
Domingo, 25 de enero.
21,35 h
3,2º C
Noche vacía, oscura
inquietante.
En el estéreo suena la Sinfonía nº 3 para órgano, piano y orquesta de Saint Säens, por Pierre Boulez a la batuta. Perfecta para una noche como esta.
[Al cocherito leré
me dijo anoche leré
que si quería leré
montar en coche leré
y yo le dije leré:
no quiero coche leré
que me mareo leré
montando en coche leré.]
Abandonado definitivamente el sector de la construcción a su suerte, es ahora el de la automoción el que reclama con grandes plañidos ser rescatado del naufragio de la crisis mediante las oportunas inyecciones de dinero público, a fondo perdido como es natural: si se lo dieron a los bancos, ¿por qué no han de dárselo a ellos? Y lo exigen todos los niveles implicados en la fabricación de los automóviles; desde los que montan los coches propiamente dichos, como Renault o Nissan, hasta los que fabrican las escobillas limpia parabrisas o el perrito que menea la cabeza; o sea, todos. Y lo quieren ya, sin demoras, sin papeleos. Venga la pasta. Ellos son, dicen, el soporte económico del país. Si ellos se hunden, vendrá la hecatombe del paro: el paro, el paro, el paro, el paro…¡EL PARO! Es la gran amenaza y el miedo colectivo de nuestro tiempo. Jamás otra catástrofe, ni la guerra, ni la peste, ni el hambre, causaron tanto pánico. Desde el director general hasta el último operario de segunda viven acojonados por la posibilidad de perder su trabajo y, con él, la capacidad de adquirir bienes de consumo o no poder seguir pagando los que adquirieron a crédito.
Y, paradójicamente, la receta para conjurar ese panorama funesto es consumir más. ¡Consuman, por favor!, dice solapadamente el presidente del Gobierno. Y se sacan de la manga nuevos planes “renove” para que nos animemos a cambiar el coche sin importar en qué estado esté el viejo con la milonga del medio ambiente o de la seguridad vial. Y a eso, exclusivamente a eso, van dirigidas las rebajas de intereses del ahora acojonado monsieur Trichet; y los aportes multimillonarios de dinero público que el Estado hace a los bancos para que restablezcan su capacidad de crédito. A que volvamos a consumir como locos. O como idiotas. Porque ese, y no otro, es el verdadero motor del sistema.
Pero parece ser que mientras las cosas se han puesto chungas, muchas personas que habían hecho planes para cambiar de buga se han dado cuenta de que el viejo, con un cambio de neumáticos y una puesta a punto va como una seda y que a lo mejor no hacía falta meterse en otro puto crédito de doscientos euros o más al mes con la que está cayendo. Un coche, si se le mima y se le cuida como Dios manda, puede durar toda la vida. Esta es al menos la opinión de Miguel Ángel Palazón, mi mecánico de cabecera, que desde que hemos entrado en recesión no da abasto en su taller de reparaciones.
Y me parece una opinión muy sabia. El sentido común siempre ha dicho que cuando las cosas van mal se impone la austeridad y la economía de guerra. Es la única manera de romper la “rueda de autoretroalimentación de caca” (vean la entrada de ayer) que impone la receta “¡Consuman, por favor!” que sólo puede provenir de un sistema económico enloquecido y gravemente enfermo que no acaba de encontrar su camino y que trata de hallarlo en una huida hacia adelante desesperada.
Coincido plenamente con Muhammad Yunus, premio Nobel de la Paz y premio Príncipe de Asturias de la Concordia, fundador del llamado Banco de los Pobres, en que la crisis económica mundial que atraviesa el Primer Mundo (porque el tercero sigue tan jodido como siempre) podría haber sido una excelente fuente de enseñanzas para todos y una magnífica oportunidad para cambiar las cosas y empezar desde cero. Yo no sé qué harán ustedes, pero mi coche, que es el que ustedes ven en la foto, no lo pienso cambiar por nada del mundo diga lo que diga la patronal del sector de la automoción. Faltaría más.

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