El Correo de Burgos ha mejorado su diseño. Es bastante evidente, han conseguido rebajar ese formalismo decimonónico de su anterior tabloide que, la verdad, no le hacía ningún bien. Sin embargo, sintonizaba mejor con el fondo de la publicación, que no consigue despegarse de la misantropía desde su creación.
Los nuevos tipos están, pues, al servicio de los tipos de antes y en la línea argumental de la cabecera que lo contiene. En definitiva, un nuevo peinado para seguir luciendo la cabellera que tan bien se lava y marca con las comunicaciones de la Junta de Castilla y León.
No seré yo quien se pregunte por primera vez cómo es posible que una publicación tan poco diferenciada con la línea política de la competencia y que porta en sus páginas tan poca publicidad –por la lógica de su escasa difusión– se mantiene vivo y puede pagar a su plantilla de profesionales. La explicación podría encontrarse no en Burgos, sino en Valladolid y León, escenarios propios y comunes de los acuerdos entre la Junta y El Mundo de Castilla y León, que capitanea Óscar Campillo para mayor gloria de Pedro J.
Del señor Campillo guardo una anécdota personal (con mi persona) que algún día contaré. Hoy interesa más significar que los nuevos ropajes no supondrán una mejor oferta informativa ni un criterio de opinión que permita a El Correo de Burgos ganar lectores, teniendo que servir bien a quien sirve. Con el futuro asegurado mientras alabe a los que hoy mandan, su única preocupación debe de ser que continúen mandando.

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