CRUZ ROJA
Martes, 7 de Febrero de 2012
La Palabra de Burgos
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Alta a la baja

02-03-2009

Hoy he visitado por última vez a Daniel en el hospital San Juan de Dios. Para quienes han seguido esta historia, he de comunicarles que el desenlace llega antes de lo previsto, pues el médico emplazaba en diciembre el alta de Daniel para la primavera. Hablando con el doctor, un ser humano de lo más agradable, me ha explicado que su recuperación ha sido muy buena y que permanecer en el hospital sólo comportaría riesgos como la depresión o la temida infección bacteriana de estos sitios tan poblados de males.

Así, a primera vista, parece que la noticia sólo es mala para el quiosquero, que tres veces por semana me reservaba la prensa para Daniel. Pero nuestro protagonista no está tan contento como pudiera parecer: ahora se va a su casa, donde vive solo y sin teléfono, con unas exigencias de medicación bastante rigurosas y una movilidad muy disminuida. Recuerdo que no puede hablar, que no tiene dientes y que arrastra muchas secuelas de su aplastamiento de columna, así que cuando me dio la noticia de su alta lo hizo con cara de susto. Por toda familia tiene un tío de 73 años, de manera que el panorama se antoja de lo más delicado.

La asistente social de San Juan de Dios me ha asegurado que Daniel está en el programa de asistencia, y que recibirá comida y atenciones en su domicilio, así que después de tranquilizarme yo he ido a contárselo a él, y a decirle que pese a los males que nos acompañan hay vida ahí fuera, paseos que dar y muchas cosas bellas que mirar. He tenido que hacer acopio de originalidad para que la balanza resultara positiva, pero creo que lo he logrado.

Sin embargo, no estoy seguro de que las cosas funcionen tan bien. Nuestra sociedad, con todo su desarrollo y a pesar de ser modelo para otras, está muy lejos de procurar la asistencia social que verdaderamente precisan nuestros ancianos, enfermos e impedidos de toda condición. Tal vez Daniel tenga suerte, pero no es infrecuente conocer casos cercanos de situaciones dramáticas por necesidad que afectan a quienes no alcanza la protección social. Esto pone en vergüenza nuestro modelo de gestión.

Ángel Olivares ha denunciado en su blog ( http://www.angel-olivares.blogspot.com ) que la Junta lleva años sin crear residencias de ancianos en nuestra provincia. El retardo en las infraestructuras asistenciales es una amenaza muy preocupante, para un futuro que está ahí mismo y que va a precisar de un enorme esfuerzo si se quiere atajar las amenazas de la pirámide poblacional. Descuidar el ritmo en asumir responsabilidades de este tipo es algo muy grave, sobre todo cuando hablamos de una región terriblemente envejecida y dispersa. Las soluciones no debieran estar aún en el debate, es necesario recuperar el tiempo perdido.

La ducha fría

03-02-2009

Hoy he pasado dos veces por San Juan de Dios. Normalmente voy los martes, jueves y sábados a llevarle la prensa a Daniel y aprovecho para hacer con él una quiniela a medias con cuyo trajín ocupamos buena parte del tiempo que estoy allí, comentando la anterior y soñando con la siguiente. He de corregir un error de mi primera entrada sobre Daniel: no es del Real Madrid, como pensé en un principio, sino del Athletic de Bilbao, pero le gusta el fútbol a rabiar, en eso no me equivoqué. Su tío lleva el Marca los lunes, martes y miércoles, pero él me ha confesado que le gusta más el As, que es el que le llevo. Los domingos se ha de conformar sin prensa y aprovecha para hacer sudokus atrasados.

Por la mañana le encontré desmejorado, más pálido y sin fuerzas para levantarse de la cama. Por la tarde he ido a hablar con el  médico, un tipo muy amable con marcado acento del Este, y me ha dicho que no era nada, un poco de catarro. Su evolución es buena y para la primavera es posible que pueda salir, así que enseguida se lo he ido a contar a Daniel. He creído notar que le aliviaba saber la noticia, hasta ese momento y tras 48 horas de malestar severo nadie le había dicho qué le pasaba.

