio, pero entre todos mis pequeños saberes a veces no encuentro la suficiente habilidad para ejercer de padre de manera que el ejercicio contente, en tiempo y forma, a la vez a mi hija y a mí.
Qué caramba, uno imaginaba que la experiencia del "conflicto generacional" del que tanto se hablaba en los años setenta facilitaría el entendimiento paternofilial a estas alturas. Pero nones. No queda más que asumir que el mundo será más suyo que nuestro andando nada y tragar con lo que a sus ojos nos convierte en viejos.
Sin embargo, hay un aspecto de la paternidad que me trae de cabeza: no me conformo con el escaso interés de mi hija (que supongo muy generalizado a los 13 años entre el colectivo de afectados por esa edad) por adquirir conocimientos a mi entender básicos para disfrutar de la vida. Lejos de despertar su curiosidad, las materias que estudia en 2º de la ESO parecen ser molestas cargas que transportar hasta lograr el cinco raspado que permita olvidarlas.
Repasando las asignaturas que estudia uno advierte que el aporte de conocimientos en los libros de texto ha caído con respecto a otros tiempos. Se exige menos materia y los contenidos parecen avanzar muy poco de curso a curso, aunque los esquemas de calificación y medida de aprovechamientos siguen anclados en el pasado. No se ha conseguido, este sistema educativo no lo permite, provocar el estímulo de la curiosidad por el saber en los educandos, la fascinación por conocer cosas que no se sabían.
La necesidad de autoafirmación de los adolescentes es una guerra en la que tienen mucho que ver los instintos. Quizá a nosotros, los que estudiábamos en los años setenta, nos bastaba para resolver el mito de "matar al padre" con ser conscientes de lo mucho que ignoraban nuestros ancestros, a quienes pronto superábamos en conocimientos. Hoy es más difícil saltar esas barreras formativas a tan temprana edad y los adolescentes buscan otras fórmulas para el mismo objetivo, interesándose apasionadamente por aquello en lo que nosotros nunca seremos capaces de competir.
Ni que decir tiene que me entristece: no soy capaz de dar a mi hija argumentos suficientes para que comprenda por qué es mejor saber resolver una ecuación de segundo grado a no saberlo, ni en qué mejora su vida interesarse por cómo se vivía en tiempo de los romanos. Curiosamente, sabe historia y milagros de los avatares de sus ídolos, sin necesidad de hacer esquemas ni encender el flexo, una sabiduría con la que su padre no podrá competir. O eso cree ella...

Cuando la realidad se inunda con nieblas de nostalgia y por el paso estrecho el dolor busca un puente colgante que nos descuelgue al otro lado; cuando no se ve luz donde arrimar la vida, y con ella las palabras, el cielo se rasga. No es difícil vivir así por mucho tiempo, pero quien de verdad haya vivido sabe que eso es peor a morir en un repente: la abulia es un cáncer minucioso y paciente capaz de corroer para siempre el ánimo, de sumergirnos en el cruce de caminos sin señales y hacernos morar allí hasta que la tierra nos trague.
Pasear por la ciénaga conlleva el riesgo de quedar cautivo en ella. En ocasiones el viaje apetecía, o confortaba, pero siempre acabó en la zozobra. Vagones descarrilados de cosas por hacer, vidas por vivir, sentimientos que liberar y bellezas ajadas amenazan con provocar la náusea y exigen mirar hacia otro lado, adonde el mundo mira para no ver nada.
No futuro, otra vez. Estaba predicho. El tiempo pasa en círculos y crea el necesario remolino destinado a tragarnos, directos al estómago de la antimateria que nos explica, desde la realidad que nos confunde. Pensamientos movedizos inmovilizan los pies, viajan a lo profundo y descubren lo cerca que estaba, que había estado siempre.
No queda margen para saberlo todo, han quitado las vías tras el próximo túnel.
(Dedicado a ti. ¿Lo dudabas?)

Hay días en que no tienes tiempo para nada. Empiezas rompiendo el cordón del zapato y gastando diez minutos en buscar un sustituto, optando al final por cambiar de calzado y a lo peor hasta de pantalón, porque no pega mucho. Vas a llegar un cuarto de hora tarde y el repartidor de las patatas fritas que retratan en A Vista de Cerdo te ha cazado poniéndose en doble fila y sepultando tu coche cinco minutos más. Equivocas la decisión en la plaza de Santa Teresa y enfilas por el puente de Gasset en vez de seguir recto, recordando en medio de la avenida del Arlanzón que los de las obras del final, casi en la plaza del Rey, llevan semanas tocando las narices al personal en esa vía. Otros quince minutos y no protestes.
Así la mañana entera, con el teléfono echando humo y los nervios de punta en blanco. Por eso llegar al NH a pasar un rato con la gente de Andalucía ha sido un bálsamo, porque te rodean con el espíritu de esa tierra y el tiempo parece otro. Tengo unas ganas enormes de cruzar de nuevo Despeñaperros.
La Junta de Andalucía promociona su mejor riqueza, el turismo, mandando sus emisarios por toda España, y a fe que lo hacen bien. Las agencias de viajes y los medios de comunicación reciben atenciones especiales para que su objetivo caiga simpático, de manera que no reparan en medios para esa promoción. No sabe esta gente que, en mi caso, tienen la batalla ganada de antemano y que no hace falta incentivo para que recomiende con pasión visitar tan bella y diversa geografía.
Cualquiera de las provincias andaluzas ofrece razones para asegurar que el visitante disfrutará como nunca con su oferta, pero en conjunto las ocho presentan un plantel turístico de insuperable remedo en España y buena parte del mundo. Ganan dinero con el turismo y saben reinvertirlo para generar mayores ganancias, la fórmula no parece muy compleja y tiene la belleza de lo natural.
Como soy proclive a las comparaciones y no sé muy bien cuándo son odiosas, me ha dado por pensar en lo que nosotros hacemos para promocionar nuestros atractivos en el exterior. La verdad es que esa cavilación me ha durado poco, porque no hay demasiada sustancia para el análisis, así que me he dedicado a disfrutar de todo lo bueno que esta gente tan amable nos ha ofrecido. Al final se me ha vuelto a hacer tarde, pero ya no me importaba tanto: un vientecillo del sur y las cosas se ven de otra manera. Que viva Andalucía y sus andaluces. Y olé.



