
Algunos visionarios ya advirtieron que en nuestro encomiable modelo nacional de salud aparecerían numerosas grietas cuando las competencias sanitarias fueran administradas por las comunidades autónomas. No hacía falta tener carné de profeta para imaginar lo que iba a ocurrir, que es lo que ocurre, la creciente desigualdad –inconstitucional– entre los españoles en lo que a protección sanitaria se refiere, dependiendo del lugar en donde vivan.
Determinadas comunidades autónomas, como es el caso de Navarra o el País Vasco, cuentan con una calidad asistencial que está a mucha distancia de la nuestra, gracias a su fiscalidad especial y a la importancia que se le da al tema en sus respectivos gobiernos. Si la Junta quiere saber por qué un buen número de treviñeses, incluso mirandeses, preferirían ser vascos –mírese la estadística– tiene en esta razón la respuesta con mayor incidencia en las encuestas.
El hospital de Burgos sufre desde que la Junta de Castilla y León asumió las competencias en materia de Sanidad un deterioro progresivo de calidad asistencial, que contrasta con el incesante desarrollo de infraestructuras y dotaciones experimentado en los hospitales de Valladolid, un proceso coronado con el flamante hospital Río Hortega que Herrera inauguró con la carótida hinchada. El desplante realizado por el presidente de la Comunidad al Servicio de Oncología burgalés, capitalizado en la promesa que arrancó el doctor García Girón y que ahora se ha incumplido, es sólo una prueba más de la absoluta falta de respeto que nuestro paisano tiene con los intereses de esta ciudad y su provincia.
En los medios escritos locales se viene aplicando con sistematismo subvencionado la estrategia de la confusión, que tantas veces ha dado buenos frutos. Sólo hay que observar lo que publican y lo que callan: muestra de lo que publican puede ser la entrevista aparecida en Diario de Burgos un domingo con el consejero de Sanidad, repleta de trucos envolventes, y ejemplo de lo que callan el ejemplar del viernes pasado del subproducto Gente, que no dedica ni una sola línea a un tema de trascendencia descomunal para la ciudad que parasita: otra muestra más de la ética, la profesionalidad y la altura periodística de su directora y directores de producto, adjuntos y disjuntos.
Es loable que la Cadena SER mantenga la línea de objetividad marcada desde un principio y sea el único medio en el que se percibe información de calidad acerca del tema, sobre todo porque las verdaderas fuentes de la noticia, que son los perjudicados, encuentran en esas ondas la posibilidad de expresarse sin trabas. Sin esta labor el resto de medios haría como el Gente, callarse la boca y seguir facturando publicidad a la Junta.
Gracias a esta emisora –a la que felicito por los datos del EGM– me he enterado de que el Consejo Genético de Burgos, al igual que otros servicios prestigiosos del Yagüe, nació por iniciativa de unos cuantos doctores con inquietud profesional y muchas ganas. Conseguido el prestigio con medios muy escasos, la Junta apareció en escena y desde entonces todo ha ido a peor. Para que el servicio funcione bien se necesita abarcar un espectro poblacional importante, que se cubre entre las provincias dependientes hasta hoy del Consejo Genético de Burgos. El nuestro y el de Salamanca llevan años reclamando dotaciones y medios a Valladolid para mejorar su desarrollo, por lo que la adjudicación de dos millones de euros para la creación del Consejo en el Río Hortega es un puñetazo en el hígado de los profesionales que tanto han luchado por este servicio en Burgos, cercenado ahora en índice poblacional y destinado a extinguirse en un plazo no muy largo.
La coartada de la Consejería de Sanidad se argumenta sobre las listas de espera, que gracias a la interesada lentitud de los laboratorios dependientes de la propia Consejería ha aumentado en los últimos tiempos. Escuchando al doctor García Girón hablar sin pelos en la lengua he pensado en esa gente que ha debido esperar más tiempo para ser atendida o diagnosticada de algo muy grave: si esa dilación se ha realizado de modo artificial por intereses políticos sería un escándalo mayúsculo. Pero, ¿quién lo va a contar?