San Juan de Dios es un lugar extraño, lleno de contrastes. Convive la tecnología moderna (las camas son mejores que las del Yagüe) con un marcado espíritu decimonónico, en un ambiente cuyo decorado lo mismo puede servir para una novela rosa que para una película de terror. Y esto es extensible a los seres que aquel espacio habitan, desde la amable señora que hace de conserje en la ventanilla de la izquierda hasta el desahuciado de la silla de ruedas con la bolsa y la vida colgando. Me sorprenden muchas cosas de las que allí veo, aunque soy un simple visitante. Trataré de contar algunas otro día.

Pasar por el hospital de visita es, en cierto modo, terapéutico. Una ducha fría de realidad te devuelve al mundo con otra perspectiva sobre las preocupaciones que te atenazan. No te sientes mejor, pero lo que te rodea tiene otros colores cuando sales de allí.

Noticias de Daniel

10-12-2008

Hoy he ido a San Juan de Dios. No me ha costado mucho encontrar a Daniel, el compañero de hospital de quien hablé el día 1 de este mes y que prometí visitar en cuanto pudiera. No me siento bien en los hospitales, pero me ha sentado bien verle. Y él se ha alegrado mucho, estoy seguro.

Cuando me he presentado en su habitación no me reconocía. He tenido que refrescarle la memoria hasta encontrarme con su sonrisa, mezcla de alegría y sorpresa, cuando por fin ha caído en quién era ese sujeto de la cicatriz en la cabeza que de repente ha roto su monotonía. Luego hemos charlado un rato. Daniel no emite voz, pero sus gestos y la muda composición de la boca ayudan a entender algunas cosas.

Ahora sé más de él. Es de Burgos capital, no sé dónde vive, pero por toda familia tiene un tío (me da que tiene que ser muy mayor, pues Daniel, lo he sabido hoy, tiene más de setenta), quien le visita los lunes, miércoles y viernes. Le lleva la prensa deportiva y hace que se sienta menos solo. Daniel no sabe cuánto tiempo ha de estar allí. La enfermera, antes de entrar, me ha dicho que mi visita le vendría bien porque "anda algo alicaído".

He estado con él unos quince minutos y he vuelto a ver la chispa de sus ojos, más cuando le he asegurado que, cuando tenga un rato, preferiblemente los martes, jueves y sábados, le llevaré la prensa deportiva para que no pierda comba y siga las evoluciones del Madrid de Juan de Ramos. También he conocido a Antonio, su compañero de habitación, inmovilizado en la cama desde hace meses y con muchos dolores de espalda. Daniel ha aceptado como una ventaja su movilidad y creo que se compadecía del compañero.

Al salir me he encontrado con su médico. Tenía un acento raro, extranjero, pero era muy amable. Me ha dicho que Daniel está delicado, tiene problemas de cadera y de columna y su recuperación depende un tanto del ánimo que tenga. Si todo evoluciona bien, puede que abandone el hospital en tres meses, así que Daniel pasará las fiestas navideñas en la segunda planta del hospital. Como no tiene dientes le llevaré turrón del blando, he descubierto que le gusta mucho el dulce.

