
Recoge el obituario de hoy el fallecimiento de Eloy Acero, cuyo nombre conoce todo Burgos asociado al crujir de las patatas fritas más sabrosas de la infancia. La mía, que transcurrió muy cerca del establecimiento de Los Vadillos donde se despachaba el género –en ese local repleto de olor a frito, pero no a fritanga– entretenía un buen rato los domingos en guardar la cola que pacientemente formaban decenas de burgaleses con el fin de comprar la reglamentaria bolsa de cuarto, que era de papel y se daba abierta para que en el camino a casa desaparecieran unas cuantas, calentitas, aromáticas, un lujo para el paladar que crepitaba en los dientes.
Cuando un burgalés se encuentra con otro en lejanos territorios, llegado el caso de compartir unas patatas fritas de bolsa, no es raro que surja el nombre de Eloy Acero como seña de identidad común. Me ocurrió una vez en un camping portugués, cerca de Sintra, un suceso que da fe de lo antedicho, cuando por una bolsa de estas patatas compradas "para el viaje", que sobrevivió parcialmente al mismo, nos reconoció como paisanos una pareja de burgaleses que acampaba allí. Aunque se fueron al día siguiente, pasamos un buen rato charlando de nuestras comunes procedencias y nos dieron buenos consejos para disfrutar de aquella estancia.
Siempre que viajamos a Málaga completamos el maletero del coche con grandes bolsas de patatas para saciar añoranzas de la familia, especialmente de mi sobrino Rodrigo. Las colocamos con mucho cuidado y estudio espacial –casi un problema de ingeniería– para que lleguen íntegras, más o menos, a su destino; donde desaparecen en un visto y no visto, tris tras. El nombre de Eloy Acero sabe a Burgos y se hace querer, ojalá su secuela siga haciendo muchos años tan buenas patatas para que los burgaleses conservemos esa crujiente seña de identidad.

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