Para esta realidad la explicación más sencilla nace del modelo sanitario que el Gobierno regional está diseñando, y que se resume en un centralismo ignorante de la periferia. Los pucelanos tienen muchas razones para estar contentos, tal vez también porque los burgaleses somos los más perjudicados: desde que se inició el hospital privado nos han "birlado" más de 150 millones de euros de los presupuestos para la provincia, contando como aportación regional lo que en realidad pone el consorcio que promueve esa infraestructura. El cinismo llega a tal altura que se permiten afirmar, ejercicio tras ejercicio, que las inversiones aumentan en nuestra provincia un pico por ciento.
Los burgaleses pagaremos de nuestros bolsillos pacientes lo que ese hospital está costando, incluso el sobreprecio generado por el retraso injustificable que acumula. Pero, además, para cuando funcione, los servicios que tienen poca rentabilidad asistencial estarán en Valladolid y no aquí, porque ramas como la Oncología o la Cirugía Torácica necesitan mucha inversión en equipos técnicos y humanos: malo para el negocio. Gracias a esos gobernantes, que esta sociedad y una ley electoral oxidada han puesto ahí, los que vivimos al lado del Arlanzón seremos paganos de lo tuyo tuyo y lo mío nuestro, porque siempre nos han contado que es al contrario y nos lo hemos creído.
El día 17 hay una nueva manifestación y muchos burgaleses concienciados saldrán a exponer sus conciencias. Todos intuimos que servirá de poco, pero unos cuantos pensamos que se nos debe oír. Aunque no escuchen.

Cuando desde La Palabra llamábamos a la movilización de los burgaleses contra los planes sanitarios de la Junta de Castilla y León media ciudad nos echó en cara que éramos unos alarmistas. Los responsables del Consejo Genético del Cáncer se reunieron con Herrera y salieron muy contentos, desconvocaron la huelga y dijeron que todo estaba arreglado.
Unos pocos miles de burgaleses se plantaron entonces, bajo la lluvia, ante un hospital General Yagüe que agoniza con la desidia de la Junta de Castilla y León. El hospital privado lleva un año de retraso y cuando funcione nos daremos cuenta de sus carencias y sobreprecios, la sanidad en Burgos ha dado un vuelco lamentable en su tendencia de prestigio y sus mejores servicios se decapitan o sufren recortes a golpe de implacable bisturí.
Vuelvo a decir que tenemos lo que merecemos por falta de celo en defender lo nuestro. Pero a lo mejor por decirlo me demonizan más aún y los que mandan en estas futuras tierras yermas me envían algún muñeco diabólico de esos que tan bien programan para las miserias mafiosas. No importa, me arriesgaré: reventaría si me aguantara gritar, ahora que puedo, que los mismos mentirosos de siempre han vuelto a engañar a todo el pueblo burgalés. Ahora a ver quién saca a la calle a tanto perezoso conformista como hace falta para que nuestro ruido no parezca pedo de princesa en los oídos del paisano Augusto Herrera. Siempre los mismos, con la misma estrategia, acabarán llevándoselo todo; han comprobado que mintiendo no les crece la nariz y le han cogido gusto, porque siguen felices comiendo perdices...
Y azulín, azulado, con Burgos habremos acabado.

Esa canción ya no se oye, pero en mi infancia era de las primeras en el "hit parade" de las burlas inocentes: a los tontos de Carabaña se les engañaba con una caña y, si tenías la desgracia de sufrir una broma por exceso de candidez o merced a la inocencia del bienintencionado, te lo cantaban sin misericordia y con no poco sarcasmo.
La cancioncilla me ha venido a la memoria tras leer en el blog de Ángel Olivares que queda muy poco para "la primera demostración de las falsedades en torno al nuevo hospital", pues Herrera anunció hace 4 años (cuando se instaló la valla publicitaria de la foto) que el 29 de julio de 2009 ingresaría el primer paciente en él y eso va a ser materialmente imposible. Porque las obras, según nos cuentan, llevan hoy un retraso de un año.