Daniel

01-12-2008

Cuando entré en la habitación estaba medio sentado, recostado sobre la cama en ángulo obtuso y con los pies en el suelo. Con la mano izquierda sujetaba un bastón que me pareció bonito, tenía empuñadura dorada como de cabeza de animal. En los pocos minutos que tardó la enfermera en aparecer con el pijama que debía enfundarme, pude observar que bajo aquel letrero de la cabecera donde se había escrito con rotulador azul la palabra DANIEL había un personaje peculiar en lo físico, que acumulaba en la mirada la fuerza expresiva reunida para establecer una comunicación. A mis buenas tardes respondió señalando en su garganta un agujero del tamaño de un euro desde cuyas profundidades sólo se apreciaba, en ocasiones, un sonido como de espuma de gaseosa. Certificada su mudez, observé el rostro que mostraba sin pudor la proximidad de la piel a la calavera, la cual, en ausencia de dientes, impelía hacia afuera la barbilla y dibujaba un trazo parecido a los cómic de Gallardo y Mediavilla.
De las anchísimas mangas del pijama que portaba salían unas manos huesudas que empalmaban con largos y delgados brazos, configurando un cierto aire quijotesco al que se sumaba con decoro hacia la triste figura una especie de joroba delantera con remates de pvc. Más tarde, cuando por la noche las enfermeras le ayudaron a acostarse, comprobé que aquel abultamiento era un artilugio desmontable, unido a su abdomen como prótesis necesaria para acumular lo que, sin dolencias, se evacuaría de forma más natural aunque menos profiláctica.
Antes de recibir mi atuendo hospitalario ya me había revestido de su esencia: la contemplación de esta persona, que mataba el tiempo viendo la televisión, me dejaba dentro de otro sistema de valores y ritmos distintos de los habituales, un mundo que por lo general entregamos al olvido cuando no nos afecta.
Al entrar, la enfermera dejó caer un raído pijama sobre la cama que iba a ser depósito de mis huesos y se dirigió a quien sería mi compañero de cuarto, o yo el suyo: "Mira Daniel, ya tienes compañía", a lo que el interpelado respondió con un gesto cascarrabias que hizo sonreír a la de bata blanca.
Mientras sustituía mis ropas por las de la institución comenté algo del partido que echarían después y sus ojos se iluminaron. Me enseñó la portada del As que tenía en la mesilla y supe que su próxima alegría sería la de ver al Real Madrid jugando sobre el frío de Rusia. Le dije que yo era del Atleti y esbozó una sonrisa socarrona que me provocó a reír cuando la sumó al gesto de agarrar el bastón para atizarme. Creí ver a un abuelo jugando con el nieto y disfrutando de sus pequeños tropezones.
Mediado el partido, y sin mediar palabras, ambos habíamos aceptado nuestra mutua conveniencia: le ayudé en lo que me dejó, con la bandeja de la cena, acercando el agua que mantenía fresca en su ventana y a fijar nuevas posiciones de la cama eléctrica a la que estaba sentenciado. Por mi lado, sentí alivio de no estar obligado a fabricar conversaciones de conveniencia y tener tiempo para leer sin distracciones.
De repente, el televisor dejó de emitir el partido. Daniel cogió una tarjeta de encima de la mesilla y la señaló con el gesto inequívoco de estar diciendo "esto es un robo". No tardé ni tres minutos en coger la tarjeta, salir al pasillo de la planta y recargarla en la máquina con las monedas que tenía sueltas, lo que según las instrucciones daría para varias horas. Cuando se la ofrecí sus ojos volvieron a brillar antes de entregarse a la continuación del encuentro.
Por la noche dormí poco. Daniel estaba despierto. Lo supe aunque no hacía ruido, ni una protesta crepitaba en su vela paciente, sumido en una resignada y contemplativa calma.
Muy temprano, vinieron buscándome para llevarme al quirófano. Cuando abandonaba la habitación a bordo de la cama que pilotaba el celador alcancé a ver la mirada de Daniel y supe que decía "suerte".
Treinta horas después me regresaron en el mismo bólido, acompañado de muchos tubos y frascos goteantes enganchados a mis venas. Con el único ojo que me permitía ver, como entre cortinas, atisbé de nuevo la mirada de Daniel, sonriente, sin duda alegre por volverme a ver. Molesto por casi todo, la presencia del viejo en la habitación me iba devolviendo a una cierta normalidad.
De entre aquella duermevela recuerdo un detalle, cuando mi hermana hojeaba un periódico, llegando a la página de las esquelas Daniel esgrimió su bastón y apuntó hacia ellas, señalando al tiempo con el pulgar de la otra mano hacia su pecho. Daniel le decía "yo voy a estar ahí, tenía que estar ahí", entre bromas y veras. Mi hermana le reprendía cariñosamente con un "ánimo, Daniel, no diga eso que está usted aún muy vivo".
Por la tarde hice un nuevo viajecito, esta vez para conseguir una placa de rayos X, instantánea que por aquello de los ritmos antedichos se demoró más de una hora. Al regresar me informaron de que se me cambiaba de habitación, necesitaban la nuestra libre para nuevos ingresos. "¿Y Daniel?", pregunté. "Se lo han llevado a San Juan de Dios. Te ha dejado la tarjeta de la tele".
Sentí rabia. La decepción se apoderaba de mi escasa consciencia e invadía mi ánimo un malhumor que trataba de buscar argumentos en todo lo que me parecía que funcionaba mal. De repente, encontraba en lo que me rodeaba suficientes fallos como para la protesta más airada. No fue hasta la noche, algo más conforme, cuando supe por mi hermana que a Daniel no venía a verle nadie, pero no logré averiguar la clase, gravedad o pronóstico de su dolencia ni por qué le habían llevado a San Juan de Dios.
Cuando abandoné el hospital, con la felicidad del liberado, regalé la tarjeta de la tele que me dejó Daniel al compañero que quedó en la habitación, yo no la había usado. Horas después, ya en casa, traté de recordar el nombre del beneficiario final pero no fui capaz, curiosamente recordaba los rostros de sus familiares, que casi nunca le dejaban solo.
He pensado que, cuando pueda salir de casa, me voy a a acercar a San Juan de Dios. La necesidad de preguntar por él y de visitarle no se me aparta de la cabeza. Quisiera poder transmitirle esa "suerte" con la que me despidió aquella mañana y que verdaderamente le sirviera para algo. Y quiero recargar su tarjeta de la tele hasta colmarla.

