
Tuve ocasión hace algunos días de entrevistar al gerente del Sistema Atapuerca, que se llama Javier Vicente y es el encargado de coordinar todos los movimientos, flujos y actividades de los edificios relacionados con el fenómeno Atapuerca que tienen titularidad de la Junta de Castilla y León. El más importante de ellos, el Museo de la Evolución Humana, abrirá sus puertas antes del próximo verano. A partir de entonces, esta ciudad ya no será la misma.
Javier Vicente me guió por el interior de esa gran caja de cristal que es el Museo y pude corroborar el ambicioso planteamiento arquitectónico. Viví de muy cerca la polémica de la elección del proyecto de Navarro Baldeweg, auspiciada por el interés de Diario de Burgos y del constructor/editor Méndez Pozo en que ganara la propuesta de Isozaki: me estudié las distintas alternativas y me pareció que la decisión del competentísimo comité de selección fue muy acertada. El tiempo, creo, acabará apuntalando esta opinión.
Navarro explicaba el aspecto exterior del complejo de edificios por la relación que éste debía jugar en el entorno: un diseño espectacular estorbaría en el plástico conjunto que ofrece la vista del río con la catedral al fondo, restando potencia al retrato más socorrido de esta ciudad. Las formas cúbicas, por otro lado, permiten un mayor aprovechamiento y racionalización del espacio en el interior, algo que en el proyecto de Isozaki parecía escasamente resuelto.
El interior del edificio del Museo es un prodigio de luminosidad. La luz natural permitirá admirar una reproducción de los yacimientos que el visitante podrá recorrer ascendiendo por diferentes plantas y que se continuúa –de manera visible– en el exterior con la recreación de la flora y el aspecto del enclave donde se producen las excavaciones. En cada uno de los pisos, además, encontrará el público áreas temáticas que glosarán todos los aspectos relacionados con la evolución humana, la vida del homo Antecessor o los climas de las diferentes edades del planeta, con amplia variedad de recursos expositivos de esos tan modernos.
La visita al Museo dará para varias horas y, estoy seguro, dejará un gran impacto en los usuarios, que podrán después completar una "Inmersión en la Prehistoria" desplazándose hasta Ibeas y Atapuerca para gozar de las aulas de interpretación y del parque temático allí instalado. A mi entender hay suficientes elementos para despertar un gran interés en todo el mundo por esta dotación cultural, que será única y podrá albergar los más ambiciosos proyectos. El nombre de Burgos sonará mucho más en el planeta desde el próximo verano.
Mi experiencia del otro día despertó una cierta motivación reconfortante. Estaba comprobando que la entrada del Museo, elevada mediante una rampa, establece un sugestivo diálogo con el mirador del castillo y se convierte a su vez en un estupendo mirador para gozar de esa gran postal de la ciudad, con la catedral en el centro, desde un punto de vista renovado. Esto ya lo avisaba Navarro en su proyecto: me descubro ante algunos arquitectos y su exquisitez en la visión de la jugada.
Esa inyección de buenas vibraciones refrescó mi ánimo, porque me fui pensando que la gran idea de Ángel Olivares, quien evitó la construción en el lugar de viviendas de lujo para quienes ya sabemos, esta gran idea –repito– hará de Burgos una ciudad cosmopolita, visitada por gentes de todo el mundo y destinada a abrirse a él, obligada a ventilar los armarios de arcaica ropa sucia y llenarse de vida. El Museo será una gran aportación para el mundo por su valor científico, pero también un clavo donde sujetar la dignidad de esta sociedad anquilosada. Viva la Evolución.

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