
El triunfo de los propósitos de Chávez en Venezuela mueve de nuevo a la reflexión sobre el verdadero valor de la democracia, ese sistema "menos malo" deseado por los que no lo tienen y descorazonador para sus usuarios. Digo esto porque la democracia se ha demostrado incapaz de solucionar por sí misma algo tan básico como la injusticia social y estamos a años luz de conseguirlo.
La mecánica de Chávez no es muy distinta de la que aupó a Hitler al poder, basada en una eficaz propaganda que modela el comportamiento de las masas y es capaz de poner vendas en los ojos ante todo lo que tiene de malo el personalismo dictatorial. Sistemas democráticos hay muchos, pero ninguno se libra de la manipulación propagandística que se elabora en despachos de comunicación y que no tienen voluntad de enseñar, demostrar o razonar, sino exclusivamente de convencer al votante.
El mecanismo funciona tan bien que esta labor de propaganda supone el mayor gasto en los procesos políticos. Puestos a ello, los pastores de turno olvidan la verdadera función de llegar al gobierno: convertirse en principales servidores públicos, trabajadores de la sociedad comprometidos con ella. En su lugar buscan en sus cargos el medre personal y partidario y se permiten incluso traicionar la confianza de la masa votante, seguros de que pocas conciencias se resisitirán al atractivo de una buena campaña.
Mirar alrededor es darse cuenta de cómo las democracias engañosas no son más que dictaduras con permiso en las urnas. Las mayorías absolutas suelen propiciar esos fenómenos, ni siquiera tenemos que viajar fuera de nuestra región para comprobarlo. Venezuela está aquí mismo, nada más salir de casa.

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