Olivares opina que "con ello se pondrá de manifiesto que uno de los pilares que justificaron esta encubierta privatización de la sanidad pública era falso. Se dijo que mediante este sistema se garantizaba que el hospital se construiría y entraría en servicio mucho antes que si la gestión fuera totalmente pública. Nunca se han molestado en argumentar tal afirmación porque ello supondría que la Junta de Castilla y León reconocería su propia incapacidad para gestionar los asuntos públicos".
No puedo estar más de acuerdo, todas las falacias posibles se han utilizado para conseguir que la Comunidad se ahorre las inversiones sanitarias, a las que como ciudadanos tenemos derecho, para poner nuestros intereses en manos de empresarios privados que persiguen lucro a costa de la salud. Lo que venga tras la primera mentira, todo lo demás, no debe sorprender aunque cabree: la lógica pesa mucho más que la fantasía, sólo hay que esperar al tiempo para que su brisa despeje la niebla.
Aún recuerdo, con el soniquete de la cancioncita, al entonces consejero de Sanidad, César Antón –¿"pirulero"?– duchándose en agua de Carabaña y quedando tan fresco tras afirmar –en nuestra propia ciudad, vino a decir eso– que el "esfuerzo" de Burgos asumiendo la privatización del hospital iba a permitir al resto de los hospitales de la región ser de titularidad pública.
Nosotros, como siempre, tan contentos. Los pobres tontos de Carabaña eran engañados con una simple caña. Aquí ni siquiera hace falta, por eso a lo mejor la cancioncilla se ha extinguido.
Cuando entré en la habitación estaba medio sentado, recostado sobre la cama en ángulo obtuso y con los pies en el suelo. Con la mano izquierda sujetaba un bastón que me pareció bonito, tenía empuñadura dorada como de cabeza de animal. En los pocos minutos que tardó la enfermera en aparecer con el pijama que debía enfundarme, pude observar que bajo aquel letrero de la cabecera donde se había escrito con rotulador azul la palabra DANIEL había un personaje peculiar en lo físico, que acumulaba en la mirada la fuerza expresiva reunida para establecer una comunicación. A mis buenas tardes respondió señalando en su garganta un agujero del tamaño de un euro desde cuyas profundidades sólo se apreciaba, en ocasiones, un sonido como de espuma de gaseosa. Certificada su mudez, observé el rostro que mostraba sin pudor la proximidad de la piel a la calavera, la cual, en ausencia de dientes, impelía hacia afuera la barbilla y dibujaba un trazo parecido a los cómic de Gallardo y Mediavilla.
De las anchísimas mangas del pijama que portaba salían unas manos huesudas que empalmaban con largos y delgados brazos, configurando un cierto aire quijotesco al que se sumaba con decoro hacia la triste figura una especie de joroba delantera con remates de pvc. Más tarde, cuando por la noche las enfermeras le ayudaron a acostarse, comprobé que aquel abultamiento era un artilugio desmontable, unido a su abdomen como prótesis necesaria para acumular lo que, sin dolencias, se evacuaría de forma más natural aunque menos profiláctica.
Antes de recibir mi atuendo hospitalario ya me había revestido de su esencia: la contemplación de esta persona, que mataba el tiempo viendo la televisión, me dejaba dentro de otro sistema de valores y ritmos distintos de los habituales, un mundo que por lo general entregamos al olvido cuando no nos afecta.
Al entrar, la enfermera dejó caer un raído pijama sobre la cama que iba a ser depósito de mis huesos y se dirigió a quien sería mi compañero de cuarto, o yo el suyo: "Mira Daniel, ya tienes compañía", a lo que el interpelado respondió con un gesto cascarrabias que hizo sonreír a la de bata blanca.
Mientras sustituía mis ropas por las de la institución comenté algo del partido que echarían después y sus ojos se iluminaron. Me enseñó la portada del As que tenía en la mesilla y supe que su próxima alegría sería la de ver al Real Madrid jugando sobre el frío de Rusia. Le dije que yo era del Atleti y esbozó una sonrisa socarrona que me provocó a reír cuando la sumó al gesto de agarrar el bastón para atizarme. Creí ver a un abuelo jugando con el nieto y disfrutando de sus pequeños tropezones.