A veces es difícil salir del bosque, puede que no encuentres referencias y crezca la angustia de sentirte perdido, o puede que disfrutes perdiéndote. Por muchas razones, en mi cabeza el concepto de bosque funciona como un símbolo y su semiótica encauza conceptos muy diversos: no es el mismo bosque el amenazado por los planes de la Junta que el de las escuelas infantiles también angustiadas por el mismo lobo, pero ambos comparten símbolo.
El bosque de cada uno está plantado de antes y cada cual lo adecenta o lo destruye con el hacha de la vida; algunos lo convierten en pradera, otros en ciénaga y algunos más en parque, en fuerte, en puente... También hay quienes terminan por incendiarlo.
Hoy quería hacer una entrada musical y el símbolo me ha dejado impregnada una canción –"A Forest"– como banda sonora de la semana. Desde que la escuché por primera vez, por efecto del contexto vital y quizá alguna otra sustancia, descubrí que era un tema muy adecuado para la introspección y me reafirmó en la incipiente pasión que derrochaba por The Cure en mis veinte primaveras.
Fascinado por la personalidad de Robert Smith, tuve en mi poder uno de los primeros discos de The Cure que entraron en España (vía importación y a precio de caviar), el primer LP de la banda, Boys Don´t Cry. El grupo la había liado con su primer single, "Killing An Arab", objeto de todo tipo de malinterpretaciones, pero el primer álbum confirmaba que no era ningún lanzamiento artificioso, sino que esos chicos estaban destinados a revolucionar el panorama musical existente.
Inmediatamente después llegó Seventeen Seconds, álbum en el que "A Forest" brillaba como tema destacado y donde ya se podía adivinar lo complicado que tiene el líder de The Cure su bosque particular (me resulta parecido al bosque de Thom Yorke, de Radiohead, es curioso). Continué con el fanatismo por el grupo hasta la aparición de Close to Me en el 85, cuando ya no se importaba a The Cure y me importaba bastante su globalización. En el camino, un tema como "Love Cats" resultó esencial para que mi vida privada sea como es, así que no fue sólo una pasión pasajera.
Recuerdo muy bien los tres conciertos de The Cure a los que asistí, el primero en el campo del Moscardó, en Madrid, y sobre todo el segundo, en San Sebastián, porque organicé un viaje de casi cien burgaleses en autobús de dos pisos con todo tipo de aventuras e incidencias. Madre mía, la juventud: si nos viéramos por un agujerito...
Y recuerdo sobre todo cuando hablo del grupo a un gran amigo: Juan Carlos Espeja, "Iovanni", un burgalés que hace magia con los sonidos en Madrid y con quien compartí momentos inolvidables por efecto de esa música curativa que es el símbolo de nuestra juventud. Donde estés, Iovanni, un abrazo de bosque a bosque.
Para quien quiera darse una vuelta por "A Forest", he encontrado una actuación en directo que suena bien en http://www.youtube.com/watch?v=dD60juKhnDQ y que recomiendo a todo el personal. Feliz paseo.

Hoy quiero hablar de mi pueblo, Duruelo de la Sierra, un lugar escondido en el corazón de la comarca de Pinares, presidido por la cumbre del Pico Urbión (2.228 m) y rodeado, como las localidades de la zona, por una enorme masa de pino silvestre que deja algún espacio para el roble, el haya, el acebo, el brezo, el helecho y otras plantas. Es un verdadero regalo de la naturaleza que merece la pena conocer por muchos motivos; pido disculpas si se me desmadra un poco el chovinismo, porque presumo mucho de haber nacido allí, pero animo a los lectores a visitarlo por muchas y buenas razones.
Hoy han llegado a Burgos algunos paisanos de Duruelo y otros pueblos de la comarca, a decirle al Defensor del Común que no están conformes con la Ley de Montes de la Junta, entre otras cosas porque desde Valladolid nadie puede enseñar a los vecinos de estos pinares cómo gestionar los bosques. Su modelo es referencia de explotación sostenible y eficiente desde que Felipe II se llevó de allí los mástiles para la Armada Invencible y otorgó estos aprovechamientos como agradecimiento a la generosidad mostrada por estos municipios, a falta de doblones en las arcas reales con que pagar las varas y los cabrios.
La voracidad centralizadora de la Junta no parece tener límites, ni siquiera los derechos reales son obstáculo para su apetito, así que intuyo que de aplicarse la Ley de Montes el futuro de la comarca será peor, porque si se asemeja a la realidad de otros bosques de España sufrirá iguales incidencias, cosa que ahora no ocurre. No me entra en la cabeza que algo funcionando bien deba ser cambiado por otra cosa que funciona peor.
Pero no adelantemos acontecimientos. Prefiero imaginar un paseo por el monte con mi guía favorito, mi amigo Miguel –Katina–, o con Santiago, el alguacil, o con César..., o con el hombre que siempre va conmigo, o con la mujer que viene en ocasiones, para sentir en los pies el suelo donde nace el boletus, por donde corren los ciervos y los corzos, por donde suena el agua de las fuentes. A veces he pensado que es el mejor lugar para que se dispersen mis cenizas y que el viento norte las sumerja entre ese mar de pinos. Mi pueblo es mucho pueblo, lo aseguro, por eso llevo siempre prendida en la lengua alguna copla de las que compuse para un pregón de fiestas que pronuncié hace tres lustros, en serranas redondillas, encadenadas como en la ronda:
Aquí nace el padre Duero
–por los poetas cantado–
que discurre, descarado,
por estas tierras primero
para después, orgulloso,
dar sangre a frutas y vinos
y emular a los caminos
cuando es ancho y caudaloso.
O aquel otro pasaje:
¡Cuánta hermosura, Duruelo,
contempla el Sol al salir!
Cada mañana, al partir,
remonta el águila el vuelo
y ve este pueblo entregado
con orgullo y sacrificio
al duro y común oficio
de tener el pan ganado.
Nada como ir a verlo, respirar su oxígeno y degustar un ajo carretero en el monte. Aseguro momentos inolvidables que espero se puedan disfrutar durante al menos otros cuatro siglos, si la Junta no lo impide.

– Aló, mami, soy la Neli, su sobrina.
– ¡La Neli! Qué bueno, ¿donde paras?
– En España, mami, no me moví. La llamo desde el locutorio.
– ¿Y pues...?
– Es por Magui... Margarita, la hija de usted.
– ¿Qué pasó, Neli?
– Verá, mami, tuvo un suceso. Un hombre la atacó y...
– ¡Dios santo, Neli!
– Ya sabe cómo son, se encaprichó de Magui, iba a verla al bar donde paramos.
– Dios santo, virgencita...
– La llamo porque saldrá en los diarios, mami, lo mismo la confunden y...
– Pues qué, Neli, habla...
– Se fue con él hace tres días y hoy ha venido la policía. Me han llevado a verla al sanatorio.
– ¿Qué tiene, mi niña, qué tiene? ¡Dios bendito!
– No se crea lo de los diarios mami, Magui no era eso que dicen, ni yo tampoco.
– Neli, Neli, ¿cómo está mi niña? ¿Qué tiene?
– Mami, perdóneme, ese bruto le dio muy fuerte. La mató, mami, lo siento.
– No, Neli, no. No.
– La mató, ese cabrón. No llore, mami.
– ¡Ooooh...!
– No llore , mami, le enfermarán los ojos como a mí.
– ¡Margarita! Mi niña...
– No llore, por favor, mami. Y no se vaya a creer a los de los diarios. Dígale a mi mamá que no somos eso.
– ¡Margarita!
– Que el dinero que mandamos es honrado, dígaselo, mami...
– ¡Clic!... Tuuuuuuu.
– ¿Mami? ¡Mami!
– Tuuuuuuu......
– ¡Clic!


