
Viernes, 30 de enero.
2,35 h
8,2º C
En el estéreo suena Oscar Peterson, con un “swing” tremendo, con su bigote y su chaqueta de lentejuelas, en directo desde Paris.
Los Plenos Municipales suelen ser un escaparate del olímpico desprecio con que el equipo de gobierno trata sistemáticamente las verdaderas necesidades e inquietudes de los ciudadanos; aquellas que los colectivos, ejerciendo sus derechos democráticos, les hacen llegar en forma de mociones y propuestas que deben ser incluídas, cuando menos, en el capítulo de ruegos y preguntas del orden del día y ser respondidas de manera comprensible y razonada, como exige una mínima cortesía institucional y, sobre todo, la respuesta al ejercicio de un derecho inalienable consagrado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Constitución y en la Biblia.
Pues bien: en el Pleno extraordinario celebrado el pasado miércoles 28, la AEFMBPEGYTM (Asociación para el Estudio y el Fomento de la Música Burgalesa del Periodo de Entre Guerras y aún en el Transcurso de las Mismas) que tengo el honor de presidir, presentó una enésima moción para que de una santa vez se estudie seriamente la posibilidad de dedicar una calle o una plaza de nuestra ciudad al insigne prócer burgalés Don Panfilio Regoyo y Ruiz de la Pedrera, de cuya vida y singular empresa en tierras lejanas paso a hacerles una pequeña recensión.
Don Panfilio Regoyo y Ruiz de la Pedrera, burgalés preclaro que nació hacia 1830, fue el felicísimo promotor de la introducción de la música culta occidental en regiones salvajes aún inexploradas por aquel entonces. Dotado de un espíritu aventurero e inquieto, Don Panfilio Regoyo viajó hasta la remota Melanesia en 1850 con la intención de establecerse allí y abrir un almacén de pianos siguiendo la tradición familiar. Mas pronto se dió cuenta de que la música de los aborígenes de aquellas islas, sumamente simple y apenas bitonal, no se prestaba a la utilización del piano; antes bien los nativos se servían para sus interpretaciones de un a modo de zambombas que ellos mismos fabricaban con la piel de sus propios prepucios secada al sol tras la ceremonia de la circuncisión.
Sin embargo, con un tesón digno de encomio consiguió vender sus instrumentos a los jefes de las tribus locales a cambio de ñames, proporcionándoles además partituras de los bailes de salón de última moda que él mismo se encargó de enseñarles a tocar, si bien de una manera muy rudimentaria, ya que los melanesios usaban los pianos como instrumentos de percusión golpeándolos con un palo. No cejó, sin embargo, en su empeño hasta que el jefe Psandala de la tribu de los Bundi fue capaz de interpretar al piano el aria de las Variaciones Goldberg de Juan Sebastian Bach con acompañamiento de zambomba.
Con los ñames que le daban a cambio de los pianos abrió un pequeño negocio de exportación que le permitió regresar a su patria ya muy anciano, donde, a pesar de ello, aun encontró fuerzas para escribir un gran tratado sobre la importancia de los ñames en la alimentación infantil. A pesar de su impagable labor, Don Panfilio Regoyo y Ruiz de la Pedrera sigue siendo un gran desconocido en su tierra. Desde aquí reclamo y seguiré reclamando hasta quedarme ronco una nomenclatura urbana ¡ya! para este apóstol del piano en el mundo.

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