Mediado el partido, y sin mediar palabras, ambos habíamos aceptado nuestra mutua conveniencia: le ayudé en lo que me dejó, con la bandeja de la cena, acercando el agua que mantenía fresca en su ventana y a fijar nuevas posiciones de la cama eléctrica a la que estaba sentenciado. Por mi lado, sentí alivio de no estar obligado a fabricar conversaciones de conveniencia y tener tiempo para leer sin distracciones.
De repente, el televisor dejó de emitir el partido. Daniel cogió una tarjeta de encima de la mesilla y la señaló con el gesto inequívoco de estar diciendo "esto es un robo". No tardé ni tres minutos en coger la tarjeta, salir al pasillo de la planta y recargarla en la máquina con las monedas que tenía sueltas, lo que según las instrucciones daría para varias horas. Cuando se la ofrecí sus ojos volvieron a brillar antes de entregarse a la continuación del encuentro.
Por la noche dormí poco. Daniel estaba despierto. Lo supe aunque no hacía ruido, ni una protesta crepitaba en su vela paciente, sumido en una resignada y contemplativa calma.
Muy temprano, vinieron buscándome para llevarme al quirófano. Cuando abandonaba la habitación a bordo de la cama que pilotaba el celador alcancé a ver la mirada de Daniel y supe que decía "suerte".
Treinta horas después me regresaron en el mismo bólido, acompañado de muchos tubos y frascos goteantes enganchados a mis venas. Con el único ojo que me permitía ver, como entre cortinas, atisbé de nuevo la mirada de Daniel, sonriente, sin duda alegre por volverme a ver. Molesto por casi todo, la presencia del viejo en la habitación me iba devolviendo a una cierta normalidad.
De entre aquella duermevela recuerdo un detalle, cuando mi hermana hojeaba un periódico, llegando a la página de las esquelas Daniel esgrimió su bastón y apuntó hacia ellas, señalando al tiempo con el pulgar de la otra mano hacia su pecho. Daniel le decía "yo voy a estar ahí, tenía que estar ahí", entre bromas y veras. Mi hermana le reprendía cariñosamente con un "ánimo, Daniel, no diga eso que está usted aún muy vivo".
Por la tarde hice un nuevo viajecito, esta vez para conseguir una placa de rayos X, instantánea que por aquello de los ritmos antedichos se demoró más de una hora. Al regresar me informaron de que se me cambiaba de habitación, necesitaban la nuestra libre para nuevos ingresos. "¿Y Daniel?", pregunté. "Se lo han llevado a San Juan de Dios. Te ha dejado la tarjeta de la tele".
Sentí rabia. La decepción se apoderaba de mi escasa consciencia e invadía mi ánimo un malhumor que trataba de buscar argumentos en todo lo que me parecía que funcionaba mal. De repente, encontraba en lo que me rodeaba suficientes fallos como para la protesta más airada. No fue hasta la noche, algo más conforme, cuando supe por mi hermana que a Daniel no venía a verle nadie, pero no logré averiguar la clase, gravedad o pronóstico de su dolencia ni por qué le habían llevado a San Juan de Dios.
Cuando abandoné el hospital, con la felicidad del liberado, regalé la tarjeta de la tele que me dejó Daniel al compañero que quedó en la habitación, yo no la había usado. Horas después, ya en casa, traté de recordar el nombre del beneficiario final pero no fui capaz, curiosamente recordaba los rostros de sus familiares, que casi nunca le dejaban solo.
He pensado que, cuando pueda salir de casa, me voy a a acercar a San Juan de Dios. La necesidad de preguntar por él y de visitarle no se me aparta de la cabeza. Quisiera poder transmitirle esa "suerte" con la que me despidió aquella mañana y que verdaderamente le sirviera para algo. Y quiero recargar su tarjeta de la tele hasta colmarla.