Hace ahora un año tuve ocasión de visitar Cuenca. Es un recuerdo que guardo entre lo mejor que sucedió en 2008, año difícil en muchos sentidos y direcciones. Pude conocer el Museo de Arte Abstracto que alojan las casas colgadas, chocolateadas, y desde aquí lo recomiendo vivamente porque su colección permanente es admirable, con obras del fundador, Zóbel, de Torner, de Saura, de Canogar, de Feito, de Tàpies, de Millares..., y las muestras que programan son generalmente muy atractivas.
La dificultad en el arte abstracto reside en conseguir que la fuerza expresiva se convierta en esencia del hecho artístico, sin necesidad de referencias naturales. Por eso se tilda de “difícil” y es despreciado entre quienes no pueden prescindir de lo figurativo, aunque la figuración sea más o menos trasgresora. A mí me ocurre algo distinto, no puedo decir que todo el arte abstracto me apasione, pero sí que un cuadro abstracto puede sintonizar el dial de mi emoción mejor que cien “giocondas”.
De Cuenca traje una reproducción de un cuadro de Zóbel que me gusta mirar, perderme en su nebulosa transparencia e intuir que existe un tiempo vertical donde detenerse a contemplar el fluir de las cosas. Sumido en la ausencia de forma es fácil sentir la idea, la emoción de los momentos vívidos acaso vividos: como viajar a bordo de un poema con ritmo de ola meciendo la calma.
Siempre existe un riesgo. Subir a las alturas es promesa de descenso, todo vuelve al polvo y materia somos. A veces es inevitable darse el golpe, pero por ese cuadro viajo a ratos sin paracaídas planeando en esencias muy sutiles, incapaces de producir dolor, dolores. Desde el primer momento supe que era un estupendo medio para el viaje en solitario por los territorios que nadie, excepto yo mismo, ha de pisar. Y el horizonte es algunas veces tan ancho como el propio tiempo, otras tan estrecho como el reloj.
Merece la pena ir a Cuenca. Algo mágico tiene que la hace inolvidable.

– Biiiiiiiiip!
– Debe ser la gabardina. Quítesela y pase otra vez.
La joven retrocedió al otro lado y las otras tres personas que esperaban le hicieron sitio. Se desabrochó la gabardina y la puso en la cinta que tragaba objetos para que un guardia jurado los viera pasar en la pantalla. El charol negro y húmedo de la prenda desaparecía por la caverna para hacer compañía al bolso, el paraguas, varias carpetas con papeles, las llaves y el teléfono móvil, todo ello dado de alta en el otro extremo. La chica volvió a cruzar.
– Biiiiiiiiip!
Se le escapó una sonrisa, miró al guarda que estaba de pie y luego se observó de abajo a arriba: los zapatos negro charol, las medias negras y la falda ajustada ni larga ni corta, a medio muslo. La falda, también negra, era de lana suave al igual que el jersey, de cuello vuelto y de un tono naranja casi melocotón. El guarda posó los ojos en su cintura.
– La hebilla del cinturón. Seguro que por dentro es metálica.
Volvió a cruzar con el rubor estallando en el rostro. Las personas que esperaban eran por lo menos seis. Soltó el cinturón y lo puso en la cinta. Volvió a intentarlo.
– Biiiiiiiiip!
Su cara reflejaba el desconcierto. El guarda le miró las muñecas.
– El reloj, y esa pulsera...
– Pero, si es muy pequeña...
Cruzó de nuevo atropelladamente, dejó el reloj y la pulsera de aro que sacó forzando los nudillos.
– Biiiiiiiiip!
El guarda pareció apiadarse, la miraba con cierta compasión. Todo el mundo la miraba.
– Sólo llevo una medalla, muy pequeñita....
Del interior de su costado azul el guarda sacó un objeto alargado, como una porra con luces de color verde en el extremo. Ella lo miraba con los ojos muy abiertos.
– Abra los brazos, por favor.
Se puso en cruz y cerró los ojos. El guarda recorrió con parsimonia el perímetro de su cuerpo, a muy poca distancia, de abajo a arriba, de delante a atrás.
– Está bien, pase.
Su rostro era una mezcla de alivio y sonrojo. Cogió de la mesa todos sus objetos en tropel y se los llevó a un banco, diez metros más allá, para recomponerse. Mientras tanto, el guarda de la pantalla sacaba la mano de debajo del periódico, situado adecuadamente sobre un discreto pulsador.
(Dedicado a Bipolar).

Hoy he pasado dos veces por San Juan de Dios. Normalmente voy los martes, jueves y sábados a llevarle la prensa a Daniel y aprovecho para hacer con él una quiniela a medias con cuyo trajín ocupamos buena parte del tiempo que estoy allí, comentando la anterior y soñando con la siguiente. He de corregir un error de mi primera entrada sobre Daniel: no es del Real Madrid, como pensé en un principio, sino del Athletic de Bilbao, pero le gusta el fútbol a rabiar, en eso no me equivoqué. Su tío lleva el Marca los lunes, martes y miércoles, pero él me ha confesado que le gusta más el As, que es el que le llevo. Los domingos se ha de conformar sin prensa y aprovecha para hacer sudokus atrasados.
Por la mañana le encontré desmejorado, más pálido y sin fuerzas para levantarse de la cama. Por la tarde he ido a hablar con el médico, un tipo muy amable con marcado acento del Este, y me ha dicho que no era nada, un poco de catarro. Su evolución es buena y para la primavera es posible que pueda salir, así que enseguida se lo he ido a contar a Daniel. He creído notar que le aliviaba saber la noticia, hasta ese momento y tras 48 horas de malestar severo nadie le había dicho qué le pasaba.
San Juan de Dios es un lugar extraño, lleno de contrastes. Convive la tecnología moderna (las camas son mejores que las del Yagüe) con un marcado espíritu decimonónico, en un ambiente cuyo decorado lo mismo puede servir para una novela rosa que para una película de terror. Y esto es extensible a los seres que aquel espacio habitan, desde la amable señora que hace de conserje en la ventanilla de la izquierda hasta el desahuciado de la silla de ruedas con la bolsa y la vida colgando. Me sorprenden muchas cosas de las que allí veo, aunque soy un simple visitante. Trataré de contar algunas otro día.
Pasar por el hospital de visita es, en cierto modo, terapéutico. Una ducha fría de realidad te devuelve al mundo con otra perspectiva sobre las preocupaciones que te atenazan. No te sientes mejor, pero lo que te rodea tiene otros colores cuando sales de allí.

