Ayer el presidente Herrera y yo teníamos obligaciones importantes, cada uno las suyas. Juan Vicente, el burgalés ausente, como ya se le rima por ahí (desconozco la cualidad de la ausencia, porque físicamente a veces se da una vuelta y come pinchos), se dio un baño de gloria en el Hospital Río Hortega de Valladolid, una superproducción clínica que sorprendería al propio Spielberg y que ha costado a los ciudadanos de Castilla y de León 250 millones de euros, 50 de ellos en equipamiento. Bah, no es nada, considerando que para toda la provincia burgalesa la hucha comunitaria destina en 2009 poco más de 170 millones todos tenemos que estar contentos. Y el que no lo esté, ya se sabe, es un rastrero, un intoxicador y un elemento prescindible en esta Comunidad que cada vez se parece más a Disneylandia, donde es normal que el Tío Gilito y los Golfos Apandadores se lleven bien.
Cuando Herrera habla se le llena la boca. Ayer deglutió cifras, que arrojan la cantidad de 1.000 millones de euros gastados desde 2002 en infraestructuras sanitarias, y, entre bocado y bocado de jamón salmantino y pucelano, introdujo la morcilla hospitalaria burgalesa que como todo el mundo sabe no la construye la Junta, sino unos cuantos socios que ponen dinero para cobrarlo después a los usuarios . Entre mordisco y mordisco nunca acierta a decir que la morcilla los burgaleses la pagamos dos veces pero que estamos contentos, porque es morcilla, y es muy nuestra, por eso no hemos protestado mucho y le volvimos a votar para que siguiera chupando del pellejo relamido.
Dos horas estuvo Herrera en el hospital vallisoletano, sin síntomas previos y con pronóstico nada reservado, magnífico chequeo que aporta vitaminas al plan cesáreo cum imperium regional fusionado. Yo pasé dos horas recorriendo Logroño, esa ciudad que se conectará con la nuestra vía autovía andando el tiempo, que en el Camino de Santiago los siglos son bobada y siempre se ha hecho así, andando.
Disfruté mucho viendo Logroño, estudié cuatro años allí en los setenta y lo que fue una ciudad modesta y campesina es hoy un ejemplo de urbanismo y sostenibilidad ciudadana, con infraestructuras espectaculares: rondas de circunvalación, campo de fútbol, auditorio, recintos deportivos, hospitales... Todo parece nuevo, recién pulido. En un cuarto de hora rodeas completamente la ciudad por el exterior, cruzas dos veces el Ebro y llegas al centro en cinco minutos desde cualquier punto. Observas sus parques, sus fuentes, su Gran Vía, su casco viejo y no puedes más que reconocer que Logroño atesora una gran calidad de vida que se manifiesta hasta en la cara de los transeúntes. Eso sí, no levantó la niebla y hacía más frío que aquí, en eso sorprendentemente ayer les ganamos.
Hay muchos burgaleses que creen vivir en la mejor ciudad del mundo, porque el amor no se expresa con los ojos abiertos. Sería buena idea organizar una suscripción popular para enviar a nuestros concejales de excursión, visitando ciudades como Logroño, Vitoria o Pamplona para ver si lo de la inspiración es algo que se pega. Pueden acompañarles todos esos que creen cuando ven una acera en obras que vivimos en la Arcadia y que el Ayuntamiento lo hace todo bien, pero que se paguen ellos mismos el bocadillo.
Y no se preocupen los burgaleses más viajados, quemados por tanto agravio regional y discriminación negativa con esta tierra, van a poder ser atendidos en Valladolid, pues su nuevo hospital contará con una unidad especializada en quemaduras graves. Estamos salvados, todo lo que es bueno lo podemos encontrar a cien kilómetros de distancia.

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