

Viernes,
2 de enero.
3,00 h
8,2º C
Calmo, pero llorón
En el estéreo suena la “9ª Sinfonía de Beethoven” por H. von Karajan (versión de 1963)
Hay infinidad de clases de cementerios. Hay cementerios de personas y cementerios de perros y gatos; hay cementerios de elefantes; y de ballenas. Hay cementerios de coches, y de barcos; en América hay inmensos, gigantescos cementerios de aviones que se pierden en el horizonte. En la Rioja y en Salas de los Infantes hay cementerios de dinosaurios fosilizados que quedaron atrapados por alguna hecatombe. Las grandes bibliotecas son, en cierto modo, cementerios de ideas peregrinas que un día tuvieron vida. Las hemerotecas son los cementerios de la actualidad. Y los libros de Historia, los cementerios de la vida. Los modernos puntos limpios son cementerios mixtos y pluriconfesionales divididos en patios como los tradicionales: el de los párvulos, el de los caídos por la Patria, el de los militares, el de la cofradía de no sé cuántos, etcétera. Hay cementerios de maquinaria agrícola y cementerios de postes de la luz.
Lo que yo no sabía es que también había cementerios de kilómetros. Lo descubrí una linda mañana de primavera del año 1996 viajando de Burgos a Villarcayo en compañía de mi hijo Marco que a la sazón contaba diez años de edad. El Páramo de Masa siempre ha tenido fama de ser escenario de hechos extraordinarios, pero yo creeré en las cosas del más allá el día que vea resucitar un langostino cocido en Lourdes.
El caso es que surcábamos el altiplano pedregoso y solitario veloces como el rayo mientras charlábamos, lo recuerdo bien, acerca de la posibilidad de que el Universo no fuese infinito, sino que curvado sobre sí mismo como proponía Einstein, formase una especie de bolsa, de forma que, por efecto de la expansión constante que produce la entropía, esta bolsa llegase a estallar como un condón cuando lo llenas de agua hasta lo inverosímil en un nuevo big-bang que formase un nuevo Universo, y así una y otra vez en un proceso infinito-finito de universos finitos. Bueno, he de admitir que la teoría la había formulado Marco, lo del condón se me había ocurrido a mí, Marco a su vez había intentado desarrollar la hipótesis universo por universo y yo estaba intentando pararle los pies cuando me di cuenta de que la ruleta del cuentakilómetros hacía rato que había dejado de dar vueltas.
Lógicamente pensé que se había roto la sirga, que es el cable que hace que se mueva, pero la cosa era grave porque en aquellos tiempos me pagaban kilometrajes bastantes jugosos, así que traté de orientarme por los indicadores kilométricos de la cuneta. Pero las cunetas estaban limpias; los mojones kilométricos habían desaparecido. Avancé a sesenta kilómetros por hora y conté un minuto: nada. Matorrales y aliagas, pero ni rastro de mojones. Y no sólo eso. El tramo de carretera que recorríamos parecía ser igual y sin cambios, como si se tratase de una cinta rodante o estuviésemos dando vueltas en una especie de circuito circular. Aceleré a tope tratando de salir de aquello, fuese lo que fuese, pero no hubo manera. Los árboles raquíticos, los pedruscos, y los matojos parecían burlarse fatídicamente de nosotros repitiéndose una y otra vez como los monigotes del tren de la bruja en la feria. Finalmente detuve el coche. Marco estaba asustado.
—Papá ¿Crees que nos hemos metido en un bucle espacio-temporal?
—No digas chorradas y baja del coche. Vamos a dar una vuelta.
Caminamos un rato buscando indicios de no sabíamos qué. Finalmente Marco los vio, ocultos detrás de unas rocas:
—¡Papá! ¡Allí! ¡Mira!
Eran unos doscientos; tirados de cualquier manera, arrumbados. Los habían arrancado obedeciendo al plan de modernización de señalización vial pero aún no habían puesto los nuevos postes kilométricos metálicos y reflectantes. Era el Cementerio de los Kilómetros de la comarcal 629. Con un trozo de yeso que encontramos, les inscribimos el epitafio latino RIP, reflexionamos unos minutos sobre lo efímero de las cosas, aun las de la más sólida piedra, y regresamos al coche. Y ahora sí; el cuentakilómetros volvió a funcionar y llegamos a Villarcayo en un suspiro, no sin antes alcanzar una vez más la eterna conclusión de que hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que tu filosofía jamás pudo sospechar.

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