Había intentado varias veces alcanzar el fondo, pero con la mano era imposible, así que probó con el palo divorciado de su escobón que encontró tirado al lado del contenedor, en el pasillo que compartía con el otro artefacto gris mugriento, un espacio repleto de cajas, cartones y otros trastos que la gente arrojaba para que el basurero se entendiera con su clasificación. El palo movía la bufanda, pero Andrés no lograba izar la prenda colorada y cuidaba de no empujarla más al centro, donde una bolsa reventada supuraba un viscoso líquido oscuro.
Del montón del pasillo escogió una caja de madera de las de fruta, abrió la tapa del contenedor y la depositó con cuidado en el fondo del receptáculo, apoyada en su cara más estrecha para permitir que se sujetara verticalmente. Dejó caer la tapa para descansar el brazo izquierdo, se tomó un respiro y volvió a levantarla.
Con decisión felina se encaramó al borde hasta alcanzarlo con la cintura. Apoyado en ella, introdujo medio cuerpo y posó la mano derecha en la caja de fruta para sujetarse, mientras con la izquierda buscaba el fondo metálico y el tacto de la bufanda. Cuando los dedos ya casi la rozaban la caja se quebró como la cáscara de un cacahuete y Andrés no percibió que pasara el tiempo entre el sonido de la madera y el de su frente contra el metal. La tapa se cerró sobre su tobillo, rebotó levemente y volvió a cerrarse ya sin obstáculos.
Le despertó un estruendo de máquinas y frenos justo al lado. Quiso incorporarse pero un montón de bolsas de basura se lo impedía, estaba cabeza abajo y el pie le dolía allá en lo alto. Recordó de repente los motivos que le habían llevado a esa situación, absurda hasta para un vagabundo con solera, y se acordó de los muertos de todos los que habían echado la bolsa sin mirar qué había dentro. ¿O sí habían mirado?
Notó una rara sensación en el estómago, como si descendiera en la noria aunque el resto de las evidencias confirmaran que se elevaba. De repente, su cuerpo giró en ángulo recto dos veces seguidas y se encontró en el vacío, cayendo de pie hacia una negra garganta que sonaba como podrían sonar las calderas del infierno, así que del propio estómago confundido surgió un grito que no parecía suyo, aunque sin duda lo era. Ya en la oscuridad oyó una voz que le pareció lejana y que gritaba: ¡Para! ¡Para!
El ruido cesó y con él el movimiento que percibía justo al lado, por el que las bolsas iban viajando hacia el interior como si las atrajera un desagüe vertical. Se abrió luego una puerta y la luz se reflejó en sus ojos atónitos; mientras escapaba del colchón de desperdicios pudo contemplar los rostros de los basureros y se hizo cargo del estupor que dibujaban. Cuando puso por fin los pies en el suelo se sacudió muy digno, rodeó al cuello la bufanda roja y echó a andar, cojeando sin disimulo posible.
Unos metros más allá se volvió, bajo la luz de la farola lucía rojinegra la sangre de la frente. Mirando a los del camión, que habían vuelto a su trajín, les gritó:
–Caballeros, mi vida no es ninguna basura.
Respondiendo a un silbido preciso el camión arrancó con su ruido de triturador de bolsas y se alejó calle abajo. Andrés se quedó mirando un rato, luego se apretó más la bufanda y caminó en dirección contraria.

Anoche me encontré con Rosa, una amiga de la infancia que ha dado en vidente y que por timidez no se forra con una consulta presencial o telefónica, pero que a los amigos suele confesarnos algunas de sus visiones. A mí me desconcierta un poco, pues no creo en estas cosas, pero en ocasiones me ha dejado con la boca abierta con ciertas predicciones precisas y ha sembrado marejadillas en mi tozuda negación de lo esotérico.
–Prefiero el erotismo al esoterismo, le suelo decir para que se ría un poco, pero Rosa apuró el tercer whisky malteado de la noche y me soltó que había tenido un contacto extrasensorial con el fantasma del teatro.
– ¿De la Ópera? Le pregunté.
– No, del Principal. Del Teatro Principal.
Como siempre, Rosa supo captar mi atención. Aproveché para pedir otra ronda, candidata a ser la última antes de ser iniciada, y mostré todo mi interés almohadillado para que se despachara a gusto. Lo que me contó, a grandes rasgos, fue lo que sigue.
A mediados del siglo XIX, uno de los maestros de obra que trabajaba en la construcción del Teatro Principal se enamoró locamente de una joven de Burgos. Consciente de la imposibilidad de conseguir el amor de la muchacha, una tarde de invierno de 1855 la raptó y, aprovechando las sombras de la noche, se la llevó a las obras del teatro. Entre aquellas fantasmales estructuras, el ruido del viento ahogó los gritos del horror y la agonía de la bella joven. Su asesino se aseguró después de que el cadáver quedara oculto, enterrado y sellado con la piedra sillar que se colocaría al día siguiente.
A la bella Mercedes, que así se llamaba la joven, la buscaron sin éxito durante días. Se dijo que la crecida del Arlanzón podría haberla sorprendido y se lamentó la tragedia algún tiempo, pero el suceso siguió su curso hacia el olvido. En 1858, días antes de la inauguración del Teatro, el maestro de obra fue encontrado muerto, ahorcado en la pensión donde moraba.
Desde entonces, el fantasma de Mercedes habita el Teatro Principal y allí suceden fenómenos de lo más sorprendentes. Por una cuestión de carácter –todos los fantasmas tienen su personalidad, según Rosa– no llega a manifestarse de forma terrible, pero sí atormenta un poco a quien la enfada. Eso explica muchos casos curiosos del pasado remoto y también los del pasado reciente: Sagredo le cayó mal desde el principio, así que se lo quitó pronto de encima; se enamoró de Luis Marcos pero sólo un año después se sintió traicionada, así que le dio puerta; con Isabel Abad llegó a entenderse, porque la divertía, pero a Eduardo Francés le caló desde el principio y lo sumó en la confusión, alejándolo en cuanto pudo de su lado.
Mercedes está un poco harta, se lo ha dicho a Rosa. Con Marisol González ha llegado al límite de su paciencia espiritual, así que ha hecho lo posible desde el otro lado del espejo para que se fuera. Ahora vaga por los recodos del edificio esperando a quien ha de llegar, muy atenta por si ha de dedicarse a enturbiar el destino de quienes no trabajan como debe hacerse por la Cultura.
El camino de regreso a casa me llevó por el Espolón. Cuando enfilaba hacia el Teatro Principal el viento ululaba y con bastante fuerza se oponía a mi avance. En mis oídos resonaba un estruendo con banda sonora de temporal, pero en el fondo de esa tétrica sinfonía creí percibir los gritos aterrados de una mujer.

No me apetece desear.
No pido nada porque hay que exigirlo todo.
No creo en los reyes, ni magos ni mortales.
No he visto los ojos de esa niña de Gaza.
No he contado regalos en los tanques.
No están allí los verdaderos culpables.
No me parece bien que la magia venga de Oriente.
No hay vergüenza en el mundo.
No hay justicia.
No habrá paz.
No seremos.
No.
PD.: Yo tampoco he sido bueno.

