
Un día apareció de repente. No sabíamos lo que era pero brotaba caóticamente del alero gigante del Mercado Sur. Tan nuevecito, pensé, y ya le ha salido una pupa.
Pero hete aquí que encienden las luces y, atando cabos, nos damos cuenta de que es un adorno de Navidad. No me atrevo a sugerir un estilo artístico, tal vez un empacho de cocina desestructurada de Ferrán Adriá mezclada con un sueño surrealista de Dalí y un poco de esencia de Picasso, planteo. Suena a moderno, cuando menos.
O tal vez represente la estrella de la Navidad con toda su cola estampada contra el friso, como anunciando el belén que subyace en esta obra y el camino de adoración con que se ha ejecutado. La estrella, desorientada por la crisis, se suicida precipitándose contra el mercado. Y que cada cual persiga su alegoría particular.
Eso sí, conserva la magia incandescente del alimento divino y no se apaga aunque salga el sol, no sea que los Reyes se vayan a perder...

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