
Hoy tocaba ser Miguel, o Federico. La poesía que sepultó el franquismo se ha removido en la tierra que estercola y ha manado diversa, desconocida, extraña. A Lorca no lo quisieron vivo, no lo quisieron muerto; no lo quieren ni en huesos ni en la cuneta yerto. A Hernández lo enterraron en vida, la cebolla se ensangrentó en los pulmones y se apagó el rayo que no cesaba. Mala muerte para dos genios de la existencia, irreparable desgarro que nos califica todavía a los ojos del mundo.
Otro día seré Federico. Hoy tocaba ser Miguel, dedicar una nana a este mundo balbuciente y desorientado que necesita protección y cuidados; dejar la vida si es preciso para fabricar versos que liberen, que amen, que comprendan y perdonen. Versos libres, capaces de organizarse para construir un soneto: hombres y mujeres libres, capaces de todo.
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Imagen de Manuel Boix.

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