Fue la primera revista de mi propiedad, algo que no era necesario leer a escondidas como los libros de mi tío o las páginas sueltas del Arriba, que aparecían por la casa y desaparecían por un tiempo, el que gastaba yo juntando aquellas letras en mis variados escondites, fascinado por tantas palabras de significado desconocido. Luego volvían al lugar de su aparición primera, Quo Vadis, Ben-Hur, Robinson Crusoe, los Principios del Movimiento y el Plan Badajoz, dejando en mi cabeza preguntas y preguntas como pùertas abiertas a la imaginación.
Pumby llegó en forma de regalo de Reyes. Tan nuevo, tan colorido, tan grande y, sobre todo, tan mío... La primera incursión en el mundo de los tebeos me sumió en la relectura incesante, no era fácil a veces atinar con el hilo de un humor pensado para niños de ciudad y algunas historietas resultaban algo desconcertantes: más preguntas, nuevas puertas.
Las horas y horas que pasé con aquel Pumby dieron para fijar mi atención en el soporte, intrigado por el proceso que permitía la existencia de aquel ejemplar, la alternancia de páginas con colores y páginas con tinta negra, la agradable aspereza del papel, tan diferente a la rudeza de las hojas del periódico, las dos grapas cobrizas que sujetaban las hojas, tan bien dobladitas... Y el precio, doce pesetas, el descuido de los Reyes por dejarlo en la portada era una pregunta menor que se ensombrecía ante las demás.
Al año siguiente descubrí la ciudad y en ella los quioscos. Los TBO, más Pumbys, Din-Dan, Pulgarcito, cuyas historietas de contraportada devoraba a través del cristal, con obligado escorzo cuando las colocaban boca abajo y había que leer 13 Rue del Percebe con el moroso del ático en el sótano y la araña del ascensor burlando la gravedad. Cada vez que un tebeo caía en mis manos sufría un análisis pormenorizado de su fondo, pero también de su forma: El Capitán Trueno, el Jabato, Hazañas Bélicas, Roberto Alcázar y Pedrín, Superman, Spiderman, La Masa... distintas soluciones, distintos valores. Luego llegó la revolución de la calidad, la revista Trinca, los libros de Astérix, Tintín, el Teniente Blueberry... y la explosión del fenómeno cómic en los setenta.
Podría decirse que aquel Pumby orientó de algún modo mi destino, pues he encontrado gran satisfacción dedicándome durante muchos años a hacer posible la existencia de todo tipo de publicaciones. Y continúo encontrándola. He resuelto todas las cuestiones que me planteaba entonces, pero cada día surge alguna pregunta nueva que vuelve a cosquillear mi curiosidad, que abre una nueva puerta.
Hoy he ido a San Juan de Dios. No me ha costado mucho encontrar a Daniel, el compañero de hospital de quien hablé el día 1 de este mes y que prometí visitar en cuanto pudiera. No me siento bien en los hospitales, pero me ha sentado bien verle. Y él se ha alegrado mucho, estoy seguro.
Cuando me he presentado en su habitación no me reconocía. He tenido que refrescarle la memoria hasta encontrarme con su sonrisa, mezcla de alegría y sorpresa, cuando por fin ha caído en quién era ese sujeto de la cicatriz en la cabeza que de repente ha roto su monotonía. Luego hemos charlado un rato. Daniel no emite voz, pero sus gestos y la muda composición de la boca ayudan a entender algunas cosas.
Ahora sé más de él. Es de Burgos capital, no sé dónde vive, pero por toda familia tiene un tío (me da que tiene que ser muy mayor, pues Daniel, lo he sabido hoy, tiene más de setenta), quien le visita los lunes, miércoles y viernes. Le lleva la prensa deportiva y hace que se sienta menos solo. Daniel no sabe cuánto tiempo ha de estar allí. La enfermera, antes de entrar, me ha dicho que mi visita le vendría bien porque "anda algo alicaído".
He estado con él unos quince minutos y he vuelto a ver la chispa de sus ojos, más cuando le he asegurado que, cuando tenga un rato, preferiblemente los martes, jueves y sábados, le llevaré la prensa deportiva para que no pierda comba y siga las evoluciones del Madrid de Juan de Ramos. También he conocido a Antonio, su compañero de habitación, inmovilizado en la cama desde hace meses y con muchos dolores de espalda. Daniel ha aceptado como una ventaja su movilidad y creo que se compadecía del compañero.
Al salir me he encontrado con su médico. Tenía un acento raro, extranjero, pero era muy amable. Me ha dicho que Daniel está delicado, tiene problemas de cadera y de columna y su recuperación depende un tanto del ánimo que tenga. Si todo evoluciona bien, puede que abandone el hospital en tres meses, así que Daniel pasará las fiestas navideñas en la segunda planta del hospital. Como no tiene dientes le llevaré turrón del blando, he descubierto que le gusta mucho el dulce.

He pasado hoy por la oficina furtivamente, aún estoy de baja, entre otras cosas para mirar el correo electrónico ese que no sé descargarme desde casa, y he encontrado algunos mensajes agradables (los que olían a otra cosa no los he abierto) de amigos buenos. Entre ellos, un dibujo de mi admirado Jesús Quintanapalla, uno de los artistas burgaleses que me asombran por su capacidad de creación, con el que he colaborado en unos cuantos proyectos editoriales y que el público burgalés ya conoce por su obra: baste decir que la funda del edificio de la Diputación es cosa suya y que de su cabeza salieron, a través de sus manos, esos estupendos coleccionables de los gigantones que tienen en su casa los niños burgaleses.
Mi amigo Jesús me manda una enfermera, la Enfermera Samurai que podéis ver, para que me aplique cuidados intensivos en mi recuperación. Desde luego que no me deja indiferente, esta enfermera transforma el juego hospitalario en sugerencias varias que confirman mi grado de recuperación. Creo que me he enamorado del dibujo, esa mujer decidida y uniformada excita mi ánimo y me aboca a aceptar cualquier medicación.
Gracias a Jesús, con él celebraré pronto algún que otro trabajo bien hecho y daré cuenta de ello. Gracias también a Gelu, por su preocupación y sus estupendas palabras, a Bipolar, a Pedro Ojeda, a Fernando "pillín" Portillo, a Carlos, a JRJusto, a Macacolandia, a Raúl Urbina, a Pablo, a Edu, a Paquiño, a la familia... gracias a todos. Podéis quedaros tranquilos, la Enfermera Samurai me va a cuidar de veras en los próximos días. De repente he notado una fiebre...
Cuando entré en la habitación estaba medio sentado, recostado sobre la cama en ángulo obtuso y con los pies en el suelo. Con la mano izquierda sujetaba un bastón que me pareció bonito, tenía empuñadura dorada como de cabeza de animal. En los pocos minutos que tardó la enfermera en aparecer con el pijama que debía enfundarme, pude observar que bajo aquel letrero de la cabecera donde se había escrito con rotulador azul la palabra DANIEL había un personaje peculiar en lo físico, que acumulaba en la mirada la fuerza expresiva reunida para establecer una comunicación. A mis buenas tardes respondió señalando en su garganta un agujero del tamaño de un euro desde cuyas profundidades sólo se apreciaba, en ocasiones, un sonido como de espuma de gaseosa. Certificada su mudez, observé el rostro que mostraba sin pudor la proximidad de la piel a la calavera, la cual, en ausencia de dientes, impelía hacia afuera la barbilla y dibujaba un trazo parecido a los cómic de Gallardo y Mediavilla.
De las anchísimas mangas del pijama que portaba salían unas manos huesudas que empalmaban con largos y delgados brazos, configurando un cierto aire quijotesco al que se sumaba con decoro hacia la triste figura una especie de joroba delantera con remates de pvc. Más tarde, cuando por la noche las enfermeras le ayudaron a acostarse, comprobé que aquel abultamiento era un artilugio desmontable, unido a su abdomen como prótesis necesaria para acumular lo que, sin dolencias, se evacuaría de forma más natural aunque menos profiláctica.
Antes de recibir mi atuendo hospitalario ya me había revestido de su esencia: la contemplación de esta persona, que mataba el tiempo viendo la televisión, me dejaba dentro de otro sistema de valores y ritmos distintos de los habituales, un mundo que por lo general entregamos al olvido cuando no nos afecta.
Al entrar, la enfermera dejó caer un raído pijama sobre la cama que iba a ser depósito de mis huesos y se dirigió a quien sería mi compañero de cuarto, o yo el suyo: "Mira Daniel, ya tienes compañía", a lo que el interpelado respondió con un gesto cascarrabias que hizo sonreír a la de bata blanca.
Mientras sustituía mis ropas por las de la institución comenté algo del partido que echarían después y sus ojos se iluminaron. Me enseñó la portada del As que tenía en la mesilla y supe que su próxima alegría sería la de ver al Real Madrid jugando sobre el frío de Rusia. Le dije que yo era del Atleti y esbozó una sonrisa socarrona que me provocó a reír cuando la sumó al gesto de agarrar el bastón para atizarme. Creí ver a un abuelo jugando con el nieto y disfrutando de sus pequeños tropezones.
Mediado el partido, y sin mediar palabras, ambos habíamos aceptado nuestra mutua conveniencia: le ayudé en lo que me dejó, con la bandeja de la cena, acercando el agua que mantenía fresca en su ventana y a fijar nuevas posiciones de la cama eléctrica a la que estaba sentenciado. Por mi lado, sentí alivio de no estar obligado a fabricar conversaciones de conveniencia y tener tiempo para leer sin distracciones.
De repente, el televisor dejó de emitir el partido. Daniel cogió una tarjeta de encima de la mesilla y la señaló con el gesto inequívoco de estar diciendo "esto es un robo". No tardé ni tres minutos en coger la tarjeta, salir al pasillo de la planta y recargarla en la máquina con las monedas que tenía sueltas, lo que según las instrucciones daría para varias horas. Cuando se la ofrecí sus ojos volvieron a brillar antes de entregarse a la continuación del encuentro.
Por la noche dormí poco. Daniel estaba despierto. Lo supe aunque no hacía ruido, ni una protesta crepitaba en su vela paciente, sumido en una resignada y contemplativa calma.
Muy temprano, vinieron buscándome para llevarme al quirófano. Cuando abandonaba la habitación a bordo de la cama que pilotaba el celador alcancé a ver la mirada de Daniel y supe que decía "suerte".
Treinta horas después me regresaron en el mismo bólido, acompañado de muchos tubos y frascos goteantes enganchados a mis venas. Con el único ojo que me permitía ver, como entre cortinas, atisbé de nuevo la mirada de Daniel, sonriente, sin duda alegre por volverme a ver. Molesto por casi todo, la presencia del viejo en la habitación me iba devolviendo a una cierta normalidad.
De entre aquella duermevela recuerdo un detalle, cuando mi hermana hojeaba un periódico, llegando a la página de las esquelas Daniel esgrimió su bastón y apuntó hacia ellas, señalando al tiempo con el pulgar de la otra mano hacia su pecho. Daniel le decía "yo voy a estar ahí, tenía que estar ahí", entre bromas y veras. Mi hermana le reprendía cariñosamente con un "ánimo, Daniel, no diga eso que está usted aún muy vivo".
Por la tarde hice un nuevo viajecito, esta vez para conseguir una placa de rayos X, instantánea que por aquello de los ritmos antedichos se demoró más de una hora. Al regresar me informaron de que se me cambiaba de habitación, necesitaban la nuestra libre para nuevos ingresos. "¿Y Daniel?", pregunté. "Se lo han llevado a San Juan de Dios. Te ha dejado la tarjeta de la tele".
Sentí rabia. La decepción se apoderaba de mi escasa consciencia e invadía mi ánimo un malhumor que trataba de buscar argumentos en todo lo que me parecía que funcionaba mal. De repente, encontraba en lo que me rodeaba suficientes fallos como para la protesta más airada. No fue hasta la noche, algo más conforme, cuando supe por mi hermana que a Daniel no venía a verle nadie, pero no logré averiguar la clase, gravedad o pronóstico de su dolencia ni por qué le habían llevado a San Juan de Dios.
Cuando abandoné el hospital, con la felicidad del liberado, regalé la tarjeta de la tele que me dejó Daniel al compañero que quedó en la habitación, yo no la había usado. Horas después, ya en casa, traté de recordar el nombre del beneficiario final pero no fui capaz, curiosamente recordaba los rostros de sus familiares, que casi nunca le dejaban solo.
He pensado que, cuando pueda salir de casa, me voy a a acercar a San Juan de Dios. La necesidad de preguntar por él y de visitarle no se me aparta de la cabeza. Quisiera poder transmitirle esa "suerte" con la que me despidió aquella mañana y que verdaderamente le sirviera para algo. Y quiero recargar su tarjeta de la tele hasta colmarla.




