
Hubo un tiempo en que, aunque parezca mentira, la zona de Las Llanas en nuestra ciudad acumulaba mucha más peligrosidad. Lo viví en directo, pues era camarero en el pub Ópalo y me pagaba algunos gastos de la carrera trabajando seis meses al año detrás de esa barra, añadiendo a mi parca economía becaria lo que ganaba poniendo música y sirviendo combinados.
Las Llanas se llenaron por primera vez de jóvenes al principio de los años ochenta, generando una "movida" multicolor que se alimentaba en el corto circuito –a veces incendiario– de la Pécora a la Espadería, pasando por el Ópalo y el Diablo Cojuelo. Era el tiempo de los pelos de colores, los cinturones de remaches y las camisetas sin mangas, cuando se podía aprender mucho de la música con calidad que generaba la industria internacional del vinilo.
En pocos años se maleó el ambiente, eran los peores tiempos de la adicción a la heroína y su desastre social se evidenciaba con síntomas muy visibles. Al tiempo que se inauguraba la zona de Las Bernardas, en Las Llanas se multiplicaban las "sirlas", los navajazos, las palizas, los tiros y las sobredosis, llegando a espantar a la concurrencia más sana y temerosa hacia otro cielo muy pijo que ya no podía esperar.
A mediados de los ochenta atravesar la Llana de Afuera procuraba siempre una sensación de riesgo extremo. Quienes íbamos todos los días conocíamos muy bien a "los malos", a "los yonquis" y a "los secretas", y habíamos desarrollado técnicas para evitarlos. No siempre salía bien, pero era imprescindible cuando ibas solo andar muy rápido, indispensablemente con una mano en el bolsillo (para sugerir que podías llevar un arma oculta) y sin girar el cuello para atender las interpelaciones de aquellos buitres apostados a la espera de cadáveres. Si te detenías, estabas perdido.
Entonces acuñamos la expresión "territorio comanche", que no sé de dónde vino, pero que años después se popularizó por conformar el título de una novelita (este señor gusta más de los novelones al peso) publicada por Arturo Pérez Reverte. En este tiempo fueron unos cuantos los que murieron con las botas puestas, por culpa propia o ajena.
A la zona de las Llanas le costó mucho recuperarse de aquel ambiente. Existía la sospecha entre los hosteleros del lugar de que el Ayuntamiento de José María Peña favorecía el mal clima del casco viejo para asegurar el éxito de público en Las Bernardas, permitiendo hasta la medianoche todo tipo de felonías por falta de vigilancia y enfriando la gótica depresión con las mangueras nocturnas, llevando las colillas y la gente que quedaba hacia otra parte. A mí me daba pena, más que miedo: aunque tuve algún lance que pudo haber resultado peligroso, salí con bien de todos los "encuentros" no deseados.
La zona de copas más bonita de la ciudad tiene hoy un ambiente muy distinto, ya no lleva bien el apodo de inhóspita reserva india pero ha vuelto a contaminarse de estulticia. El homicidio del camarero que no dio un cigarro a una pandilla de descerebrados se ha convertido por la fuerza de su irracionalidad en noticia nacional, aportando un retrato inmóvil y desagradable de la realidad en los aledaños de la catedral que hará mucha pupa entre los hosteleros del lugar. Y es que cualquier padre con hijos en edad de trasnochar alternando pierde el sueño si intuye que sus retoños pueden andar por las Llanas, expuestos al ataque de salvajes sanguinarios, con o sin la piel roja.

- lapalabradigital.es | Aviso Legal | Publicidad | Contactar -
correo: info[arroba]lapalabradigital.es