
El espectáculo de la vida pública me consume. El cacareo de los políticos y la irrealidad de las preocupaciones ciudadanas mantiene la sociedad en un conveniente estado de histeria del que sacan tajada –a por una voy, dos vengáis, si venís tres no os caigáis– los más despabilados sinvergüenzas, que son siempre los que mandan y los que están detrás de los que mandan.
Hay mañanas, tardes y crepúsculos en que saludaría con alborozo una asonada popular que arrasara con lo establecido y plantara un nuevo bosque sin alimañas. Doy por seguro en esos momentos que si hubiera que salir a defender las barricadas allí estaría yo, pero luego me vuelvo a la decepción de quien imagina lo inasequible: todas las revoluciones habidas juntas han conseguido bien poco en el camino hacia la dignidad del ser humano, que siempre ha desdeñado la posibilidad de formar en favor de uniformar.
El desaliento es mayor al comprobar en qué altísimo grado se puede catequizar al individuo para anular su propio raciocinio. La eficacia de las doctrinas sobre las conciencias permite al ladrón ser grande de España y al usurero ídolo de la masa despojada, con el aplauso y los hosannas de medios y tertulias. Amigos revolucionarios, estamos perdidos: no tardando mucho volverán los uniformes a dar miedo y los humanos del montón llevaremos collar con microchip. Pobre del pobre, pobre del distinto, pobre del que sobre.

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