Creo en la Ciencia. No es asunto de fe, pues no creo a ciegas: he palpado la llaga de la verdad palmaria, la que no se encomienda a lo inmaterial ni espera más que la lógica del conocimiento. Creo, también, en seres humanos, en algunos seres humanos que se proyectan a una divinidad finita pero palpable. Creo en la Ciencia al servicio de los seres humanos y en los seres humanos olvidando por fin sus miserias teologales para cuidar la vida mientras dura y es digna de ser vivida. A conciencia, con Ciencia, y gracias a ella.
Creo en la familia, los amigos, los seres cercanos que brindan su calor y te involucran en sus preocupaciones, incluso te convierten en protagonista o actor importante de sus tramas vitales.
Creo en la vida, en su intrascendencia puntual y en su proyección hacia la realización del ser como ente libre, autónomo e inteligente. Y me alegro de poder seguir trabajando en esa idea.
Gracias a cuantos habéis estado ahí, he sentido vuestra fuerza y alimento con ella la mía. Aún me encuentro torpe y debilucho, pero la evolución no puede ser mejor hacia la normalidad y pronto seré capaz de dar fuertes abrazos.
Perdonad por las imágenes: a mi esquiva fotogenia se une la accidentada geografía de la intervención y el conjunto, pues ya se ve, da para una leve sonrisa. Prometo publicar el resultado del gran trabajo médico dentro de unas semanas, con un aspecto más normal, aunque seguiré defendiendo por mi propio interés el valor de la belleza interior, hace bastante tiempo que rompí relaciones con el espejo.
Alimentaré el blog en lo que pueda, ya desde casa, mientras dure la convalecencia obligatoria. He reflexionado mucho sobre lo bueno y lo malo de nuestro sistema sanitario y no me voy a quedar sin decir lo que he vivido en ese mundo del que tanto depende nuestra calidad de vida. No hay ni que decir que estoy contento de volver, aunque a algunos no les haga demasiada gracia...
Esta noche dormiré en el hospital. He de someterme a una intervención quirúrgica que según el neurocirujano es "chapa y pintura", pero que me permitirá airear un poco las ideas. Espero estar pronto de regreso: como no soy creyente sólo puedo tener fe en que el doctor tenga un buen día y, si no es así, mis esperanzas cuentan para poco.
Esta circunstancia abre un obligado paréntesis en mi atención al blog, como al resto del mundo. Apartarme de esta ventana me pesa, le he tomado gusto y lo voy a echar de menos, sin duda. No obstante, los lectores pueden disfrutar con mis vecinos de al lado mientras regreso, les aseguro que son muy recomendables. Y no dejen de visitar lapalabradigital.es porque la información estará actualizada cada día por magníficos profesionales.
Disculpen si no respondo a las llamadas, pero en estos momentos no estoy comunicando. Dejen si lo desean su mensaje: atenderé en cuanto sea posible.
Salud para todos.
Hoy cumple mi hija 13 años. Es una edad difícil, en eso estamos de acuerdo ella y yo aunque por diferentes motivos. Uno se resigna a abandonar poco a poco la ligazón que la une al nido y sólo espera que la vida la trate bien, que ella sea capaz de aprender a tratar bien la vida, que sea lo más feliz que pueda y que pueda hacer felices a los demás.
Recuerdo mis 13 años: el día que los cumplía recibí una paliza desmesurada y sin motivo puntual, una encerrona premeditada, de un sádico apellidado Millán, que vivía del cuento como educador en lo que se llamaba Colegio Menor Generalísimo Franco: un lugar que llamábamos "Biafra" y que dirigía un ex boxeador falangista tuerto apodado "Polifemo". El tal Millán era el brazo ejecutor de la educación fascista que en aquel centro se inculcaba a sangre y fuego. Por supuesto, los que hacíamos demasiadas preguntas o tratábamos de razonar sobre las órdenes establecidas no éramos los estudiantes preferidos y se nos acusaba, a tan tierna edad, de alborotar la paz del gallinero.
Otro "educador" a quien llamábamos Nerón, por su parecido a Peter Ustinov en la película de la época, me sujetaba los brazos por la espalda mientras Millán me golpeaba una y otra vez, con la mano abierta, con el puño cerrado, con toda la saña que podía exteriorizar. Cuando sangraron la nariz y los labios me golpeó en las piernas, en el vientre, en los testículos... hasta que se cansó, imagino que por el dolor de manos.
Un día me contaron que el tal Millán seguía trabajando allí, que ahora eso es un albergue y que el repartidor de palizas seguía disfrutando de la sopa boba. Siempre que paso por delante del edificio pienso en los cuatro años que sufrí allí y en cómo se puede destrozar una infancia a manos de gente como Millán. A pesar de que hay muchas cosas que no me gustan en lo que la sociedad actual reserva a los jóvenes, no puedo más que alegrarme de que aquellas prácticas y la impunidad de las mismas se hayan erradicado. Si se lo contara a mi hija pensaría que hablo de ciencia ficción, pero sólo han pasado 35 años.

