CRUZ ROJA
Viernes, 18 de Mayo de 2012
La Palabra de Burgos
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El Cementerio de los kilómetros

FOTOS
12
02-01-2009

Viernes,

2 de enero.
3,00 h
8,2º C
Calmo, pero llorón
En el estéreo suena la “9ª Sinfonía de Beethoven” por H. von Karajan (versión de 1963)

Hay infinidad de clases de cementerios. Hay cementerios de personas y cementerios de perros y gatos; hay cementerios de elefantes; y de ballenas. Hay cementerios de coches, y de barcos; en América hay inmensos, gigantescos cementerios de aviones que se pierden en el horizonte. En la Rioja y en Salas de los Infantes hay cementerios de dinosaurios fosilizados que quedaron atrapados por alguna hecatombe. Las grandes bibliotecas son, en cierto modo, cementerios de ideas peregrinas que un día tuvieron vida. Las hemerotecas son los cementerios de la actualidad. Y los libros de Historia, los cementerios de la vida.  Los modernos puntos limpios son cementerios mixtos y pluriconfesionales divididos en patios como los tradicionales: el de los párvulos, el de los caídos por la Patria, el de los militares, el de la cofradía de no sé cuántos, etcétera. Hay cementerios de maquinaria agrícola y cementerios de postes de la luz.

Lo que yo no sabía es que también había cementerios de kilómetros. Lo descubrí una linda mañana de primavera del año 1996 viajando de Burgos a Villarcayo en compañía de mi hijo Marco que a la sazón contaba diez años de edad. El Páramo de Masa siempre ha tenido fama de ser escenario de hechos extraordinarios, pero yo creeré en las cosas del más allá el día que vea resucitar un langostino cocido en Lourdes.

El caso es que surcábamos el altiplano pedregoso y solitario veloces como el rayo mientras charlábamos, lo recuerdo bien, acerca de la posibilidad de que el Universo no fuese infinito, sino que curvado sobre sí mismo como proponía Einstein, formase una especie de bolsa, de forma que, por efecto de la expansión constante que produce la entropía, esta bolsa llegase a estallar como un condón cuando lo llenas de agua hasta lo inverosímil en un nuevo big-bang que formase un nuevo Universo, y así una y otra vez en un proceso infinito-finito de universos finitos. Bueno, he de admitir que la teoría la había formulado Marco, lo del condón se me había ocurrido a mí, Marco a su vez había intentado desarrollar la hipótesis universo por universo y yo estaba intentando pararle los pies cuando me di cuenta de que la ruleta del cuentakilómetros hacía rato que había dejado de dar vueltas.

 

Lógicamente pensé que se había roto la sirga, que es el cable que hace que se mueva, pero la cosa era grave porque en aquellos tiempos me pagaban kilometrajes bastantes jugosos, así que traté de orientarme por los indicadores kilométricos de la cuneta. Pero las cunetas estaban limpias; los mojones kilométricos habían desaparecido. Avancé a sesenta kilómetros por hora y conté un minuto: nada. Matorrales y aliagas, pero ni rastro de mojones. Y no sólo eso. El tramo de carretera que recorríamos parecía ser igual y sin cambios, como si se tratase de una cinta rodante o estuviésemos dando vueltas en una especie de circuito circular. Aceleré a tope tratando de salir de aquello, fuese lo que fuese, pero no hubo manera. Los árboles raquíticos, los pedruscos, y los matojos parecían burlarse fatídicamente de nosotros repitiéndose una y otra vez como los monigotes del tren de la bruja en la feria. Finalmente detuve el coche. Marco estaba asustado.

—Papá ¿Crees que nos hemos metido en un bucle espacio-temporal?

—No digas chorradas y baja del coche. Vamos a dar una vuelta.

Caminamos un rato buscando indicios de no sabíamos qué. Finalmente Marco los vio, ocultos detrás de unas rocas:

 

—¡Papá! ¡Allí! ¡Mira!

 

Eran unos doscientos; tirados de cualquier manera, arrumbados. Los habían arrancado obedeciendo al plan de modernización de señalización vial pero aún no habían puesto los nuevos postes kilométricos metálicos y reflectantes. Era el Cementerio de los Kilómetros de la comarcal 629. Con un trozo de yeso que encontramos, les inscribimos el epitafio latino RIP, reflexionamos unos minutos sobre lo efímero de las cosas, aun las de la más sólida piedra, y regresamos al coche. Y ahora sí; el cuentakilómetros volvió a funcionar y llegamos a Villarcayo en un suspiro, no sin antes alcanzar una vez más la eterna conclusión de que hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que tu filosofía jamás pudo sospechar.




BLOG DE FERNANDO PORTILLOCV
He de decir antes de nada que soy burgalés en virtud de concurso de traslados, pues nací en Burgos muy poco después de que mi padre, funcionario de Montes, llegara destinado a esta plaza proveniente de la de Almería.

Vine, pues, al mundo de manos del muy ilustre doctor Don Abelardo Carazo en el domicilio paterno de la calle Vitoria, en el mismo en el cual sigo viviendo 54 años después lo cual da una idea de la longitud de mi recorrido vital.

Estudié todo lo que atañe a la formación de un niño en el Colegio La Salle y piano con resultados trágicos, pues apenas empezaba a dominar con soltura la número 8 de Beethoven, fui gravemente infectado por el virus del Jazz, truncándose así las esperanzas que mis progenitores habían depositado en mí.

