
De los 300.000 burgaleses que tienen derecho a voto, más de 200.000 se quedarán sin expresar su voluntad en las próximas elecciones europeas. No es un caso particular, sino el resultado de aplicar las estadísticas que se barajan en las previsiones para un sufragio de poco interés entre la ciudadanía. La demostración más clara de que al ciudadano le preocupa más lo que tiene más cerca es el grado de participación –y el de abstención– en las elecciones municipales, autonómicas y generales. Europa queda lejos, aunque presumamos de ser los primeros europeos.
La metodología de nuestra democracia establece mucha distancia entre el acto de votar y la participación en los resultados, pues la combinación de criterios territoriales y fórmulas de reparto de escaños propicia la aniquilación de las minorías en favor de la tiránica preponderancia de la dualidad derecha/centro: la izquierda, en su sentido político, dejó de existir hace décadas como opción en la ideología de los partidos, digan lo que digan las siglas históricas. La verdadera izquierda, también a causa de su filosofía de la participación directa, ha perdido la batalla del poder porque en este juego su dado saca siempre el uno, mientras los grandes partidos sacan seis.
Es por ello que la composición de la masa abstencionista se nutre fundamentalmente de personas afines a la izquierda, a quienes el sistema decepciona cada día más. Condenados a su existencia silenciosa, conforman un colectivo numeroso pero disperso, incapaz por tanto de organizarse adecuadamente para optar a conseguir representación. Si eres de izquierda, gobierne quien gobierne siempre sufrirás las consecuencias de una política conservadora, como lo es la de Zapatero: aunque clamen los pregoneros de la moral no razonada y lo presenten como un demonio rojo, muy rojo, su política no pasa de ser una tímida socialdemocracia en un selvático entorno neoliberal. La banca siempre gana es el corolario inamovible.
La distancia es el mal de nuestra democracia, una enfermedad que ya puede contar con nuevas terapias, merced a los avances tecnológicos y la digitalización de nuestra burocracia. No es imposible propiciar la participación social continua, ejecutada de forma individual y en periodos cortos de tiempo; no es imposible desencorsetar las listas electorales ni sustituir las proporcionalidades diferidas por las directas, lo que sería muchísimo más justo; tampoco sería imposible censurar o retirar la confianza a los políticos que no cumplen con sus promesas de manera inmediata, sin esperar el ciclo de los cuatro años.
Pero aquí pasa como en el fútbol: con el dinero que mueve y la trascencencia social que representa, es muy bananero que no haya un sistema digital para controlar si el balón ha entrado o ha salido, o si existe fuera de juego: con unos chips en botas y balón, células fotoeléctricas y arbitrajes electrónicos se acabaría con la violencia en el fútbol. Existe el remedio, pero no se aplica porque no interesa a quienes viven de la putrefacción de este deporte y mueven el dinero con él. Del mismo modo, en política existen los tratamientos curativos, pero la farmacopea está hipotecada por el capital y a mucha distancia de generar salud.

El triunfo de los propósitos de Chávez en Venezuela mueve de nuevo a la reflexión sobre el verdadero valor de la democracia, ese sistema "menos malo" deseado por los que no lo tienen y descorazonador para sus usuarios. Digo esto porque la democracia se ha demostrado incapaz de solucionar por sí misma algo tan básico como la injusticia social y estamos a años luz de conseguirlo.
La mecánica de Chávez no es muy distinta de la que aupó a Hitler al poder, basada en una eficaz propaganda que modela el comportamiento de las masas y es capaz de poner vendas en los ojos ante todo lo que tiene de malo el personalismo dictatorial. Sistemas democráticos hay muchos, pero ninguno se libra de la manipulación propagandística que se elabora en despachos de comunicación y que no tienen voluntad de enseñar, demostrar o razonar, sino exclusivamente de convencer al votante.
El mecanismo funciona tan bien que esta labor de propaganda supone el mayor gasto en los procesos políticos. Puestos a ello, los pastores de turno olvidan la verdadera función de llegar al gobierno: convertirse en principales servidores públicos, trabajadores de la sociedad comprometidos con ella. En su lugar buscan en sus cargos el medre personal y partidario y se permiten incluso traicionar la confianza de la masa votante, seguros de que pocas conciencias se resisitirán al atractivo de una buena campaña.
Mirar alrededor es darse cuenta de cómo las democracias engañosas no son más que dictaduras con permiso en las urnas. Las mayorías absolutas suelen propiciar esos fenómenos, ni siquiera tenemos que viajar fuera de nuestra región para comprobarlo. Venezuela está aquí mismo, nada más salir de casa.

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