Es fácil para mí viajar a Ginebra con la imaginación, lo he hecho en ocasiones propulsado por ardorosos latidos, me he colado en la sede de la ONU y he visto a Barceló trabajando en su cúpula, que hoy se ha presentado no sin polémica por medio millón de euros extraidos de una alforja no prevista. Bah, el arte y el precio no debieran ser paradigmáticos. Como el amor y el tiempo.
Según dicen, la obra sobrecoge en sinfonías de verde y azul, con multiplicidad de lecturas y contrastes que mueven al ensueño y la admiración. Bravo por Barceló, asombrando al mundo con su genio de tinte universal nos representa a todos los que queremos, amamos, el cosmos con su vida y su transcurso. Mil cuatrocientos metros cuadrados de mar invertido en caverna, platónica aspiración de plenitud que acerca el cielo al cielo de sus ojos, ciegos de talismanes y chocolate en pintura, el arte que se afana y se traduce a todos los idiomas.
Cúpula. Cópula. Culpa. Arte en la cábala y amor en la caverna. Me atrae y quiero verla, sentir que me cobija y que el tiempo no pase, pase, pase, pase..., entretenido en sus estalactitas.
(Perdón si el combinado resulta demasiado fuerte. Es recomendable no agitar.)
Paso todos los días varias veces por la puerta de la estación de autobuses y dos de cada tres me encuentro alguien pidiendo la caridad desde el suelo. Es un elemento del paisaje anterior a la crisis, a esa anciana de negro la llevo viendo yo más de cinco años, a veces también en el puente de Santa María desafiando al cierzo y aún a la ventisca.
Por una cuestión de principios, no doy limosna. Digo principios porque la miseria es una consecuencia inmediata de la injusticia social, causa que hay que atacar antes que remediar sus pupas. Creo que la limosna envilece y sostiene los sistemas injustos, pero confieso que alguna vez le he dado una moneda a esta mujer. Un tipo que traiciona sus principios, me mortifico luego, es cuando menos un blando.
Me molesta mucho que me asalten en el semáforo de la plaza del Rey y me quieran limpiar los cristales por la voluntad. También llevan años, estos chicos, con su mísero y lastimero negocio poniéndose en peligro, obstaculizando el tráfico y jorobando a los lavaderos de coches, imagino. Pero parece que les haya alquilado la esquina el Ayuntamiento, por la impunidad de que gozan.
Con ser lamentables, estos casos son asuntos de primera necesidad, no me digan que tenemos para cenar en París y no hay un albergue para los desarraigos sociales. El otro día regalamos, sin mirar el precio, terrenos para que una iglesia católica se edifique en un barrio de la ciudad y mañana la Diputación firmará un acuerdo para reparar bienes de la Iglesia con cargo al nostrum, pasta y más pasta que va al baúl de los siglos. Con mucha cara. Con pocas cáritas. Por tantos, por tontos.
Me temo que esos elementos del paisaje descrito, con la crisis, van a florecer: habrá más competencia a la puerta de la estación, sin duda. Pero me apuesto el bigote a que no soy capaz de ver un cura con los zapatos remendados.
Hoy han partido hacia Afganistán 121 militares desde la base de Zaragoza, tropas españolas destinadas a relevar a compañeros de las últimas víctimas que, ya se sabe, han perdido la vida en casa de los talibanes. Ciento veintiuno, once por once vidas que en frío sólo son números, con pulsaciones y miedos, pero números.
Resulta que en esa cifra capicúa hay una persona que conozco. Se trata de Guille, el hijo de un amigo/hermano, un chaval que en estos momentos tal vez se esté acostumbrando al polvoriento sabor acre de un país en guerra.
No puedo quitármelo de la cabeza: pienso en él y sobre todo en su padre, porque soy padre y sólo siéndolo se percibe ese vértigo. La ministra podrá decir que los fines son loables y que las tropas allí son necesarias, pero cuando te toca tan cerca ese patriotismo se vuelve difuso, inconsistente para justificar que una parte de ti asuma el riesgo. No hay justificaciones posibles, individualmente no es aceptable. Y es doloroso.
Que tenga suerte, que vuelva sano y salvo y que se acabe de una vez esta desastrosa gestión del mundo, por favor. Ojalá llegue pronto el tiempo en que ningún Guille tenga que volar tan lejos de casa para caminar por el infierno.
Un abrazo, Nanuit, de padre a padre.
Podría ser una gran efeméride que el día de hoy encumbre en Estados Unidos al primer presidente de raza negra. No lo imaginaba hace justamente un año, cuando la política norteamericana no estaba entre mis prioridades. Hay que ver, el tiempo avanza y te lleva siempre hacia lo desconocido, hacia un infinito particular en el que las efemérides pueden jalonar, antes o después, el devenir de uno.
Para conmemorar el día de hoy me he propuesto hacer caso al corazón, que me ha pedido 2124 veces escuchar este tema. No puedo negarme, la dulzura que desprende esta mujer me lleva al infinito a ritmo de samba y de recuerdos. La política norteamericana sigue, afortunadamente, sin estar entre mis prioridades.
http://www.youtube.com/watch?v=QLuQ99VM_wE&feature=related
Hoy parecía ser uno de esos días enfermizos, que amanecen de plomo y cuesta arrastrarlos fuera de la lluvia hacia la brillantez de las cosas cotidianas. Sin embargo, esta mañana he recibido dos visitas que me han alegrado el ánimo y escurrido alguna nube. Dos colaboradores/amigos de los que uno depende muchas veces para ser quien es y hacer lo que hace.
Primero he recibido a Jesús Quintanapalla, un artista de cabo a rabo cuyos dibujos siempre me fascinan, a quien conoci en los turbulentos ochenta y cuyas obras han ilustrado varias producciones nuestras. Un creador capaz de dibujar la inteligencia y conseguir atraparla en un cuadro que, sin mayor merecimiento por mi parte, preside el salón de mi casa. Hemos hablado de proyectos, pasados y futuros, y he certificado que su genio sigue en todo lo alto, para gloria del arte.
Después ha pasado por aquí Fernando Portillo, por sorpresa, como sus razonamientos afilados. La electrónica nos mantiene en contacto muy directo pero, comprendo que puede resultar difícil de creer, hacía años desde nuestro último contacto visual. Más recuerdos, más proyectos y mejores deseos de que esta ciudad prospere, cambie hacia lo próspero. Una conversación que nunca parece larga, un trozo de tiempo robado a la monotonía.
Visitas imprevistas que el destino ha enviado para cambiar la tonalidad del día. De repente el arte, la literatura y el prozac de la amistad han cargado las baterías de mi mapa biorrítmico. Y ha dejado de llover.

