
Ignacio del Río representa por derecho propio, gracias a los galones adquiridos, la quintaesencia de la bohemia burgalesa. Si bien ha habido otros, fundamentalmente pintores, que han nutrido ese campo social de seres perdonables en su diferencia gracias a su vis artística, Del Río ha sabido adaptarse con no poca genialidad al medio que habita para triunfar sin paliativos. Es de los pocos pintores que puede permitirse una exposición anual en la que suele vender bastante, lo que le da para seguir disfrutando la vida en el contexto que más le gusta.
Bohemio, sí, pero además práctico. Lo cierto es que su pintura es atractiva y convincente, apta para el gusto de entendidos y profanos, lo que le reporta mejores rendimientos comerciales que a otros colegas de pincel y vino tinto. Si hablo hoy de Ignacio del Río es porque inaugura una nueva muestra en el Arco de Santa María, acto al que no podré asistir porque mi agenda es incompatible con la del alcalde (es broma, tengo otros asuntos), que no puede disimular el interés por estar hoy en la foto.
La exposición ya la iré a ver, con más calma. Lo que me pena es perderme también a Tuco, que va a tocar (20,00 horas) en esa inauguración/fiesta tan del gusto del artista. El viernes toca otra vez en el Mármedi, pero tampoco podré asisitir porque a esa hora llegan Los Delinqüentes a El Hangar y luego pincha Álex, eventos algo más difíciles de repetir y que no quiero dejar pasar. El sábado me toca a mí estar detrás de la mesa de sonido en Bardebás con una sesión monotemática sobre rock gótico, mañana publicaré un comentario sobre ello.
Y a Del Río le deseo el éxito que sé que tendrá, para que vuelva al año que viene con nuevos cuadros y siga dando lustre a esa bohemia que en esta ciudad siempre ha estado pachucha por falta de abrigo.

Y no es noticia, porque Tuco toca muchas veces. No para de tocar. Hoy mismo lo hace en el Ambigú, esta noche, pero su agenda rebosa de actuaciones. Varias veces a la semana, este burgalés que se licenció en Derecho por darle una alegría a su padre, aunque se entretuvo bastante en la tarea, se sube a un escenario como cuando tenía 18 años y convivía con lo más primerizo de la "movida", con la misma ilusión. Su público, el de siempre o el que le descubre de repente (alguno hay), se lo agradecemos.
Hace tiempo que Tuco renunció a ser Don Vicente en un bufete y enchufó su vida al teclado que le acompaña, seguramente por caminos más duros de recorrer, pero tal vez también más amplios de miras. En mi opinión, Tuco tiene alma de poeta, más que de músico, y trata de vivir en consonancia sin rehusar la sonrisa, que hay abundancia de poetas amargos.
En esta ciudad su figura ostenta el decanato del rock, creo que nadie acumula tantos años en activo ni ha prodigado más actuaciones, gracias a su excelente capacidad de adaptación al medio. Por su banda, los Definitivos (nada más irónicamente duradero), han pasado provisionalmente decenas de músicos locales que han aprendido a acompañarle mientras a Pinocho le crecía la nariz o se quedaba en bolas para bailar rock and roll.
Soy testigo de la injusticia histórica que la industria discográfica le hizo a Tuco en su día, no reconociéndole como visionario del porno-rock y encumbrando en aquel filón a gente más porno y menos rock, pero con muchísima menos gracia que la aportada por Tuco en sus letras. El rock burgalés sigue pagando un doloroso tributo por su encierro inquebrantable, pero Tuco sigue en la brecha y aparece en cualquier escenario veinticinco años después y sonriendo como la primera vez.
Sólo deseo que este ánimo, el de animal de escenario, le siga dando felicidad por mucho tiempo. Cada vez que llega el anuncio de un concierto suyo con destino a la agenda me da un subidón de orgullo rockero.

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