
Así, redondeando, en la capital burgalesa existen hoy por hoy unas quince mil viviendas desocupadas, número suficiente para alojar a todos los sin techo de Castilla y león y aún los de unas cuantas regiones limítrofes. Es curioso que, en plena debacle del sector de la construcción por pecados del pasado, el nuevo Plan General de Ordenación Urbana de Burgos contemple la construcción de otras dieciséis mil viviendas nuevas, a las que hay que sumar las catorce mil que faltan de construir previstas en el Plan anterior.
Si todos esos planes se ejecutan la ciudad tendrá una vivienda desocupada por cada dos habitadas, así que en las reuniones de vecinos se van a juntar dos y el gato para llegar al quórum. A ello habrá que añadir los numerosos pisos habitados por fantasmas, de los cuales no existe notoriedad estadística pero sí evidencia más que formal, que vendría a explicar la idiosincrasia burgalesa en cuestión de vivienda. Haberlos, haylos y muchos.
El viandante se preguntará si están locos estos romanos gobernados por esos césares, que lograron invadir la aldea porque un día compraron al druida la poción mágica para fabricarla en hormigoneras. La explicación es muy sencilla y siempre apunta a los sextercios de las recalificaciones, las adjudicaciones de planes parciales, los proyectos de proyectos y otros mecanismos de profundidad logarítmica inasequibles para las entendederas más habituales. Muchísimo dinero que no cuenta el que de cuentas no sabe y que descuentan de la popular ignorancia, borracha de burgalesismo tradicional y autoafirmación soboina.
El nuevo PGOU que se impondrá por decreto dará la puntilla a una ciudad que quiere dejar de serlo. Los lunáticos planes de Nerón al quemar Roma tenían mayor visión de futuro que la esgrimida por este Plan que obligará a realizar un colosal esfuerzo urbanizador y aumentar el gasto desorbitadamente en algo que no se necesita. Como los indígenas ante las baratijas de los colonizadores, nos dejamos seducir por lo innecesario a poco que brille. Y hay verdaderos expertos en bruñir el latón.

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