
El río significa mucho para una ciudad: estaba allí antes que ella y es testigo de los más importantes avatares de su historia, a veces como protagonista absoluto. Nuestros antepasados daban siempre la cara al río, porque era un recurso directo en sus necesidades vitales, pero nosotros le damos la espalda y lo encajonamos o lo sepultamos por la conveniencia urbanística. Mal o bien, hoy sus aguas se depuran y se persiguen los delitos ecológicos que a veces lo han envenenado, se puede pescar y disfrutar del infantil atractivo de los patos, o se puede tomar el sol en la orilla. Hasta se puede hacer poesía con él, como Atapuerques en su blog personificando al río Vena.
Pero el río es hoy un estorbo para nuestro estilo de vida, sin que la corriente de agua tenga la culpa de haber pasado siempre por allí. En Burgos, regulado el riesgo de avenidas catastróficas con dos pantanos, los peligros que aporta el río Arlanzón para nuestra idea de progreso son a la vez profundos y superficiales: los primeros tienen que ver con el nivel freático, que no afecta sólo al lecho fluvial, sino que se extiende por casi toda la ciudad, y los segundos se relacionan con la circulación de personas y vehículos, sobre todo vehículos.
Los puentes de Burgos están pensados con la mentalidad del siglo XIX y ese anacronismo se proyecta sobre su funcionalidad como infraestructura, siempre insuficiente desde que los caballos pasaron, de ser enganchados al carro, a ir en el motor. En los últimos años, en vez de buscar soluciones eficaces para resolver el estrangulamiento que el río produce en la zona centro, se han cometido unas cuantas barbaridades que suponen mayor sufrimiento para la ciudadanía. Recuerdo por ejemplo la tozudez con que se cerró al tráfico el puente de Santa María sin haber acometido reformas en el de la plaza de Castilla, provocando meses de sufridos atascos en la zona.
Me sorprende que no se haya pensado nunca en construir un buen puente a la altura de Eladio Perlado y una vía paralela a la calle de Vitoria por la margen izquierda, solución para los nudos gordianos de la plaza del Rey. Hace muchos años que debiera estar hecho, pero nunca lo he visto como proyecto entre tantos que encarga este Ayuntamiento.
En nuestra casa consistorial hay muy pocas ideas brillantes. Podríamos conformarnos si no fuera porque muchas de las decisiones que se toman parecen cosa del orate más irracional, como lo son los vaivenes de las líneas de autobuses o la planificación de las obras en el puente de Gasset, que se van a juntar con las del paseo de Atapuerca y las del puente de Castilla, todo ello con dinero del Plan E de Zapatero. Quienes estamos condenados a cruzar el río varias veces al día tememos lo peor. Si con la situación actual en muchos momentos se roza el caos, en pocos meses esto será San Quintín.
Luego nos dan premios de esos que no sabes cómo es posible y que adquieren categoría de Oscar en el panfleto publicitario del alcalde que pagamos entre todos. Da mucha risa que esta ciudad gane algo por la gestión de la movilidad, el medio ambiente y el ahorro: yo me parto el eje cada vez que estoy en un atasco, con centenares de vehículos subiendo los índices de polución y el nivel de estrés de tanto ciudadano pensando que se divierten con él como en un esperpéntico juego de la oca, siempre a merced de la corriente, contra el fluir de la lógica.

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