Ayer el presidente Herrera y yo teníamos obligaciones importantes, cada uno las suyas. Juan Vicente, el burgalés ausente, como ya se le rima por ahí (desconozco la cualidad de la ausencia, porque físicamente a veces se da una vuelta y come pinchos), se dio un baño de gloria en el Hospital Río Hortega de Valladolid, una superproducción clínica que sorprendería al propio Spielberg y que ha costado a los ciudadanos de Castilla y de León 250 millones de euros, 50 de ellos en equipamiento. Bah, no es nada, considerando que para toda la provincia burgalesa la hucha comunitaria destina en 2009 poco más de 170 millones todos tenemos que estar contentos. Y el que no lo esté, ya se sabe, es un rastrero, un intoxicador y un elemento prescindible en esta Comunidad que cada vez se parece más a Disneylandia, donde es normal que el Tío Gilito y los Golfos Apandadores se lleven bien.
Cuando Herrera habla se le llena la boca. Ayer deglutió cifras, que arrojan la cantidad de 1.000 millones de euros gastados desde 2002 en infraestructuras sanitarias, y, entre bocado y bocado de jamón salmantino y pucelano, introdujo la morcilla hospitalaria burgalesa que como todo el mundo sabe no la construye la Junta, sino unos cuantos socios que ponen dinero para cobrarlo después a los usuarios . Entre mordisco y mordisco nunca acierta a decir que la morcilla los burgaleses la pagamos dos veces pero que estamos contentos, porque es morcilla, y es muy nuestra, por eso no hemos protestado mucho y le volvimos a votar para que siguiera chupando del pellejo relamido.
Dos horas estuvo Herrera en el hospital vallisoletano, sin síntomas previos y con pronóstico nada reservado, magnífico chequeo que aporta vitaminas al plan cesáreo cum imperium regional fusionado. Yo pasé dos horas recorriendo Logroño, esa ciudad que se conectará con la nuestra vía autovía andando el tiempo, que en el Camino de Santiago los siglos son bobada y siempre se ha hecho así, andando.
Disfruté mucho viendo Logroño, estudié cuatro años allí en los setenta y lo que fue una ciudad modesta y campesina es hoy un ejemplo de urbanismo y sostenibilidad ciudadana, con infraestructuras espectaculares: rondas de circunvalación, campo de fútbol, auditorio, recintos deportivos, hospitales... Todo parece nuevo, recién pulido. En un cuarto de hora rodeas completamente la ciudad por el exterior, cruzas dos veces el Ebro y llegas al centro en cinco minutos desde cualquier punto. Observas sus parques, sus fuentes, su Gran Vía, su casco viejo y no puedes más que reconocer que Logroño atesora una gran calidad de vida que se manifiesta hasta en la cara de los transeúntes. Eso sí, no levantó la niebla y hacía más frío que aquí, en eso sorprendentemente ayer les ganamos.
Hay muchos burgaleses que creen vivir en la mejor ciudad del mundo, porque el amor no se expresa con los ojos abiertos. Sería buena idea organizar una suscripción popular para enviar a nuestros concejales de excursión, visitando ciudades como Logroño, Vitoria o Pamplona para ver si lo de la inspiración es algo que se pega. Pueden acompañarles todos esos que creen cuando ven una acera en obras que vivimos en la Arcadia y que el Ayuntamiento lo hace todo bien, pero que se paguen ellos mismos el bocadillo.
Y no se preocupen los burgaleses más viajados, quemados por tanto agravio regional y discriminación negativa con esta tierra, van a poder ser atendidos en Valladolid, pues su nuevo hospital contará con una unidad especializada en quemaduras graves. Estamos salvados, todo lo que es bueno lo podemos encontrar a cien kilómetros de distancia.

Confieso que he intentado no atender ese congreso del PP en el que nuestro paladín Herrera ha vuelto a ser aclamado como paterfamilias de la derechona comunitaria. Me aburre el tono de esta gente cuando comunica su exultante poderío a fuerza de palabras polisílibas del tipo "compromiso" y "arremangarse", llenando de fonemas el vacío de ideas realmente populares, salpicando de brillantes salivazos su discurso e iluminando con la vena hinchada la teatralidad de sus apariciones públicas.
