
Siempre hubo dos tipos de seres humanos: desde que unos inventaron la rueda y otros el muro la diatriba entre los que desean unir y los que pretenden a toda costa separar no ha cesado. Aunque es palmario que las ruedas tienen muchísimas más ventajas para la Humanidad, la sofisticación y desarrollo de los muros se ha multiplicado a lo largo de la historia del hombre.
El muro es consecuencia del miedo al otro, que es casi siempre recíproco. Cuando se erige termina el diálogo y la visión directa de nuestra igualdad mortal, de la insignificancia como seres provisionales. En ambos lados crece el orgullo y se alimenta el rencor hacia la otra parte, hacia el otro yo.
Pocas veces los muros han servido para algo bello. En mayo del 68 algunos de entre tantos se hicieron famosos por exhibir con audacia y afán de nuevos vientos mensajes como "Haz el amor, no la guerra" o "Prohibido prohibir", todo un cambio que a día de hoy nos parece fatuo a cuatro impenitentes iconoclastas. Por lo general, los muros admiten poca broma y muchísimos ponen en riesgo la vida de quien osa acercarse.
Triste destino nacer para ser ladrillo, para conformar un eslabón más en la cadena de muros que construye nuestra sociedad balbuceante. Los muros, como firmaría mi admirado Roger Waters, crecen desde dentro y se alimentan de nuestros mejores sueños –ser a ser, uno por uno–, instalados en nuestra debilidad. La sociedad se amuralla con esa fuerza, consolida ladrillo a ladrillo la barrera que siempre tiene, extramuros, un lado para no mirar.
Es bueno festejar que los muros caigan. Pero mientras brindamos otros muros crecen ante nuestras narices, satisfechas con la fragancia que se percibe de este lado. Doblemente embriagados, no quedan fuerzas para mirar sin barreras al otro ni hay intención de dimitir como ladrillos.

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