Mientras cae la lluvia y oscurece la tarde me atrapa sin defensa posible la melancolía del atasco. Había olvidado a los difuntos y perezco al ritmo del limpiaparabrisas, en la carretera del cementerio, sobre la perezosa marcha con riesgo de alcance. Por no gruñir recuerdo la cena de anoche, magnífica y entrañable, de Fábula, en contraste absoluto con la realidad que empuja a los coches de al lado. De la vida a la muerte, pienso, sólo hay un cierto atasco. Y me da por jugar a observar, como Mariano José en 1836, las tumbas que pueblan la ciudad que habitamos, toda ella cementerio enorme donde reposan las esperanzas de los ciudadanos; trazo paralelas empeñadas en juntarse cuando el ataúd de delante quita el pie del freno y avanza unos metros.
Mal camino, busca otro referente, ordeno a mi pensamiento. Y vuelvo a lo de anoche, al Don Juan de nuestra conversación en la cena, cuando maldecíamos el importado Halloween en favor de nuestros propios mitos: "Clamé al cielo y no me oyó", resuena en mis oídos con barítono eco: puedo saborear el vino en los labios ufanos de Don Juan, ceñido de soberbia vital en busca de semejante autoafirmación: gracias, Richi; gracias, Jesús; gracias, Rodrigo. Una terapia que bien poco dura, porque el de detrás casi me embiste y se está acercando tanto que por poco me presenta a sus muertos sin que con ellos pueda ser respetuoso.
La muerte, tan cercana al amor en tantos casos, que como hermanas se presentan en versos de Machado. El limpiaparabrisas limpia las lágrimas y pule el cristal cada cierto tiempo, permite ver las cosas con mayor claridad unos segundos hasta que el llanto frío del otoño vuelve a cubrir la luna y a desdibujar la realidad. Amar y morir, c'est tout. Amar o morir, c'est la vie. La luna de los sueños no dura nada. Ya casi llegamos al semáforo.
Este año he ido a demasiados entierros, reconozco, sin pararme a valorar cuántos son muchos; a alguno de ellos fui solo y en otros ni siquiera hubo cadáver. Vuelvo a pensar en Larra y en Dolores Armijo, que escuchó el tiro con que Fígaro se volaba la cabeza y que seguramente alcanzó a ver aquel cerebro, vertiginoso y afilado en vida, desparramado ahora sobre el escritorio y apareado con sus propios escritos, por fin unidos pensamiento y palabra en el amor y en la muerte. Vivir es lo que importa, supongo que pensará Dolores en cuanto se reponga de la conmoción. Hay que responder en primera persona de los pasos que se dan en la tierra, es menos romántico pero más correcto. Y es verdad, ángel de amor, hemos superado el semáforo y el motor de la vida ruge más ufano mientras avanza deprisa.
Buf, a veces el tiempo es ese fenómeno que pasa como un huracán revolviéndolo todo alrededor. Múltiples obligaciones me han tenido apartado casi dos días del blog y ya estoy sintiendo la abstinencia, pero otra cita de nuevo me retrasa. Esta misma tarde me pongo al tema.
El poema que sigue se titula "Confesión a media luz" y forma parte de la obra "Anatomía de un ángel hembra" de Pedro Andreu (Palma de Mallorca, 1976), publicado por la editorial Casabierta.
Imagino palabras.
Unas palabras ciegas
que masticar deprisa
para no hacernos daño:
que el amor de verdad,
el que escapa a los gritos,
al tedio de semanas mellizas,
a reproches y celos y amarguras
no es sólo Literatura.
Pero es tan inútil: mis años
aseguran otra cosa,
me dicen lo contrario.
Y al final de algún día
me he visto confesando
para horror de un amigo;
o quizá alguna tarde
de arrastrarte hacia el cuarto
lo habré dicho:
que fuera de los libros
no hay amor, mi amor;
que todo lo inventaron los poetas,
esas furcias borrachas
que vendieron su alma
por un gramo de mierda.
Jugar con la palabra, con el amor, las palabras de amor o el amor a las palabras tiene su peligro: el poeta se sumerge en él y no pocas veces muerde el polvo. Todos hemos jugado al amor, a ser poetas, a sentir aquello que no puede ser dicho en palabras. ¿Sólo es Literatura?
Habrá quien imagine que quienes nos dedicamos al mundo de la comunicación podemos gestionar mejor las malas noticias, de tantas como hemos de enterarnos. Pero no, las malas noticias nos duelen como a los demás y, si acaso, su acumulación provoca todo tipo de recursos insospechados para levantar el ánimo.
Cuando las malas noticias le tocan a uno en lo que más aprecia no hay recurso que valga: el dolor de un amigo, la pérdida y el olvido de lo que se ama pueden tambalear cualquier gestión emocional, y la emoción no suele publicarse. Uno desea que por un tiempo no haya noticias, ni buenas ni malas, para poder meditar sobre ello, para mortificarse, para detenerse.
Y sin embargo la vida sigue: hay siempre una nueva noticia, de momento sin calificar, y hay que ponerse a la tarea de vivirla, de afrontarla, de buscar su verdad.
Porque la verdad existe, que nadie lo dude. Y hay que perseguirla.
Así andamos, probando los recursos existentes para mejorar día a día este espacio que hacemos con mucho amor al arte de la comunicación. Aún vamos de modestos porque nos faltan los buenos reglajes y esta temporada, como Fernando Alonso, sólo podremos estar a la que caiga. Tampoco seremos demasiado presuntuosos cuando ganemos carreras, pero reclamaremos nuestro sitio a codazos si es preciso en el espectro informativo burgalés. De momento he conseguido aprender a incluir fotos en los comentarios, pero se ven tan chiquititas que me da lástima por ellas y por el artista que las hizo en la Pasarela de la Moda, que no es otro que Santi Otero, apreciado amigo y respetado profesional. Seguiremos avanzando en la exploración de esta fascinante selva digital y continuaremos informando...
Sirva el sabio dicho popular para presentar este blog que hoy, 9 de octubre de 2008, se incorpora al cosmos de miradas cruzadas en la red con la intención sencilla de dar pasos, recorrer caminos ciertos y abrir en lo posible nuevas vías para andar pensando. Con toda humildad, con toda modestia, porque no oculto mi admiración por un gran número de blogueros que brindan su genialidad semianónima e improductiva (en lo monetario) para disfrute de cuantos lo gozamos. Y no es menester competir sino sumar (como decía Tagore \"el bosque sería muy triste si sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen\"), para dar al mundo pruebas de que somos muchos los que queremos que todo vaya mejor.

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