
A estas alturas del guiso ya nos damos cuenta de que faltan ingredientes. De las insinuaciones sobre el maltrecho estado de la economía municipal hemos pasado a la certificación de nuestra debilidad reconocida por el concejal de Hacienda, un jovenzuelo señor cuyo crédito parece agotarse tras seis años de dilapidación, enajenación de recursos públicos, subidas abusivas de impuestos y otras lindezas que han empobrecido la ciudad y a sus ciudadanos. El muchacho llegó navegando como Simbad, fue Aladino frotando la lámpara que cambiaba suelo público por dotaciones y luego se convirtió en Alí-Babá: la justicia le dijo que eso no era legal y no pareció importarle.
Un magnífico análisis de Álvaro Melcón, en el ejemplar de Diario de Burgos de hoy mismo, revela el grado de preocupación del edil Ibáñez ante lo que se le viene encima. Ya no es momento de medias tintas y se ponen las cartas boca arriba, reconociendo que algunos de los proyectos clave de su programa electoral van a tener muy difícil su ejecución en la presente legislatura. No me pilla de nuevo, yo tengo guardada una página de ese mismo rotativo (he tratado de buscarla en su hemeroteca de la versión digital, pero no está, qué curioso) publicada el 31 de mayo de 2007 (página 7), en la que se glosa el "medio centenar de promesas" con que Aparicio conquistó la Alcaldía por segunda vez.
En esa lista de cincuenta compromisos adquiridos hay algunos muy fáciles, se nota que había que llegar a la cifra redonda con el estímulo de la imaginación. Pero ni siquiera esos detalles de ornato han sido ejecutados con eficacia, no hablemos ya de los grandes objetivos que la ciudad precisa de manera urgente, como por ejemplo la depuradora. Con lo que ya sabemos, debemos prepararnos para una nueva estrategia de comunicación, capaz de convencer a los de siempre, que en los próximos dos años tratará de convertir los fracasos del equipo de Aparicio en compasión ciudadana y a los culpables de la situación en víctimas de la crisis.
En cuanto vuelvan a salir elegidos –los de siempre en la ciudad son legión– seguirán con lo mismo, después de la conveniente subida de impuestos. En Burgos es difícil poder explicar, por falta de voz, que el ingente despilfarro del gasto corriente, el encargo de costosísimos proyectos sin futuro, los sobreprecios pagados por determinados servicios y otras causas oscuras están detrás de que en este momento no tengamos más que deudas, unos 140 millones de euros, mientras en las arcas municipales sólo quedan telarañas.
Ni siquiera el arreón inversor del Plan E de Zapatero logrará disimular por mucho tiempo esta catástrofe. Pocos dudan de que habrá que volver a endeudarse, de la palabra austeridad pasaremos a precariedad en un sutil cambio de concepto. La culpa, no lo duden, es de Sherezade, que fue quien inauguró lo de inventarse un cuento cada día.

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