BLOG DEL DIRECTORCV
PABLO MIGUEL SIMÓN
(Duruelo de la Sierra - Soria, 1961)

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza (1984).

Fui fundador de la revista local Faztor y del colectivo cultural Factoría de Enormidades en 1987, colaborador en el suplemento Todomundo de Diario de Burgos y habitual guionista de programas musicales en Radiocadena Española y Radio Nacional de España (Radio 4) en los años ochenta.

En 1989 me incorporé como redactor a Diario 16 Burgos, donde coordiné la sección de Cultura y dirigí el suplemento Puntos de Vista 16.

En 1992 fui nombrado director del periódico quincenal La Prensa en el Aula, de distribución nacional.

Por encargo del Banco Central Hispano realicé en 1994 la adaptación de un centenar de cuentos infantiles publicados en edición limitada.

Ese mismo año participé en la creación del suplemento semanal infantil Vivo para Diario de Burgos, que supervisé durante 96 números.

Desde 1997 me dedico de lleno al mundo de las publicaciones y la publicidad y he dirigido la producción de obras editoriales como las unidades didácticas La Historia de Castilla y León y La Geografía de Castilla y León, editadas por la Fundación Villalar.

Fui fundador y primer director del gratuito La Palabra de Burgos (2006) y actualmente pongo todo mi ánimo en hacer de La Palabra Digital un espacio de comunicación moderno y necesario para los burgaleses de aquí y de allá.

Además de eso he sido pinche, botones, leñador, camarero, pinchadiscos, monitor, profesor, guionista, jefe de prensa y alguna cosa más. De todo ello he tratado de aprender algo.

Estoy casado y tengo una hija: para ella deseo un mundo más justo y por eso lucho cada día.
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