Me convertí en un adolescente rebelde y bohemio. A los quince años organizaba sesiones de Jazz en la discoteca Roma y formé parte de un cuarteto, el "Experimental Jazz Group" (lo llamábamos "experimental" para disimular lo mal que sonaba) mientras leía a Proust en francés y a Jardiel Poncela en Gallego. Por aquel entonces me eché una novia a la que yo amaba con empecinamiento y que me dejó por un músico de Segovia que tocaba a Chopin en el acordeón. Sufrí mucho.

En el primer quinquenio de los 70 entré en el mundo universitario con un espíritu digno de la Casa de la Troya. Pero la Universidad franquista no supo entenderme ni yo a ella. La cosa acabó en divorcio ad aeternum.

En el 75 la Patria me llamó a su servicio. Lo cumplí en la Comisión Geográfica número 6, de la Agrupación Obrera y Topográfica del Servicio de Estado Mayor, familiarmente conocida como "la Topo". Al licenciarme me mencionaron en la orden del día y me concedieron el "Premio Patrona" consistente en una paga extra de 78 pesetas. Y todo por saber escribir a máquina sin faltas de ortografía.

En 1976 eché mi primer polvo, pero disculpen que no les dé detalles; soy un caballero.
En los albores de los 80 entré al abordaje en la recién estrenada F.M. de Radio Popular de Burgos con personajes tan ilustres como Francho Pedrosa, Marta Barriuso, o Paco Alcántara, bajo los auspicios de aquel gran hombre que fue Juan Saborido Cursach y para dolor de tripas de Juan Vicente Velasco que nunca me pudo ver ni en pintura. Allí hice inolvidables programas de Jazz junto a mi querido amigo César Balmori.

En 1982 abrí mi propio Club, el "Portus Jazz" de feliz memoria, un referente imprescindible en la historia cultural de Burgos. Los que ya peinan canas o han dejado de peinar cosa alguna lo recuerdan con nostalgia. Música en directo todas las noches y cantera de buenos músicos de Jazz.

En 1984 me casé con una chavala que los años han ido convirtiendo en mi compañera y esposa. También fui fugaz encargado de prensa y compinche del entonces Delegado de Cultura de la Junta Jose Luis Ollero, Balí, cuya noble amistad aún me honra y me honrará siempre. Al socaire del Estival 84 hicimos tropelías sin cuento (recuérdese el Teledevm de Els Joglars) y provocamos dolores de cabeza de tamaño XXL. Que se lo pregunten a José María Peña que era a la sazón funesto alcalde de la ciudad.

En 1986 fui padre por primera vez del niño más rico, más bonito, más listo y más guapo que imaginarse pueda. Se llama Marco y estudia Filosofía. Visítenle en espacioenlasnubes.blogspot.com porque va a ser mucho mejor escritor que su papá. (¡Buafff! que alguien me traiga una spontex para la baba, por favor).

Ese mismo año emigré de Burgos, mi viejo sueño. Pero no fui muy lejos: a Villarcayo, donde mi amigo Balí acababa de ser contratado por el archimultimillonario Jacques Hachuel para poner en marcha una Fundación dedicada a la infancia y la juventud marginada con carta blanca para hacer lo que quisiéramos. Y vaya si hicimos. Hicimos cosas fantásticas que serían demasiado largas de contar aquí.

En 1989 Pachi Larrosa, viejo compañero de cachondeos universitarios y director de Diario 16 Burgos cuyo primer número aun estaba por aparecer, me pidió que le escribiera una columna semanal. Allí comenzó mi relación con aquel periódico luchador, valiente e irreductible, única alternativa al rodillo de papel maché con agua bendita que ha hecho las veces de prensa en esta ciudad, hasta su cierre en 1998. Durante aquellos nueve años, escribí miles de columnas, artículos, series, reportajes y una página de humor terriblemente iconoclasta, "Virus 16", que daría el bigote por volver a resucitar; mejor dicho: porque alguien me pagara por volver a resucitar, las cosas claras y el chocolate espeso.

En 1997 fui llamado por el alcalde Valentín Niño para ser su jefe de gabinete con la oposición frontal de todo su grupo de concejales, que pensaban que Valentín había enloquecido, a excepción de dos personas, las únicas que siempre le fueron leales y con las que llegue a hacer una buena amistad: Javier Quintanilla, un zorro con un sensacional sentido del humor, y Germán Pérez Ojeda, una nobilísima persona que, además, le hizo a mi madre el hermoso regalo de diez años de vida. Gracias Germán, nunca te lo dije.

Lo curioso es que por aquel entonces el puesto de jefe de Gabinete no figuraba en la relación de puestos de trabajo del Ayuntamiento y tuve que ocupar el de Auxiliar del Grupo de Concejales con un sueldo de risa. Típica chapuza municipal. Sin embargo, aquellos dos años con Niño me dieron material para escribir un libro surrealista e increíble cuya compleja y ardua labor voy postergando día tras día por pereza vital, pero que tarde o temprano habré de acometer porque se lo debo a Valentín Niño, una gran persona y un enormísimo alcalde cuya memoria debe ser reivindicada por muchas ampollas que levante.

Al cesar Valentín Niño como alcalde cesé yo también al ser un cargo de confianza. Y lo que pasó después... Lo que pasó después es para de uno en uno delante de unos vasos de whisky.

Luego llegó el paro; la demasiado larga travesía del desierto del paro y el descenso hacia la miseria enjabonado por la crisis, el aumento del Euribor, la subida de los precios...

Y al final el pequeño oasis de La Palabra Digital: agua y un puñado de dátiles. Un festín cuando se trae hambre de ocho años. Pero síganme a diario, que soy gracioso, de verdad.
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