
Acuñamos el término en el tercer curso de la carrera, por la necesidad de definir a un colectivo de compañeras de estudios (había también un compañero, pero la apabullante superioridad en número de las chicas instaba al femenino), cuya actitud producía en nuestro grupo de estudiantes díscolos aunque eficaces un rechazo frontal. En estadios educativos precedentes las hubiéramos llamado "empollonas" pero, ya en ese nivel y dotadas de un cierto rango asociativo, adquirían cualidades que superaban la semántica del término. Así que se quedaron con "gallináceas".
Estos seres paseaban sus plumas con muchísima frecuencia por los departamentos, conocían vida y milagros de los profesores y lloraban si la nota que obtenían no superaba el ocho. Solían tener rizos, llevar gafas y pasear un ancho trasero por los pasillos de la biblioteca, pero era muy raro encontrárselos en el bar. Sin embargo, poseían por lo general una riqueza que guardaban celosamente como el mayor de los tesoros, los apuntes de todas las clases tomados con bolígrafo azul sin perder ni una tos del orador docente.
Los que no íbamos a todas horas (todo el primer trimestre el que esto escribe lo pasaba trabajando) estábamos dispuestos a pagar por esos apuntes. La fotocopiadora era un invento reciente y gente como yo colaboró lo suyo para su rápida implantación y desarrollo, pero las gallináceas subían la nariz al techo cuando les preguntabas si por favor, si por dinero, si por Snoopy..., estarían dispuestas a consentir la reproducción. Como poco te recriminaban la impudicia, incluyendo también la virginidad de sus apuntes en el concepto monjil del sexto mandamiento al que todas, sin excepción, parecían abonadas.
Había otra característica peculiar en el comportamiento gallináceo, que era el cacareo. Entre clase y clase hablaban muy alto y no escondían la fuerza que les otorgaba la protección de los de su misma especie, casi siempre conspirando en su beneficio para cambiar fechas de exámenes o para influir sobre los profesores. Muchos de los enseñantes aceptaban de buen grado el peloteo y se dejaban picotear los zapatos para saborear la adulación.
El peor episodio que viví con uno de estos seres sucedió en quinto de carrera: una gallinácea protestó por escrito ante la catedrática mi nota en el primer parcial de Literatura del siglo XVIII, indignada porque ella había obtenido 9,6 en el examen y yo 9,8 sin haber ido a clase en todo el trimestre. Desde entonces aborrezco el caldo de gallina.
Esta mañana he escuchado en la radio a Soraya Sáenz de Santamaría, que ya por nombre, cuna y aspecto tenía muchos boletos para figurar en la especie de las gallináceas, o eso me ha parecido siempre. Me encantaría ver los apuntes que la convirtieron en número uno de su promoción, tanto como saber de sus víctimas, que a buen seguro las hay en su progresión hacia el cielo de las gallinas.
La política tiene tan mala fama porque gente como ésta hipoteca la verdad en favor de su medre, esconde sus pecados tras las faltas ajenas y añade perspectiva para falsear la dimensión de la culpa. Lo malo es que la estrategia funciona de miedo, así que hemos de prepararnos para el imperio de las gallináceas. Los estudiantes "díscolos" lo vamos a tener crudo para conseguir los apuntes.

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