Es imposible sustraerse a la potencia del aparato de comunicación que pone en juego el Partido Popular, bajo el palio de mensajeros uniformados atentos a la soldada y ávidos por reverenciar a sus jefes, asi que me he enterado de que la derecha se "refuerza" sin renovarse y de que el tema de las cajas de ahorro progresa adecuadamente hacia el objetivo de la fusión con mayúsculas, a través de mecanismos que disfracen el proceso y dividan los impactos para minimizar las reacciones adversas.
Nuestros ahorros, en un par de años si nada lo remedia, se gestionarán desde Valladolid con el criterio de quienes han dejado Burgos como un erial decadente, los que consideran que el camino más corto de Madrid a Europa no pasa por aquí ni por Aranda de Duero y los que promueven en esta ciudad el único hospital público de la región sustrayendo además el dinero que cuesta, que lo pagan otros, de lo que nos toca percibir en los presupuestos. ( http://www.lapalabradigital.es/blogs/director/2008-10-16 ).
No pasa nada, aquí nunca pasa. La fuerza de la propaganda (ya hablaré en su día de cómo se paga) del PP es doctrina para un pueblo ignorante de que la derecha envuelve con lacitos de moralidad la verdadera finalidad de sus intenciones, no distintas a promover el liberalismo económico favoreciendo siempre al patrón, al rico, al terrateniente.
Si sólo los verdaderamente interesados en esa política votaran a la derecha su presencia en las instituciones sería marginal. Sin embargo, esa doctrina teledirigida provoca un curioso fenómeno en buena parte de la ciudadanía, que se comporta como las hordas futbolísticas en manos de la pasión y nunca de la razón. Y es que, como dice mi compadre Abel, "no hay nada más tonto que un proletario de derechas".
No es que sea yo un avispado economista, bien al contrario, lo de los números me acaba poniendo dolor de cabeza. Sin embargo, trato de entenderlos con más tozudez que perspicacia y, a veces, consigo ver algo de luz en la ciencia de Pitágoras. No sé si andaré errado, o si hay que herrar a quienes \"defienden\" lo nuestro, el caso es que en los presupuestos de Castilla y León para 2009 me salen mal las cuentas en lo que a Burgos y, sobre todo a la capital, va tocando. En principio, me parece un atentado contra las posibilidades de desarrollo de la ciudad olvidarse de una partida para la remodelación de la depuradora, una necesidad cada vez más acuciante que en un par de años (se tarda el doble en ampliarla) provocará el colapso cloacal por incapacidad de gestión de cuanta materia nauseabunda vierten industrias y particulares. En palabras de mi amigo Abel, \"nos comerá la mierda\" más pronto que tarde y nadie se preocupa de llamar al fontanero. Luego, se me antoja ridícula la partida establecida para desarrollar el proyecto museográfico del Museo de la Evolución, 420.000 euros no dan para muchos dispendios en nuevas tecnologías y recursos de impacto que atraigan miles de visitantes.
Pero lo mejor es lo del hospital: se anuncian 70 millones de euros en clave de \"financiación extrapresupuestaria\" que son los que el consorcio privado gasta en su construcción, pero que en ningún caso salen de las arcas comunitarias. Sin embargo, esos 70 millones se suman a la cifra destinada a Burgos conformando un total de 235 millones de euros, lo que significa según el organismo regional un 3,8 por ciento de incremento sobre los presupuestos del año pasado.
El ahorro de la Junta por hacernos tragar con el hospital privado no sólo no repercute en Burgos con mayores partidas para otras necesidades, sino que viene a restar nuestra dotación presupuestaria en un 30 por ciento, porque en realidad lo que la Comunidad nos dará en 2009 son 165 millones de euros. Parece mentira, con tanto prócer del desarrollo local nadie se ha rasgado la camisa ante semejante atraco.
Por contra, todos estamos tan contentos, porque el presidente no oculta lo que le gusta comer morcilla cuando viene: con eso el burgalés parece sentirse bien pagado, pasando de dolores de cabeza.

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